Hoy… uf, acabo de salir de la oficina y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una agencia de marketing, rodeada de mesas, papeles por todos lados y ese olor a café quemado que impregna el aire. Carlos, mi compañero del cubículo de al lado, siempre me mira de esa forma… intensa, como si supiera lo que hay debajo de mi falda ajustada. Llevamos semanas coqueteando: un roce accidental al pasar un dossier, su mano en mi espalda baja durante una reunión. Hoy explotó todo.
Estábamos solos en la sala de archivos, revisando unos informes atrasados. La puerta entreabierta, el ruido de las teclas lejano. Él se acercó demasiado, su aliento caliente en mi cuello. ‘¿Estás nerviosa?’, murmuró, mientras sus dedos rozaban mi muslo. Sentí un cosquilleo inmediato, mi coño se humedeció al instante. Lo miré, mordiéndome el labio. ‘Cállate y bésame’, le dije, tirando de su corbata. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, manos por todas partes. Cerró la puerta con pestillo, pero no del todo… el riesgo me ponía a mil.
La tensión entre los escritorios y las miradas
Me sentó en la mesa, entre carpetas desordenadas. Subió mi falda, arrancó mis bragas con un tirón. ‘Dios, qué coño tan rico’, gruñó, arrodillándose. Su boca… joder, era un experto. Empezó lamiendo suave, la lengua plana sobre mis labios mayores, saboreando mi humedad. Olía a mi excitación, ese aroma dulce y salado. La endureció, apuntando al clítoris, círculos lentos. Gemí bajito, ‘Sí, así… no pares’. Aspiró mi clítoris hinchado, succionando como si quisiera tragárselo. Introdujo la lengua en mi entrada, follando mi coño a golpecitos cortos. Me arqueé, mis caderas rodando solas, impúdicas, buscando más.
No tardó en llegarme el primero. Respiración agitada, vibré entera. ‘Me corro… ¡joder!’, susurré, apretando su cabeza contra mí. Él no paró, siguió lamiendo mi coño inundado, lengua raspando firme ahora. Esperó un minuto, mi cuerpo aún temblando, y volvió a la carga. Más rápido, dientes mordisqueando suave mis labios. Segundo orgasmo, brutal, me crispé, uñas en su cuello. ‘Para… no, sigue, hostia’. Él reía contra mi piel, ‘Sabía que eras una puta multiorgásmica’. Tercero, en posición con piernas sobre sus hombros, lengua clavada profundo, agitándola. Grité ahogado, ‘¡Me matas, cabrón!’. Paniqueé un segundo, demasiado placer, pero él me calmó con besos en el interior de los muslos.
El polvo brutal y los orgasmos sin control
Quería su polla ya. Me giré, apoyada en la mesa, nalgas al aire. ‘Fóllame fuerte’, le rogué. Entró de un empujón, su verga gruesa llenándome. Embestidas salvajes, el escritorio crujiendo, papeles volando. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Yo me movía contra él, coño apretando su polla. Él gruñía, ‘Tu coño me aprieta como una virgen’. Me corrí otra vez, vibrando alrededor de su tronco, él se vació dentro, chorros calientes. Sudor, olor a sexo puro, corazones latiendo como locos.
Nos separamos jadeando. Limpié mi coño goteante con unas toallitas, me bajé la falda temblorosa. Él se subió los pantalones, sonrisa pícara. ‘Nadie se ha enterado’, dijo, abriendo la puerta. Volvimos a nuestras mesas como si nada, pero mis bragas en su bolsillo y su semen resbalando por mi muslo. El jefe pasó, nos miró raro… adrenalina pura. Mañana, ¿repetimos? Joder, no sé si aguanto más.