Esto pasó hace unas semanas, en la oficina. Yo, María, 28 años, secretaria en una firma de abogados aquí en Madrid. Leticia, mi compi de 22, culazo perfecto y tetas que no caben en la blusa. Nico, el nuevo, 24, con esa sonrisa que te moja. Estábamos los tres solos terminando un informe gordo, ya eran las nueve de la noche, todos los demás se habían pirado.
Al principio, normal. Pasábamos expedientes, rozábamos manos. ‘Perdón’, decía ella con risita, pero sus ojos… uf, me miraban el escote. Yo llevaba falda corta, sin bragas porque el día había sido caluroso. Nico se inclinaba mucho, su polla ya marcada en el pantalón. ‘Joder, qué estrés este curro’, soltó él, y nos reímos nerviosos. Cerré la puerta del despacho, ‘por si viene alguien’, dije, pero el corazón me latía fuerte. El aire se cargó, como electricidad. Leticia se estiró, su blusa se abrió un poco, pezones duros. Yo tragué saliva. ‘¿Calor, no?’, le dije, y le toqué el brazo. Su piel ardía.
La tensión subiendo entre papeles y miradas
Nos sentamos en el sofá viejo del despacho, fingiendo revisar papeles. Pero las piernas se rozaban. Nico puso la mano en mi rodilla, ‘¿Seguro que nadie nos pilla?’, susurró. Leticia mordió su labio, ‘Me encanta el riesgo…’. La miré, y pum, la besé. Su boca suave, lengua juguetona. Nico no se quedó atrás, nos unió con sus manos. ‘Chicas, esto está muy mal…’, dijo riendo, pero ya me palpaba el muslo. Subí la falda, sin nada debajo. ‘Mira lo que hay’, gemí. Sus dedos rozaron mi coño, ya empapado. Leticia jadeó, ‘Joder, María, estás chorreando’.
La cosa explotó. Leticia se quitó la blusa, tetas firmes saltando libres. Yo le chupé un pezón, duro como piedra, mientras Nico le bajaba la falda. Sin bragas ella también, puta descarada. ‘Venga, Nico, enséñanos esa polla’, le pedí. Se la sacó, enorme, venosa, goteando precum. Leticia la agarró, ‘Dios, qué pasada’, y empezó a pajearla lento, pulgar en el glande. Yo me arrodillé entre sus piernas abiertas, coño rosado y húmedo. Lo lamí, clítoris hinchado, sabor salado dulce. Ella gemía bajito, ‘Ay, sí, chúpame más… no pares’.
El sexo brutal sin frenos en el despacho
Nico la volteó, a cuatro patas sobre el sofá. Le metió la polla de un empujón, ‘¡Qué coño tan apretado!’, gruñó. Leticia chilló de placer, cabeza contra mi coño que le puse en la cara. Me comía el chocho mientras él la taladraba, plaf plaf, huevos contra su culo. Yo le agarré las tetas, pellizcando pezones. ‘Fóllala fuerte, Nico’, le dije. Él aceleró, sudor goteando. Mi clítoris palpitaba con su lengua torpe pero ansiosa. ‘Me corro… joder…’, gritó ella, cuerpo temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga.
Nico se corrió dentro, pero sacó y salpicó su espalda. Yo no aguanté más, la tiré de espaldas sobre la mesa, piernas abiertas. Mi coño la rozaba, pero quise polla. ‘Ahora yo’, le dije a Nico. Me penetró de golpe, ‘¡Qué guarra, María!’, y me folló salvaje, mesa crujiendo. Leticia me besaba, dedos en mi clítoris. ‘Córrete en mi chocho’, gemí. Explosé, jugos chorreando. Nico sacó y se corrió en mis tetas. Leticia lamió su semen de mi piel, ‘Mmm, rico’.
Sudados, jadeantes. Mirada rápida al reloj. ‘Venga, a trabajar como si nada’, dije riendo. Nos vestimos rápido, alisamos papeles. Leticia se sonrojó, ‘Nadie se enterará, ¿eh?’. Nico guiñó, ‘Repetimos pronto’. Salimos del despacho, luces apagadas, como tres angelitos. Pero al día siguiente, miradas cómplices entre expedientes. La adrenalina… uf, adictiva.