Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día en la oficina. Soy Carmen, 42 años, culazo redondo que vuelve locos a todos, y trabajo en un despacho lleno de memos trajeados. Llevamos semanas con el nuevo, Pablo, un chaval de 22, flaco pero con ojos de cachondo reprimido. Timidísimo, siempre agachado sobre sus papeles, pero yo le pillo mirándome el culo cuando me inclino a por un dossier. Eh… su mirada quema, ¿sabéis? Yo, que soy una puta viciosa, le provoco: paso rozándole el brazo, me estiro para que vea mis tetas apretadas en la blusa. El aire se carga, entre el tecleo y los cafés. ‘¿Necesitas ayuda con eso, Pablo?’, le digo bajito, mordiéndome el labio. Él balbucea, rojo como un tomate: ‘N-no, gracias, Carmen…’. Pero su polla se marca en los pantalones. Uff, me mojo solo de imaginarla.
Era viernes, huelga en la uni donde él estudia a ratos, así que se queda hasta tarde ‘terminando informes’. Yo también me demoro, el resto se pira. Cierro la puerta del despacho pequeño que compartimos, el que da a la sala de servidores, privado total. ‘Pablo, ¿sigues aquí? Ven, ayúdame con estos archivos…’, le digo, sentándome en el borde de su mesa, cruzando las piernas para que vea mi falda subirse. Él traga saliva, se acerca. Nuestras manos se rozan en los papeles, su aliento caliente en mi cuello. ‘Carmen, yo… no sé…’, murmura. Le cojo la mano, la pongo en mi muslo. ‘Shh, relájate, chaval. Sé que me miras el culo todo el día’. Su dedo tiembla subiendo, roza mi tanga húmeda. ‘Joder, estás… mojada’, dice atónito. Yo río suave: ‘¿Y tú? Mírate, la polla a reventar’. Le bajo la cremallera, saco esa verga tiesa, gorda, con venas palpitando. ‘Mira lo que tengo en el portátil’, le digo, abriendo un vídeo porno de secretaria follada por el jefe. Gemidos llenan la habitación, pollas entrando en coños empapados. Él jadea, yo le meneo la polla despacio, untada en su precúm pegajoso.
La tensión sube entre miradas y papeles
No aguanto más. Me arrodillo entre sus piernas, el suelo frío contra mis rodillas. ‘Déjame probarla, Pablo’. Lamo el glande salado, chupo las bolas peludas, meto toda la polla hasta la garganta. ‘¡Joder, Carmen, qué boca!’, gime él, agarrándome el pelo. El vídeo suena: ‘¡Fóllame el culo, jefe!’. Yo levanto la vista, viciosa: ‘¿Quieres mi coño o mi culo, eh?’. Él asiente loco. Me pongo de pie, me bajo el tanga, coño rasurado chorreando jugos por los muslos. Abro las piernas sobre la mesa, dossiers volando. ‘Métemela ya, cabrón’. Él se pone un condón tembloroso, me clava la polla de un empujón. ¡Ay, qué grosor! Me llena el coño hasta el fondo, paredes apretando su verga. ‘¡Más fuerte, joder! ¡Rómpeme!’, grito bajito, por si alguien oye. Él me embiste como animal, tetas botando, sudor goteando. Cambio de posición: me pongo a cuatro patas sobre el escritorio, culo en pompa. ‘¡Al culo, Pablo! Lubrícalo con mi coño’. Escupe en mi ojete, mete la punta… duele rico, entra despacio. ‘¡Qué apretado, puta madre!’, gruñe. Me folla el ano salvaje, polla resbalando en mis jugos, cachetes chocando clap-clap. Me corro primero, coño contrayéndose vacío, chorros salpicando papeles. ‘¡Me vengo, joder!’. Él acelera: ‘¡Me corro en tu culo!’. Siento su leche caliente hinchando el condón. Agotados, jadeando, olor a sexo y sudor impregnando todo.
Uf, nos miramos, riendo nerviosos. ‘Vístete rápido, que viene el guardia’, digo limpiándome el coño con kleenex. Él guarda la polla flácida, yo arreglo la falda, recojo papeles revueltos. ‘Como si nada, ¿eh? Mañana más’, le guiño. Salimos por separado, adrenalina a tope. De vuelta a mi mesa, tecleo informes con el culo dolorido y sonrisa pícara. Nadie sospecha, pero yo ya planeo el próximo polvo en la fotocopiadora.