Mi polvo prohibido en la oficina: la adrenalina de follar en el trabajo

Ayer por la tarde, en la oficina, estaba yo con Miguel, el nuevo del equipo. Hacía calor, el aire acondicionado fallaba y nos tocó revisar unos expedientes en la sala de archivos. Eh… la puerta entreabierta, pero nadie por ahí. Él alto, moreno, con esa camisa ajustada que marca el pecho. Yo, con mi falda lápiz negra, esa que se sube un poco cuando me agacho, y blusa blanca medio desabotonada. Sudaba un poco, el olor a papel viejo mezclado con su colonia fuerte.

Empecé a sacar carpetas de los estantes altos, estirándome. Sentí su mirada clavada en mis piernas. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo, acercándose demasiado. Su mano rozó mi muslo al pasar un expediente. Uf, un escalofrío. Me giré, lo miré fijo: ‘Mejor tú arriba, yo abajo’. Silencio pesado. Sus ojos bajaron a mi escote, vi cómo tragaba saliva. Yo me mordí el labio, el corazón latiendo fuerte. La sala era estrecha, cajas por todos lados, olía a tinta y a deseo.

La tensión sube entre los expedientes y las miradas

Otro expediente, me agaché despacio, dejando que la falda se subiera. Oí su respiración acelerada. ‘Joder, Ana, qué piernas’, murmuró. Me reí bajito: ‘¿Te gustan?’. Se acercó por detrás, su cuerpo pegado al mío. Sentí su polla dura contra mi culo. ‘Sí, mucho’, dijo con voz ronca. No lo empujé. Al contrario, me arqueé un poco. Sus manos en mi cintura, subiendo lento. ‘Cuidado, nos pueden pillar’, susurré, pero el morbo me mojaba ya el coño.

Cerró la puerta con pestillo. Click. Ahora sí, privado. Me giró, me besó salvaje, lengua dentro, mordiendo mi labio. Manos por todas partes. Desabotonó mi blusa, sacó mis tetas. ‘Qué pezonazos duros’, gruñó chupándolos. Yo gemí bajito, agárrele la polla por encima del pantalón. Dura como piedra. ‘Quítatelo’, le ordené. Se bajó el zipper, sacó esa verga gruesa, venosa, goteando precúm.

Lo empujé contra la mesa, me arrodillé. La abrí la boca, lamí el glande, salado. ‘Mmm, qué rica polla’, dije mirándolo. La chupé hondo, hasta la garganta, babeando. Él gimiendo: ‘Joder, Ana, trágatela toda’. Le metí los huevos en la mano, masajeando. Me levantó, me puso encima de la mesa, expedientes volando. Me quitó las bragas de un tirón. ‘Mira qué coño mojado, depiladito y abierto’. Metió dos dedos, chapoteando. ‘Estás chorreando, puta de oficina’.

El polvo brutal y la vuelta al curro como si nada

Me abrió las piernas, me clavó la polla de un empujón. ‘¡Ahhh! Sí, fóllame fuerte’, grité ahogado. Entraba y salía brutal, coño apretado chupándolo. Paredes húmedas, slap-slap de carne. Me agarró las tetas, pellizcando pezones. ‘Tu coño es una puta gloria, Ana’. Yo arañándole la espalda: ‘Más duro, rómpeme el coño, cabrón’. Sudor goteando, olor a sexo puro. Cambiamos, yo a cuatro patas sobre cajas. Me metió por detrás, palmeándome el culo rojo. ‘Qué culazo, lo quiero follar también’. Escupió en mi ojete, dedo dentro mientras me empotraba.

El orgasmo vino como un tren. ‘Me corro, joder, me corro en tu coño’, rugió. Sentí los chorros calientes llenándome, semen espeso chorreando piernas abajo. Yo temblando, coño palpitando, gritito ahogado. ‘Sí, lléname, papi’.

Respirando agitados, nos miramos riendo nerviosos. ‘Vístete rápido’, dije limpiándome con un kleenex. Él se subió el pantalón, yo la falda, blusa abotonada a medias. Olía a semen por todos lados. Abrí la puerta, pasillo vacío. Volvimos a nuestros puestos. ‘¿Todo bien?’, preguntó mi jefa pasando. ‘Sí, perfectos los expedientes’, sonreí. Él guiño disimulado. Adrenalina pura, coño aún palpitando bajo la mesa. Mañana, ¿repetimos?

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