Buf, acabo de volver del curro y aún me tiemblan las piernas. Soy Laura, trabajo en una oficina de seguros aquí en Madrid, rodeada de papeles, ordenadores y esa rutina que me pone cachonda cuando la rompo. Llevo años siendo una tía abierta al sexo, me flipa el morbo del riesgo, sobre todo en el trabajo. Esa adrenalina de que te pillen… uf, me moja el coño solo de pensarlo.
Hoy ha sido con Guillermo, el nuevo de ventas. Inglés de pura cepa, con ese rollo lord, traje impecable, pelo canoso peinado hacia atrás y una sonrisa que dice ‘te voy a follar’. Desde que llegó hace un mes, nos comemos con los ojos en las reuniones. Hoy, jueves por la tarde, la oficina medio vacía. Estamos clasificando expedientes en el almacén del fondo, un cuartucho lleno de estanterías metálicas, polvoriento, con esa luz fluorescente que parpadea un poco. Cierro la puerta, digo ‘para que no entre nadie’, pero en realidad es para que sea nuestro.
La tensión sube entre carpetas y miradas
Él se acerca, rozando mi brazo al pasar una carpeta. ‘Laura, qué calor hace aquí, ¿no?’, murmura, y su aliento huele a café y menta. Yo asiento, mordiéndome el labio. ‘Sí, joder, Guillermo…’. Nuestras miradas se clavan, él deja caer un expediente y se agacha despacio, yo igual. Nuestras manos se tocan bajo la mesa baja de clasificación. Siento su piel cálida, áspera. Sube por mi muslo, bajo la falda lápiz que llevo hoy, negra, ajustada. No llevo bragas, claro, para días como este. ‘Eres una guarra, ¿eh?’, susurra, y yo río bajito. ‘Y tú un cabrón con ganas’. Su dedo roza mi coño ya húmedo, resbaladizo. ‘Joder, estás empapada’. Me tiembla la voz: ‘Es… es por ti, idiota’. El corazón me late fuerte, oigo voces lejanas en el pasillo. Cierro los ojos, su dedo entra un poco, gira. Huele a papel viejo y a mi excitación.
No aguanto más. Le empujo contra la estantería, le bajo la cremallera del pantalón. Sale su polla, dura como piedra, gorda, venosa, con el capullo brillante de pre-semen. ‘Mmm, qué pedazo de verga’, digo lamiéndome los labios. Me arrodillo en el suelo sucio, el polvo me pica en las rodillas, pero me da igual. La chupo de un tirón, profunda, hasta la garganta. Él gime: ‘¡Oh, mierda, Laura!’. Sabe salado, caliente, palpita en mi boca. Le mama las bolas, suaves, peludas, mientras le meneo el tronco con la mano. Brinca, ‘¡Para, que me corro!’. Pero no paro, succiono más fuerte, saliva chorreando por mi barbilla. Él me agarra el pelo, me folla la boca: ‘¡Trágatela toda, puta de oficina!’.
El polvo brutal y la vuelta al curro
Me levanto, jadeando, me subo la falda. ‘Fóllame ya, coño’. Él me da la vuelta, contra la estantería fría que me raspa las tetas. Me las saca del sujetador, pezones duros como guijarros. Me mete la polla de un golpe seco, hasta el fondo. ‘¡Aaaah!’, grito bajito, mordiéndome el puño. Mi coño se abre, lo aprieta, chorreo jugos por sus huevos. Bombea fuerte, salvaje: plaf, plaf, plaf. Siento cada vena rozándome las paredes, el capullo golpeando mi cervix. ‘¡Más duro, joder! ¡Rómpe mi coño!’, le pido. Él obedece, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra tapándome la boca. Oigo pasos fuera, ¡mierda! Aprieto más, me corro como loca, el orgasmo me sacude, piernas temblando, chorro caliente bajando por mis muslos. Él gruñe: ‘¡Me vengo!’. Siento su leche caliente llenándome, chorros potentes, desbordando.
Uf, jadeamos, sudados, oliendo a sexo puro. Se sale, semen goteando de mi coño al suelo. Nos miramos, risas nerviosas. ‘Joder, eso ha sido… brutal’, dice él limpiándose con un kleenex. Yo me bajo la falda, arreglo el pelo revuelto, me limpio como puedo con papel higiénico del baño contiguo. ‘Venga, a trabajar, que si nos pillan estamos jodidos’. Salimos por separado, yo primero, sonrisa falsa para los compis. Él pasa después, guiño disimulado. Toda la tarde fingiendo normalidad, pero mi coño palpita aún, ropa pegajosa. Mañana más, seguro. Esa adrenalina… adictiva.