Trabajo en una oficina cutre de contabilidad en Madrid. Yo, con mis tetas enormes, un 110D que me molesta hasta para escribir. Ana, mi compañera, flaca como un palo, siempre con la mirada clavada en mi escote. ‘Joder, qué envidia’, me dice a menudo, riendo nerviosa. Pero sé que va en serio. Llevamos meses así, coqueteando sin decirlo.
Hoy, viernes por la tarde, el jefe nos manda al archivo del sótano a buscar unos expedientes viejos. ‘Venga, chicas, rapidito’, nos suelta. Bajamos juntas, el ascensor huele a humedad. Ella va delante, su culo prieto en esa falda ajustada. Yo noto su mirada en mis tetas cuando salimos. El archivo es un laberinto de estanterías metálicas, polvorientas, con luces fluorescentes parpadeando. ‘Aquí está el lote del 2018’, digo, agachándome. Siento sus ojos quemándome el pecho. Se acerca, demasiado. ‘Eh… tus tetas son… impresionantes’, murmura, la voz temblorosa. Me enderezo, rozándola. Nuestros cuerpos casi pegados. ‘¿Quieres tocarlas?’, suelto, medio en broma, pero el corazón me late fuerte. Adoro esto, el riesgo de que alguien baje.
La tensión sube entre los archivadores
Ella duda, muerde su labio. ‘¿En serio? Joder, sí’. Su mano tiembla al posarse en mi blusa. Desabrocha un botón, lento. Mis pezones ya duros bajo el sujetador. ‘Son tan pesadas…’, susurra, apretando. Gimo bajito. El espacio se cierra, nos metemos detrás de una estantería alta. Privado, pero no tanto. Oímos voces lejanas arriba. ‘Shh’, le digo, pero la empujo contra el metal frío. Le subo la falda, sus bragas húmedas. ‘Estás empapada, guarra’. Ella jadea, mete mano en mi sujetador, saca una teta. La chupa, salvaje, lengua girando en el pezón. ‘Mmm, qué rica’, balbucea.
No aguanto. Le bajo las bragas, meto dos dedos en su coño chorreante. Caliente, apretado. ‘¡Ay, joder!’, grita suave. La follo con los dedos, rápido, el pulgar en su clítoris hinchado. Ella me araña la espalda, me muerde el cuello. ‘Ahora tú’, dice, y me gira. Baja mis pantalones, mi tanga al suelo. Siento su aliento en mi coño. ‘Qué peluda y jugosa’, dice, y mete la lengua. Lamida tras lamida, chupando mi clítoris como loca. Gimo fuerte, tapándome la boca. La adrenalina me sube, ¿y si nos pillan? Me corro primero, temblando, chorros en su cara. ‘¡Sí, bébela!’, le ordeno. Ella se pone de rodillas, dedos en mi culo mientras lame.
El polvo brutal y el regreso al curro
La monto entonces. Nos frotamos coños, tetas contra su cara plana. Sudor, olor a sexo mezclado con papel viejo. La follo con la mano, tres dedos ya, su coño tragándoselos. ‘¡Me corro, me corro!’, aúlla bajito. Se convulsiona, mojadísima. Yo la beso, lenguas enredadas, saliva. Duramos así diez minutos eternos, orgasmos dobles, brutales.
De repente, pasos en la escalera. Nos separamos jadeando. Nos arreglamos rápido, blusas torcidas, bragas húmedas. ‘Como si nada’, le digo, guiñando. Subimos con los expedientes, sonrisas falsas. El jefe: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, responde ella, roja. Yo asiento, sintiendo el coño palpitante. Volvemos a nuestros escritorios, tecleando como locas. Pero bajo la mesa, su pie roza el mío. Mañana, repetimos. El curro nunca fue tan excitante.