Ay, no sé por dónde empezar… Trabajo en esta oficina enorme en Madrid, open space lleno de mesas y papeles por todos lados. Marco, mi compañero de al lado, eh… es guapísimo, con esa sonrisa pícara y cuerpo atlético. Llevamos semanas tonteando. Miradas que se cruzan cuando nadie mira, roces ‘accidentales’ al pasar carpetas. Yo, con mi falda corta, sin bragas debajo, sintiendo el aire fresco en el coño cada vez que me muevo. Sé que él lo nota, porque sus ojos bajan directo ahí.
Hoy ha sido… uff, insoportable. Toda la mañana revisando informes, pero mi cabeza en otra parte. Él me pasa un dossier, su mano roza la mía, se queda un segundo de más. ‘¿Todo bien, Ana?’, me dice bajito, con voz ronca. ‘Sí, sí… solo calor’, balbuceo, cruzando las piernas para que no note lo mojada que estoy ya. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa. Nadie se da cuenta, o eso creemos. El jefe hablando de ventas, pero yo solo oigo mi corazón latiendo fuerte. Adrenalina pura, pensando ‘y si nos pillan?’. Me encanta eso, el riesgo.
La tensión entre los escritorios
Al mediodía, la mayoría se va a comer. Quedamos solo nosotros dos, ‘terminando un informe urgente’. Él me hace una seña: ‘Ven a la sala de reuniones, está vacía’. Entro, cierra la puerta con pestillo. El espacio se hace íntimo de golpe. Luz tenue, mesa grande, persianas a medio bajar. ‘Ana, no aguanto más’, murmura, acercándose. Sus manos en mi cintura, me pega a él. Siento su polla dura contra mi vientre, enorme, palpitando. ‘Joder, Marco… aquí no…’, digo, pero mis labios ya buscan los suyos. Beso húmedo, lenguas enredadas, sabor a café y deseo.
El clímax en la sala vacía
Me sube la falda de un tirón. ‘Sin bragas, puta… sabía que eras así’, gruñe, metiendo dos dedos en mi coño chorreante. Gimo alto, ‘shhh, cabrón…’, pero empujo contra su mano. Me da la vuelta, me inclina sobre la mesa. Papeles volando. Baja sus pantalones, su polla sale libre, gorda, venosa, con la punta brillando de pre-semen. Me abre las nalgas, escupe en mi raja. ‘Te voy a follar como una perra’, dice, y empuja. Entra de golpe, llenándome entera. ‘¡Aaaah, joder, qué prieta!’, jadea. Yo, arqueada, uñas en la madera, ‘más fuerte, rómpeme el coño’. Embiste salvaje, pla-pla-pla, sus huevos golpeando mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo crudo en el aire. Me agarra las tetas por debajo de la blusa, pellizca pezones duros. Cambio de posición: me sienta en la mesa, piernas abiertas, él de pie clavándomela hasta el fondo. ‘Mírame mientras te corro’, ordena. Nuestros ojos fijos, yo masturbándome el clítoris hinchado. ‘Me corro… ¡me corro!’, grito bajito, contrayendo el coño alrededor de su verga. Él gruñe, ‘toma mi leche, zorra’, y eyacula chorros calientes dentro, desbordando por mis muslos.
Respiramos agitados, él aún dentro, besos suaves ahora. ‘Joder, ha sido brutal’, susurro. Nos separamos, limpio con kleenex el semen que gotea. Me bajo la falda, arreglo el pelo. Él se sube los pantalones, sonrisa satisfecha. ‘Como si nada, ¿eh?’, dice guiñando. Salimos por separado. Vuelvo a mi mesa, coño palpitando, lleno de su corrida. Él pasa un dossier: ‘Informe listo’. Sonreímos cómplices. El resto de la tarde, trabajando normal, pero cada mirada es un secreto ardiente. Nadie sospecha. Mañana, más. El riesgo me tiene enganchada.