Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó el viernes pasado en la oficina. Trabajo en una gestoría cutre en el centro de Madrid, papeleo hasta las narices todo el día. Marco, el nuevo contable italiano, eh… ese cabrón con ojos verdes y sonrisa de sinvergüenza, lleva semanas mirándome el culo cuando cree que no me doy cuenta. Yo, que soy una puta abierta al sexo, le sigo el rollo con sonrisitas y roces ‘accidentales’ al pasar papeles.
Era tarde, casi todos se habían pirado a casa. Quedamos solos archivando facturas en la sala de atrás, esa salita chunga con estanterías hasta el techo y una mesa coja. El aire olía a tinta y café rancio, el ventilador zumbaba como un mosquito cabreado. ‘Mira esta, qué desorden’, dice él, acercándose demasiado, su aliento caliente en mi cuello. Yo siento su paquete rozándome la cadera, duro ya. ‘Sí, un follón… como tú’, le suelto medio riendo, nerviosa, el corazón latiéndome fuerte. Nuestras manos se tocan al coger la misma carpeta, y pum, sus dedos aprietan los míos. Levanto la vista, sus ojos clavados en mis tetas bajo la blusa. ‘Joder, Laura, me vuelves loco desde el primer día’, murmura con ese acento que me pone cachonda. Cierro la puerta con pestillo, el clic suena como un disparo. Espacio privado. Ya no hay vuelta atrás.
La tensión entre carpetas y miradas calientes
El cabrón no pierde tiempo. Me empuja contra la mesa, sus labios devorando los míos, lengua dentro como si quisiera tragarme. Le arranco la camisa, sintiendo su pecho peludo y duro. ‘Quieta, puta, que te follo aquí mismo’, gruñe, bajándome la falda de un tirón. Quedo en tanga y sujetador, empapada ya, el coño palpitando. Él se desabrocha los pantalones, saca esa polla gorda, venosa, tiesa como una barra de hierro. ‘Mírala, es para ti’, dice, restregándomela por la cara. La chupo ansiosa, saliva chorreando, mamándola hasta la garganta mientras él me agarra el pelo. ‘Buena chica, trágatela toda’. Me pone de rodillas, follando mi boca como un animal.
El polvo brutal y el morbo de ser descubiertos
Luego me voltea, cara contra la madera fría de la mesa, culo en pompa. Siento sus dedos abriéndome el coño, ‘Estás chorreando, zorra laboral’. Me mete dos de golpe, chapoteando en mis jugos, el pulgar en el culo. Gimo bajito, mordiéndome el labio por si alguien oye. ‘Cállate y abre las piernas’, ordena, y clava su polla de una estocada brutal. Ay, Dios, me parte en dos, entra hasta el fondo rozando el útero. Empieza a bombear salvaje, piel contra piel, plaf plaf plaf. ‘Tu coño aprieta como una virgen, joder’. Yo me retuerzo, tetas aplastadas, pezones duros rozando la mesa. Él me azota el culo rojo, me agarra las caderas y me taladra sin piedad. Cambio de postura: me sube encima, yo cabalgándolo como loca, su polla hundiéndose mientras le muerdo el cuello. ‘Córrete, cabrón, lléname’. Él me pellizca el clítoris hinchado, frotándolo furioso. Exploto en un orgasmo que me sacude entera, chillando ahogado, y él eyacula dentro, chorros calientes inundándome el coño, semen goteando por mis muslos.
Nos quedamos jadeando, sudorosos, oliendo a sexo puro. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice él besándome el hombro. Yo sonrío, piernas temblando. Nos limpiamos rápido con kleenex, papel higiénico de la oficina, riendo nerviosos. ‘Vístete, que viene el guardia’, susurro. Falda arriba, blusa planchada como si nada. Salimos, él cierra el archivo, yo cojo mi bolso. ‘Hasta mañana, Marco, no se lo cuentes a nadie’. Él guiña: ‘Nuestro secreto, puta mía’. Volvemos a nuestros puestos, tecleando como borregos, pero con la sonrisa de oreja a oreja y el coño palpitando aún. Adrenalina total, chicas, el curro nunca fue tan excitante.