Follada salvaje en la oficina: Mi polvo prohibido con el compañero

Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Ayer en la oficina, trabajando hasta tarde con Marcos, mi compañero del departamento. Estábamos revisando expedientes en la sala de archivos, esa habitación pequeña al fondo, llena de estanterías polvorientas. El aire estaba cargado, ¿sabéis? Sus ojos… uf, me miraban de reojo mientras pasaba las páginas. Yo llevaba esa falda ajustada que se sube un poco al sentarme, y mi blusa con un botón suelto, dejando ver el encaje del sujetador.

Él se acercó para coger un dossier, su brazo rozó mi hombro. Sentí su calor, ese olor a colonia mezclada con sudor del día. ‘¿Necesitas ayuda?’, me dijo con voz ronca. Yo… no sé, tragué saliva, mi coño ya empezaba a palpitar. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa. Miradas fijas, largas. El corazón me latía fuerte, pensando en las cámaras o en que alguien pudiera entrar. Pero eso… me ponía más cachonda. ‘Ven, mira esto’, le dije, inclinándome para que viera mi escote. Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio. ‘Joder, estás mojada ya’, murmuró. La sala se cerró, como si fuéramos solos en el mundo.

La tensión sube entre papeles y miradas calientes

De repente, me levantó la falda. Sus dedos apartaron mi tanga empapada. ‘Mira cómo chorreo por ti’, gemí bajito. Él se bajó la cremallera, sacó su polla dura, gruesa, con la vena hinchada. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé entre los expedientes, el suelo frío contra mis rodillas. La metí en la boca, salivando, lamiendo el glande salado. ‘Así, puta, traga hondo’, gruñó, agarrándome el pelo. Tosí un poco, pero seguí, chupando fuerte, sintiendo cómo se ponía más tiesa.

El polvo intenso y sin frenos en la privacidad

Me puso de pie, contra la mesa. ‘Ecarte las piernas’, dijo. Obedecí, temblando. Escupió en su mano, lubricó su polla y… ¡zas! Me la clavó entera en el coño de un empujón. ‘¡Aaaah, joder!’, grité ahogado. Embestía brutal, sus huevos chocando contra mi culo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeaba. Yo me mordía el labio, el placer dolía de lo intenso. ‘Más fuerte, fóllame como a una perra’, supliqué. Cambió, me giró, manos en la mesa. ‘Ahora el culo’, avisó. Lubriqué con mi propia leche, él empujó despacio al principio. Duele… uf, pero rico. Entró entero, estirándome. ‘¡Sí, rómpeme el ojete!’, gemí. Follando anal, salvaje, sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. Sus dedos en mi clítoris, frotando rápido. Yo me corrí primero, chorros calientes bajando por mis muslos. ‘Me vengo, puta’, rugió, sacándola y eyaculando en mi culo, leche caliente resbalando.

Nos quedamos jadeando, pollas y coños palpitando. Rápido, nos limpiamos con kleenex de la mesa. ‘Vístete, que viene el jefe’, susurró él, riendo nervioso. Me bajé la falda, me pasé los dedos por el pelo, labios hinchados. Él guardó la polla, cerró el pantalón. Salimos como si nada, sonrisas falsas. ‘Buenas noches’, dijimos al guardia. En mi mesa, piernas flojas, coño ardiendo aún. Hoy lo miro y… sonrío. Mañana, ¿repetimos? La adrenalina… no tiene precio.

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