Reunión Tras la Medianoche

El reloj marcaba las once y media cuando la puerta de la sala de juntas se abrió con un chasquido suave. Yo estaba inclinada sobre la mesa, recogiendo las últimas carpetas de la presentación del día siguiente, con la blusa ligeramente desabotonada por el calor que aún persistía en la oficina vacía. Escuché sus pasos firmes sobre el linóleo y levanté la vista. Allí estaba él, corbata aflojada, mangas de camisa remangadas hasta los codos, con esa sonrisa cansada pero peligrosa que siempre lograba desarmarme.

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— ¿Todavía aquí, Laura? Pensé que eras la primera en huir cuando se apagan las luces.

Su voz grave resonó en la sala desierta. Me enderecé, sintiendo cómo el cansancio de la semana se mezclaba con algo más eléctrico. Habíamos coincidido en varios proyectos durante los últimos meses, pero siempre rodeados de gente. Esa noche, el edificio entero parecía nuestro.

— Tengo que perfeccionar estas cifras o el jefe me crucificará mañana —respondí, intentando que mi tono sonara profesional. Pero mis ojos se desviaron a la forma en que la tela de su camisa se tensaba sobre sus hombros.

Se acercó sin prisa, dejó su maletín en una silla y se apoyó en la mesa justo frente a mí. Olía a café tardío y a ese aftershave que me distraía en las reuniones. Extendió la mano y rozó el borde de una carpeta.

— Déjame ver. Quizás pueda ayudarte.

Sus dedos tocaron los míos al tomar el documento. Ninguno de los dos se apartó. El aire se volvió denso, como antes de una tormenta. Levanté la mirada y encontré la suya fija en mí, sin disimulo. En ese instante supe que la presentación podía esperar.

Me separé un paso, fingiendo ordenar papeles, pero él rodeó la mesa. Su pecho rozó mi espalda cuando se inclinó para mirar la pantalla del portátil. Sentí su aliento en mi nuca.

— Laura… llevamos semanas bailando alrededor de esto —murmuró.

Mi pulso se aceleró. Giré sobre mis talones y quedamos cara a cara, tan cerca que podía contar las pequeñas arrugas de cansancio alrededor de sus ojos verdes. No dije nada. Simplemente levanté la mano y aflojé más su corbata, tirando de ella con lentitud hasta que su boca estuvo a un suspiro de la mía.

El beso fue inevitable, urgente, como si hubiéramos estado conteniéndolo desde la primera reunión de equipo. Sus manos se posaron en mi cintura, atrayéndome contra él. Sabía a deseo reprimido y a la adrenalina de saltarse todas las reglas de la oficina. Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro mientras su lengua exploraba la mía con una habilidad que me hizo gemir bajito.

Me levantó sin esfuerzo y me sentó sobre la mesa de caoba. Las carpetas cayeron al suelo con un ruido sordo. Sus labios bajaron por mi cuello, mordiendo suavemente la piel sensible justo donde terminaba el collar de perlas que llevaba. Mis piernas se abrieron para acogerlo entre ellas, el borde de mi falda lápiz subiendo peligrosamente.

— Alejandro… aquí no —susurré, aunque mi cuerpo decía todo lo contrario.

— Todo el piso está vacío. Solo estamos nosotros y las cámaras que nadie revisa a esta hora —respondió contra mi clavícula, desabotonando mi blusa con dedos hábiles. Cada botón que saltaba era una rendición.

Cuando liberó mis pechos del sujetador de encaje negro, su boca descendió con avidez. Arqueé la espalda, clavando las uñas en sus hombros. El placer era agudo, prohibido. Afuera, la ciudad brillaba a través de los ventanales sin cortinas, pero dentro solo existíamos nosotros dos.

Deslicé las manos por su pecho, desabrochando su camisa con impaciencia. Su piel estaba caliente, los músculos tensos bajo mis palmas. Llegué al cinturón y lo desabroché con un tintineo metálico que resonó en la sala silenciosa. Su erección presionaba contra mí, dura y exigente.

Él gruñó cuando envolví su longitud con la mano, acariciando lentamente. Sus ojos se cerraron un segundo, disfrutando. Luego me miró con una intensidad que me derritió.

— Quiero saborearte primero —dijo con voz ronca.

Me recostó sobre la mesa fría, subió mi falda hasta la cintura y apartó a un lado mis bragas empapadas. Su lengua fue directa al centro de mi placer, lamiendo con lentitud deliberada. Grité, incapaz de contenerme. Cada pasada de su boca me llevaba más cerca del borde. Mis dedos se enredaron en su pelo, guiándolo, mientras mis caderas se movían contra su rostro.

El orgasmo me golpeó como una ola inesperada. Temblé, mordiéndome el labio para no gritar su nombre demasiado alto. Cuando abrí los ojos, él estaba de pie, quitándose los pantalones con movimientos rápidos. Su miembro erecto saltó libre, grueso y venoso, brillando en la penumbra.

Me incorporé, lo atraje hacia mí y lo besé, probando mi propio sabor en sus labios. Luego me giré, apoyándome sobre la mesa, ofreciéndole mi espalda. Levanté las caderas en una invitación silenciosa.

Alejandro no necesitó palabras. Posicionó la punta en mi entrada resbaladiza y empujó con un gemido largo. Me llenó por completo, estirándome de una forma deliciosa. Sus manos se aferraron a mis caderas mientras comenzaba a moverse, primero lento, profundo, luego más rápido, más duro.

El sonido de nuestra carne chocando llenaba la sala de juntas. Mis pechos se aplastaban contra la madera pulida con cada embestida. Sentía cada centímetro de él, cada vena, cada pulsación. Sus dedos bajaron hasta mi clítoris, frotando en círculos perfectos mientras me follaba sin piedad.

— Dios, Laura… estás tan apretada —gruñó cerca de mi oído, mordiendo el lóbulo.

Otro orgasmo se construyó rápido, más intenso. Me corrí alrededor de él, contrayéndome, ordeñándolo. Eso fue suficiente para llevarlo al límite. Con un último empujón profundo, se derramó dentro de mí, su cuerpo temblando contra el mío, su aliento caliente en mi nuca.

Nos quedamos así varios segundos, unidos, respirando agitadamente. Finalmente se retiró con suavidad. Me giré, aún temblorosa, y lo besé con ternura esta vez. Sus ojos tenían un brillo nuevo, una promesa silenciosa.

Recogimos la ropa en silencio, sonriendo como adolescentes que acaban de descubrir un secreto. Antes de salir de la sala, me tomó de la mano.

— Mañana la presentación va a ser interesante —susurró.

Sonreí, ajustándome la blusa.

— Solo si logramos mantener las manos quietas durante la reunión.

Salimos juntos al pasillo oscuro, sabiendo que nada volvería a ser igual en esa oficina.

Cuando llegué a casa esa noche, todavía sentía su presencia en mi piel. Me duché lentamente, recordando cada detalle: la forma en que sus manos habían recorrido mi cuerpo, cómo su boca había reclamado cada centímetro, el sonido grave de su voz cuando se corrió. Dormí con una sonrisa, ansiosa por el día siguiente.

Al día siguiente, en la gran sala de conferencias llena de directivos, nos sentamos en extremos opuestos de la mesa. Nuestras miradas se cruzaban constantemente. Cada vez que hablaba, recordaba su boca entre mis piernas. Cuando él presentaba un gráfico, yo apretaba los muslos al recordar cómo me había llenado.

Durante la pausa para café, nos encontramos solos junto a la máquina. Sus dedos rozaron los míos al alcanzar una taza.

— Esta noche… mi despacho —murmuró sin mirarme.

Asentí, sintiendo ya la humedad entre mis piernas.

El resto del día fue una tortura deliciosa de anticipación. Cuando por fin se apagaron las luces principales y solo quedaron las de emergencia, caminé hacia su despacho con el corazón latiendo fuerte.

Él me esperaba sentado en su sillón de cuero, sin chaqueta, con dos copas de vino sobre el escritorio. Cerré la puerta detrás de mí y eché el pestillo.

— Ven aquí —ordenó con esa voz que me volvía loca.

Me acerqué, me senté en su regazo y lo besé con toda la pasión acumulada durante las horas de espera. Sus manos subieron por mis muslos, descubriendo que no llevaba bragas.

— Traviesa —gruñó contra mi boca.

Me levantó la falda y me penetró de un solo movimiento. Esta vez fue más lento, más profundo, mirándonos a los ojos mientras nos movíamos juntos. Sus manos en mis nalgas guiaban el ritmo. Me corrí dos veces antes de que él se permitiera liberarse, mordiendo mi hombro para ahogar sus gemidos.

Después, acurrucados en el sillón, con mi cabeza sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón, supe que esto era solo el principio. La oficina guardaba muchos más secretos por descubrir.

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