Mi polvo prohibido en la oficina: tensión, polla y adrenalina

Eh, chicas, soy Marta, trabajo en una oficina de contabilidad aquí en Madrid. Tengo 42 años, mido 1,55, peso 52 kg, pelo castaño claro y unas tetas que no pasan desapercibidas. Me compleja un poco, pero me encanta ponerme escotes profundos para ver cómo babean. Mi compañero Pablo, moreno, 1,80, puro músculo de gym, siempre me mira las tetas cuando cree que no veo. Su mujer, Lola, es profe de fitness, rubia alta, 1,70, culazo perfecto pero tetas pequeñas, sin sujetador siempre. Nos llevamos genial, hablamos de todo, pero nada había pasado… hasta esa noche de fin de trimestre.

Organizaron una fiesta de disfraces en la oficina vacía. Yo me puse de hombre, traje chaqueta, corbata y bigote postizo. Pablo de mujer, con corsé falso-tetas, peluca rubia larga, falda hasta la rodilla y escote que disimulaba lo justo. Lola y mi compi Ana ayudaron con el disfraz. Caminaba torpe con tacones compensados, riéndonos todos. ‘¡Pareces una tía buena, Pablo!’, le dije. Él se sonrojó, pero su polla ya asomaba bajo la falda.

La tensión sube entre papeles y miradas

Quedamos archivando carpetas atrasadas en la sala de atrás, luces bajas, puerta cerrada. ‘Marta, pásame ese dossier’, murmuró Pablo con voz fingida. Nuestras manos se rozaron, electricidad. Lola nos miró, mordiéndose el labio. ‘Eh, chicos, esto se pone caliente’, dijo ella, acercándose. Yo vi cómo Pablo se empalmaba, la falda tentándose. Ana entró, cerró con llave. ‘Nadie nos pilla aquí’. Miradas cruzadas, sudor en la nuca, olor a papel viejo y perfume barato. Pablo me rozó el culo ‘por accidente’. ‘Perdón, eh…’. Mi coño se mojó al instante.

De repente, Lola agarró la mano de Pablo y se la puso en mi teta. ‘Toca, está buena’. Él apretó, gemí bajito. ‘Joder, Marta, qué duras’. Yo le bajé la cremallera del corsé, sus tetas falsas saltaron, pero palpé su polla tiesa debajo. ‘Quítatela’, susurré. Lola se arrodilló, me bajó los pantalones del disfraz. ‘Mira qué coñito depilado’. Me metió dos dedos, chorreando. Ana se masturbaba viéndonos, pantalón a los tobillos.

Pablo sacó la polla, gorda, venosa, cabezota brillante. ‘Chúpala, Marta’. Dudé un segundo, ‘¿Aquí? ¿Y si viene alguien?’. Pero la adrenalina me pudo. Me arrodillé, lamí el glande salado, tragué hasta la garganta. ‘¡Joder, qué buena mamada!’, gruñó él. Lola me animaba: ‘Trágatela toda, puta’. Chupaba fuerte, bolas en la mano, saliva goteando. Ana gritó: ‘¡Me corro viéndoos!’. Se vino temblando en la silla.

El polvo brutal y sin frenos

Pablo me levantó la falda –ups, yo de hombre pero sin bragas–, me empotró en la mesa. ‘Te voy a follar el coño’. Entró de golpe, polla gruesa abriéndome, plac-plac contra mis nalgas. ‘¡Más fuerte, cabrón!’. Lola se quitó la falda, se puso a cuatro, Pablo sacó y la clavó en su culo. ‘¡En el ojete, amor!’. Yo lamí el coño de Lola mientras él la sodomizaba, crema de lubricante chorreando. Luego me tocó a mí: dedo en el culo primero, luego su polla lubricada. ‘Relájate, puta’. Duele al principio, quema, pero luego… ¡uf, placer puro! Me follaba el culo lento, profundo, yo me tocaba el clítoris. Ana nos lamía las tetas.

‘¡Me corro!’, gritó Pablo, jet caliente llenándome el recto. Yo exploté, coño convulsionando, chorros en la mesa. Lola se masturbaba furiosa, viniéndose en mi cara. Sudor, semen, olor a sexo crudo por toda la sala. Gemidos ahogados, miedo a gritos lejanos.

Jadeando, nos separamos. Limpiamos rápido con kleenex, semen goteando piernas. ‘Venga, a trabajar como si nada’, dijo Lola riendo bajito. Pablo se subió la falda, yo el pantalón. Abrimos puerta, volvimos a las carpetas. Miradas pícaras, sonrisas. Nadie sospechó. Pero mi culo palpita aún, recordando esa polla. ¿Repetimos mañana?

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