Uf, no sabes lo aburrida que estaba en la oficina. Día tras día, apilando papeles, contestando emails… Mi marido, el jefe, siempre liado con viajes y reuniones. Me sentía sola, ignorada. Un día le dije que me iba a volver loca. Él, para calmarme, me mandó a Rachid, un técnico joven, marroquí, unos treinta tacos, casado pero con esa mirada… para mojar.
Al principio, frío, profesional. Me ayudaba con los expedientes en el almacén del fondo, ese cuartito polvoriento donde nadie entra. Pero poco a poco… los roces al pasar carpetas, sus ojos bajando a mis tetas cuando pensaba que no miraba. Yo, con mi falda ajustada, notaba cómo se me ponía la piel de gallina. ‘¿Todo bien, Laura?’, me preguntaba, voz grave. ‘Sí… eh, sí, Rachid’, balbuceaba yo, sintiendo el calor entre las piernas.
La tensión sube con los expedientes y las miradas
Hoy fue la gota. El almacén vacío, puerta entreabierta. Ordenando expedientes altos, me subí a una caja, mi culo al aire casi. Él detrás, ayudando. Sus manos rozaron mis muslos. ‘Perdón…’, murmuró. Pero no se apartó. Me giré, corazón latiendo fuerte. Nuestras miradas… joder, fuego puro. ‘Rachid, yo… tengo ganas’, solté de golpe, voz temblorosa. Él tragó saliva, ojos en mi escote. ‘Laura, esto es… el jefe…’, dudó. Pero ya estaba. Cerró la puerta con llave. El espacio se volvió nuestro, privado, aire cargado de sexo.
Me besó brutal, lengua dentro, manos en mi culo apretando. Le arranqué la camisa, sintiendo su pecho duro, sudoroso. ‘Fóllame, por favor’, gemí. Bajó mi falda, braga al suelo. Mi coño ya chorreaba, hinchado de deseo. Él se desabrochó el pantalón, y zas, sacó la polla. Dios, gruesa, larga, venosa, curva hacia arriba, con el capullo morado brillante de pre-semen. ‘Mírala, Laura, para ti’, gruñó.
Me tumbó sobre la mesa de expedientes, papeles volando. Abrí las piernas, coño expuesto, labios mojados abiertos. Él escupió en la mano, untó su verga. ‘Vas a gritar’, dijo. Empujó de una, el glande abriendo mi entrada, estirándome. ‘¡Aaaah!’, grité bajito, miedo a que oyeran. Entró hasta el fondo, cojones contra mi culo. Joder, llenándome, pulsando dentro. Empezó a bombear, fuerte, salvaje. Plaf, plaf, su pubis chocando el mío, mi clítoris frotando su vello púbico.
El polvo brutal y la vuelta al curro como si nada
Agarré su culo musculado, uñas clavadas, tirando para más hondo. ‘Más rápido, joder, rómpeme el coño’, jadeaba. Él aceleró, sudando, gruñendo como animal. Sentía cada vena rozando mis paredes, el capullo golpeando mi cervix. Mis tetas botando, pezones duros como piedras. La mesa crujía, papeles por el suelo. Adrenalina pura: ¿y si entra alguien? Eso me ponía más cachonda. Me corrí primero, coño contrayéndose, chorros de jugo empapando su polla. ‘¡Sí, sí, me vengo!’, aullé ahogada. Él no paró, pilonazos brutales. ‘Toma mi leche, puta de oficina’, rugió, y explotó. Chorros calientes inundando mi útero, semen goteando fuera.
Jadeando, sudados, pegajosos. Se sacó, polla chorreando restos blancos. Yo, coño rojo, abierto, lleno de su corrida. ‘Rápido, vístete’, susurró, limpiándose con un expediente viejo. Me puse la braga, falda arrugada, olor a sexo en el aire. Abrió la puerta, aire fresco. ‘Vuelvo al curro, como si nada’, dijo guiñando. Yo asentí, piernas temblando, sonrisa culpable.
Minutos después, mi marido entró: ‘¿Buen día, amor?’. ‘Sí, genial, ordenando papeles con Rachid’, mentí, sintiendo su semen resbalando por mi muslo. Adrenalina total. Quiero más.