Trabajo en una oficina grande, de esas con open space y rincones llenos de archivadores altos. Hoy… uf, no sé ni cómo contarlo. Llevo una falda lápiz ajustada, blusa escotada sin sujetador, porque me encanta sentir los pezones rozando la tela. Hace un calor de cojones, aire acondicionado roto en mi zona. Estoy clasificando papeles atrás, en ese pasillo estrecho entre estanterías grises, medio escondida. Nadie pasa mucho por aquí.
De repente, entra él. Un tío de unos 30, traje impecable, tipo ejecutivo que viene de visita. Me mira fijo al pasar, sonrisa pícara. Hay sitios libres, pero se planta justo enfrente, apoyado en un archivador. ‘¿Todo bien por aquí?’, dice bajito, voz ronca. Yo asiento, corazón latiendo fuerte. Saco un expediente, finjo leer. Pero noto su mirada bajando a mis tetas, a mis piernas cruzadas.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
Empieza el juego. Veo su mano rozar la bragueta. Discreto al principio, un vaivén lento. Se forma un bulto… joder, grande. Me pongo roja, pero no aparto la vista. Miro de reojo, mientras hojeo papeles. Él se da cuenta, sonríe más. ‘Hace calor, ¿eh?’, murmura. Asiento, mordiéndome el labio. Mi coño palpita ya, humedad entre las piernas. Descruzo las piernas un poco, falda sube sola. Él aprieta más su polla por encima del pantalón.
El espacio se cierra. Estamos solos, pero oigo voces lejanas de compañeros. Eso me pone a mil. Bajo la mano, toco mi muslo. Él jadea suave. Nuestras miradas se clavan, fuego puro. ‘¿Quieres ver?’, susurra. Yo… titubeo, pero asiento. El pasillo es nuestro mundo privado ahora.
No aguanto. Echo mano bajo la falda, toco mi tanga empapada. Él se desabrocha lento, saca una polla gorda, venosa, cabeza hinchada y roja. Joder, enorme. Mis labios se abren solos, clítoris hinchándose. Me bajo el tanga hasta los tobillos, lo meto en el bolso. Piernas abiertas contra el archivador, coño al aire: labios gruesos, pelito recortado en triángulo, clítoris gordo asomando.
El polvo brutal, intenso y sin filtro
Él se masturba fuerte, mano subiendo y bajando esa verga bestial. Sacó los huevos, gordos como huevos de gallina, tensos. Yo me froto el clítoris, dos dedos, resbaladizos de jugos. ‘Qué coño tan rico… ese clítoris… me vuelves loco’, gime bajito. Le enseño las tetas, 95C firmes, pezones duros como piedras. Él alucina, ojos saltones.
Avanzo el culo, piernas entrelazadas con las suyas. Tozo sus huevos, pesados, calientes. ‘Sí… así… acaríciame’, gruñe. Le cojo la polla, gruesa, late en mi mano. Él mete dedos en mi coño, pulgar en clítoris, me folla con tres dedos. ‘Estás chorreando… puta caliente’, dice. Yo gimo suave, mordiéndome el labio. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, amasándolas.
Vamos a tope. Masturbándonos mutuo, polla en mi puño, dedos suyos en mi coño abierto. Olor a sexo, sudor, adrenalina. ‘Me corro… joder, me corro’, jadea él, ojos en blanco. Apunta a mi coño, chorros calientes de lefa en mi clítoris, labios, dedos. Yo exploto: orgasmo brutal, coño contrayéndose, jugos chorreando por muslos. Silencio roto solo por respiraciones. Casi grito, pero me contengo.
Pasan minutos. Limpio con kleenex, subo tanga, falda. Él guarda la polla, cierra cremallera. ‘Gracias… ha sido brutal’, susurra. Sonreímos. Salgo como si nada, vuelvo a mi mesa. Compañeros charlando, ajenos a todo. Sigo tecleando, coño palpitando aún, lefa seca en la piel. Cada rato miro atrás, recuerdo esa polla en mi mano. Mañana… ¿repetimos? Joder, qué vicio.