Mi polvo salvaje en la oficina: tensión, folleteo crudo y vuelta al curro

Estaba en la oficina hasta tarde, ordenando un montón de carpetas polvorientas. El calor del verano se colaba por la ventana entreabierta, y yo sudaba un poco bajo la blusa ajustada. Javier, mi compañero del cubículo de al lado, entró con más papeles. ‘Ey, María, ¿necesitas ayuda?’, dijo con esa voz ronca que siempre me pone. Le miré… uf, esos ojos oscuros clavados en mí. ‘Sí, ven… pero cierra la puerta, que no moleste nadie’. El clic del pestillo sonó como una promesa. Nos acercamos a la mesa grande, rozándonos los brazos. Sus dedos rozaron los míos al pasar una carpeta, y sentí un cosquilleo directo al coño. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, murmuró, desabotonándose la camisa un poco. Yo tragué saliva, notando cómo se le marcaba el paquete en los pantalones. Nuestras miradas se cruzaron, largas, pesadas. Él se acercó más, su aliento en mi cuello. ‘María, desde esta mañana no paro de pensar en ti… en ese culo que meneas por la oficina’. Me mordí el labio, el corazón latiéndome fuerte. El espacio se volvió nuestro, privado, con el zumbido del aire acondicionado como única testigo. Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda. ‘Joder, estás mojada ya’, susurró, frotando mi tanga empapado. Yo gemí bajito, echando la cabeza atrás. La adrenalina me subía, ¿y si entra alguien? Eso me ponía más cachonda.

No aguantamos más. Le bajé la cremallera de un tirón, saqué esa polla gruesa, venosa, ya tiesa como una barra. ‘Métemela ya, Javier, fóllame fuerte’, le supliqué, subiéndome a la mesa. Apartó mi tanga a un lado y embistió de golpe, clavándomela hasta el fondo. ‘¡Puta madre, qué coño tan apretado!’, gruñó, follándome con golpes secos, brutales. Sus pelotas chocaban contra mi culo, chapoteando en mis jugos. Yo le arañaba la espalda, mordiéndole el hombro para no gritar. ‘Más duro, joder, rómpeme el coño’, jadeaba, mientras él me magreaba las tetas, pellizcando los pezones duros. Cambiamos: me puse de rodillas en el suelo, chupándosela como una puta, tragándomela hasta la garganta, saliva chorreando. ‘Trágatela toda, zorra de oficina’, me ordenó, follándome la boca. Luego me levantó, me empotró contra la pared, levantándome una pierna. Me la metía salvaje, el escritorio temblando, papeles volando. Sentía su polla hinchándose, mis paredes apretándola, el orgasmo subiendo como una ola. ‘Me corro… ¡ahhh!’, chillé, convulsionando, squirtando un poco en sus huevos. Él no paró, unas embestidas más y ‘¡Toma mi leche, puta!’, rugió, llenándome el coño de porra caliente, goteando por mis muslos.

La tensión entre carpetas y miradas ardientes

Nos quedamos jadeando, sudorosos, oliendo a sexo puro. ‘Joder, ha sido… increíble’, murmuró él, besándome el cuello. Yo sonreí, limpiándome rápido con unas toallitas del cajón. ‘Vístete, que vuelven los jefes’. Nos arreglamos a toda prisa: camisa abotonada, falda lisa, polla guardada. Limpiamos los papeles revueltos, el charco en la mesa con un trapo. Sonreímos como si nada, el corazón aún acelerado. ‘Mañana repetimos, ¿eh?’, guiñó él saliendo. Yo me senté, abrí el Excel, fingiendo normalidad. Pero el coño me palpitaba, recordándome el riesgo, la adrenalina. Nadie sospechó nada. Día normal en la oficina.

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