El clic de la puerta al cerrarse retumbó en la sala de juntas desierta. Mis manos temblaban sobre la mesa de caoba mientras Lucía, de veintiséis años, deslizaba sus dedos por mi muslo bajo la falda. Habíamos quedado después de la hora de salida para repasar el informe trimestral, pero la conversación había derivado rápidamente hacia algo mucho más íntimo.
—No puedo creer que te atrevas a hacer esto aquí —susurré, con la voz entrecortada. Sus labios rozaron mi cuello y un escalofrío me recorrió entera. A mis veintinueve años, nunca había imaginado que una compañera de la empresa me haría perder el control de esta manera. Su perfume dulce invadía el aire acondicionado que aún zumbaba suavemente.
Lucía sonrió con picardía y me empujó contra el respaldo de la silla ergonómica. La luz de emergencia proyectaba sombras alargadas sobre las paredes blancas. Sus besos bajaron por mi blusa entreabierta, desabrochando botón tras botón con una destreza que me dejó sin aliento. Mis pezones se endurecieron al contacto de su lengua experta. Gemí bajito, temiendo que el vigilante nocturno pudiera oírnos desde el pasillo.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Allí estaba él: Javier, treinta y dos años, nuestro director regional que acababa de volver de su gira por Latinoamérica. Su maletín cayó al suelo con un ruido sordo. Sus ojos oscuros pasaron de mi rostro enrojecido a las manos de Lucía aún posadas en mi cintura. El silencio se volvió denso, cargado de electricidad.
—Vaya… parece que la reunión se extendió más de lo previsto —dijo con voz grave, sin apartar la mirada. No había furia en su tono, solo una curiosidad ardiente que me sorprendió. Lucía se apartó lentamente, pero no se cubrió. Su blusa seguía desabotonada, mostrando el encaje negro de su sujetador.
Me incorporé torpemente, intentando arreglarme la ropa. El corazón me latía con fuerza. Javier cerró la puerta tras de sí y giró la llave. El sonido del pestillo nos aisló del resto del mundo corporativo. Se acercó con pasos medidos, aflojándose la corbata azul que contrastaba con su camisa blanca impecable.
—No esperaba encontrarme esto al volver —continuó, deteniéndose a un metro de nosotras. Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis labios hinchados por los besos de Lucía—. Pero no voy a fingir que no me excita verte así, Elena.
Lucía, con una audacia que me dejó boquiabierta, se acercó a él y colocó una mano sobre su pecho.
—Jefe, si quieres unirte… estamos justo en el mejor momento.
Javier soltó una risa baja y ronca. En lugar de enfadarse, atrajo a Lucía hacia sí y la besó con intensidad. Ver sus bocas fundirse hizo que un calor líquido se extendiera entre mis piernas. Me quedé paralizada un segundo antes de levantarme y unirme a ellos. Mis manos temblorosas desabrocharon la camisa de Javier mientras Lucía se arrodillaba frente a él.
El ambiente de la sala de juntas, con sus gráficos aún proyectados en la pantalla grande, se transformó en un escenario de pura lujuria. Javier, a sus treinta y dos años, tenía un cuerpo firme moldeado por años de gimnasio temprano antes de las reuniones. Su miembro ya estaba duro cuando Lucía liberó su erección de los pantalones de vestir. Lo tomó en su boca con avidez, mirándome de reojo mientras yo besaba el cuello de nuestro jefe.
—Esto es una locura —murmuré contra su piel caliente. Pero mis palabras se perdieron cuando Javier deslizó una mano bajo mi falda y encontró mi tanga empapada. Sus dedos expertos apartaron la tela y penetraron mi humedad con facilidad. Gemí contra su hombro, mordiendo suavemente su piel.
Lucía se turnaba entre chuparlo a él y besarme a mí. Los tres nos movimos hacia la mesa grande. Javier me sentó sobre el borde, me quitó las bragas con un tirón seco y separó mis piernas. Su lengua reemplazó a sus dedos, lamiendo mi clítoris hinchado con precisión mientras Lucía se colocaba detrás de él, acariciando su espalda y bajando hasta su trasero firme.
El placer me invadió en oleadas. A mis veintinueve años, nunca había experimentado una boca tan hábil combinada con la visión de otra mujer complaciendo al mismo hombre. Mis caderas se movían solas contra su rostro. Lucía se desnudó completamente, revelando su cuerpo esbelto y sus pechos pequeños pero perfectos. Se subió a la mesa a mi lado y comenzó a besarme mientras Javier alternaba entre las dos.
—Quiero ver cómo te corres para mí —gruñó Javier, introduciendo dos dedos en mí al mismo tiempo que succionaba mi punto más sensible. El orgasmo me golpeó con fuerza. Grité su nombre, apretando los muslos alrededor de su cabeza mientras mi cuerpo se convulsionaba.
Cuando recuperé el aliento, vi que Lucía estaba de rodillas sobre la mesa, ofreciéndose a él por detrás. Javier la penetró con un solo movimiento fluido. Sus gemidos llenaron la sala. Me acerqué y besé sus labios mientras él la follaba con ritmo creciente. Mis manos acariciaban sus pechos, pellizcando sus pezones. La escena era tan erótica que sentí que mi excitación volvía a crecer rápidamente.
Javier cambió de posición. Ahora era yo quien estaba inclinada sobre la mesa, con las palmas apoyadas en la superficie fría. Él entró en mí desde atrás, llenándome por completo. Lucía se colocó delante de mí, abriendo las piernas para que mi lengua pudiera saborearla. El sabor dulce y salado de su excitación me volvió loca. Mientras Javier me embestía con fuerza, yo lamía y succionaba su clítoris, introduciendo dos dedos en su interior caliente.
Los sonidos de carne contra carne, gemidos y respiraciones agitadas se mezclaban con el zumbido lejano del aire acondicionado. Javier aceleró el ritmo, sujetándome por las caderas. Sentí que otro orgasmo se aproximaba. Lucía fue la primera en correrse, inundando mi boca con sus fluidos mientras gritaba de placer. Su clímax provocó el mío. Mis paredes internas se contrajeron alrededor del miembro de Javier, ordeñándolo.
Él no tardó mucho más. Con un gruñido profundo, se retiró y eyaculó sobre nuestras espaldas unidas, chorros calientes que nos marcaron a las dos. Los tres nos dejamos caer sobre la mesa, respiraciones entrecortadas, cuerpos sudorosos entrelazados.
Minutos después, Lucía fue la primera en moverse. Recogió su ropa con una sonrisa satisfecha y nos miró.
—Esto no tiene por qué terminar aquí. Mañana hay otra reunión después de hora… ¿verdad, jefe?
Javier, aún recuperando el aliento, asintió lentamente mientras me ayudaba a incorporarme. Sus ojos brillaban con una promesa silenciosa. Me besó suavemente en los labios y luego hizo lo mismo con Lucía.
Salimos de la sala de juntas uno a uno, con la ropa algo arrugada pero la expresión de quien ha descubierto un nuevo vicio corporativo. El edificio estaba en silencio. Solo quedaban las luces de emergencia y el eco de lo que acababa de suceder entre nosotros tres.
Al llegar al ascensor, Javier pulsó el botón de bajada. Antes de que las puertas se cerraran, murmuró:
—La próxima vez, traeré una botella de vino. Y nadie saldrá de esa sala hasta el amanecer.
Lucía y yo intercambiamos una mirada cómplice. El lunes siguiente prometía ser muy, muy largo en la oficina.