Paréntesis prohibido: Mi polvo salvaje en la oficina

Trabajo en una oficina de contabilidad, rodeada de pilas de papeles y el zumbido constante de los ordenadores. Todo aburrido, rutina pura. Hasta que llegó él, el nuevo, un chaval de unos 20 tacos, tímido, con esa mirada perdida. Lo pillé un día fisgando en mi cajón de expedientes. ‘Eh… perdona’, balbuceó, rojo como un tomate. Le sonreí, ‘No pasa nada, pero esta zona es mía’. Se quedó ahí, paralizado.

Los días siguientes, nos cruzábamos en los pasillos. Miradas que duraban demasiado. ‘¿Cómo va el curro?’, le pregunté una vez, rozándole el brazo sin querer. O queriendo. Él tartamudeaba, ‘Bien… bien’. Sentía el calor subiendo, ese cosquilleo en el estómago. Adoro eso, el riesgo en el trabajo. La adrenalina de que nos pillen.

La tensión entre los expedientes y las miradas

Una tarde, el jefe se fue temprano. ‘Ven, ayúdame con estos archivos’, le dije, llevándolo al cuarto de atrás, el de los viejos expedientes. Puerta entreabierta, pero lo cerré un poco. El aire olía a papel viejo y tinta. Nos acercamos para sacar una caja pesada. Nuestros cuerpos se rozaron. Su aliento en mi cuello. ‘Perdona…’, murmuró. Me giré, nuestros labios a milímetros. Dudé un segundo, ‘¿Quieres…?’ No acabó la frase. Lo besé. Fuerte, con lengua. Sus manos en mi cintura.

Lo empujé contra la pared, entre las estanterías. ‘Shh, calla’, susurré, mordiéndole el labio. Le bajé la cremallera del pantalón. Su polla saltó dura, palpitante. ‘Joder, qué grande’, gemí. La agarré, la apreté, masturbándola lento. Él jadeaba, ‘No… nos van a oír’. Me reí bajito, ‘Eso es lo que mola’. Me arrodillé, se la metí en la boca. Chupé la punta, saboreando el precum salado. Lamí el tronco entero, bolas incluidas. Gime como loco, manos en mi pelo.

El polvo brutal y la vuelta a la rutina

Me puse de pie, me subí la falda. Sin bragas, mi coño ya chorreaba. Poiludo, jugoso, como a mí me gusta. ‘Míralo, tócalo’, le ordené. Metió dos dedos, empapados al instante. ‘Estás… tan mojada’. Lo giré, me apoyé en la estantería. ‘Fóllame ya’. Me embistió de golpe, su polla gruesa abriéndome entera. ‘¡Ahhh!’, grité bajito. Polvos duros, salvajes. Sus caderas chocando contra mi culo, plaf plaf. Sudor goteando, el olor a sexo llenando el cuarto.

Le chupé las tetas… espera, no, a mí me las manoseó. Mis tetas grandes, pesadas, blancas. Se las metió en la boca, succionando los pezones duros. ‘¡Sí, así!’. Me corrí primero, temblando, coño apretando su polla. Él no paraba, me follaba como un animal. Cambiamos: yo encima, en el suelo sucio entre cajas. Cabalgué su verga, tetas rebotando. ‘¡Joder, qué tetas!’. Aceleré, girando caderas, hasta que explotó dentro, leche caliente llenándome.

Nos quedamos jadeando, abrazados un minuto. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. Sonreí, ‘Pero ahora, a currar’. Nos vestimos rápido, alisamos la ropa. Salimos por separado. Él primero, yo dos minutos después. En mi mesa, piernas temblando aún, coño goteando su semen. Miradas cómplices al resto del día. Nadie notó nada. O eso creemos. El subidón me duró horas. Quiero repetir. Pronto.

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