Mi follada prohibida en la oficina: el riesgo que me pone cachonda

Oye, no sé por dónde empezar… Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y reuniones eternas. Soy María, 32 años, y soy una puta abierta al sexo, sobre todo si hay riesgo. Me encanta esa adrenalina de que nos pillen. Bueno, con Javier, mi compañero del departamento de ventas, llevaba semanas tonteando. Él es alto, moreno, con esa mirada que te desnuda. Cada vez que pasábamos expedientes, nuestras manos se rozaban… eh, un poco más de lo normal. ‘María, estos informes están calientes’, me decía guiñando un ojo. Yo me reía, pero mi coño ya se mojaba pensando en su polla.

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Hoy fue el día. La oficina medio vacía por la tarde, todos en casa o en el gym. Estábamos solos revisando datos en la sala de reuniones pequeña, esa con puerta y persianas. Cerré la puerta despacio, clic, y bajé las persianas a medias. Luz tenue, olor a café y papeles. ‘Javier, ¿vamos a follar o qué?’, le solté directa, porque soy así, sin rodeos. Él se acercó, su aliento caliente en mi cuello. ‘Joder, María, llevo semanas con la polla dura por ti’. Sus manos en mi culo, apretando fuerte sobre la falda. Yo gemí bajito, sintiendo su bulto contra mi tripa. El corazón me latía fuerte, oyendo voces lejanas en el pasillo. ‘Cuidado, que viene alguien’, susurré, pero eso nos puso más calientes. Nos besamos salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclada. Le bajé el pantalón y saqué esa polla gorda, venosa, ya chorreando precum. ‘Mmm, qué rica’, murmuré oliendo su olor masculino, a sudor y deseo.

La tensión sube entre papeles y miradas

No aguantamos más. Lo empujé contra la mesa, pero él me dio la vuelta. ‘A cuatro, puta de oficina’, gruñó. Me subí la falda, arranqué las bragas y las tiré. Mi coño depilado brillaba de jugos, el clítoris hinchado. Él escupió en su mano, me untó el culo y metió dos dedos directo al ano. ‘¡Ahhh, joder!’, grité suave, el placer quemándome. Afuera, pasos… mierda, alguien pasaba. Nos paramos un segundo, riendo nerviosos, pollas palpitando. Luego, brutal: su polla cabezona empujando mi coño. Entró de un golpe, chapoteando mis fluidos. ‘¡Fóllame fuerte, cabrón!’, jadeé. Me taladraba, bolas golpeando mi clítoris, mesa crujiendo. Sudor goteando, mi leche chorreando por sus muslos. Cambiamos: yo encima, cabalgando esa verga dura como hierro. Le chupé los pezones salados mientras rebotaba, coño tragándosela entera. ‘Córrete dentro, lléname’, le rogué. Él me pellizcó el clítoris, y exploté: orgasmos en olas, piernas temblando, grititos ahogados.

El polvo brutal en la mesa

Pero no acabó. ‘Ahora el culo, zorra’, dijo sacándola reluciente de mi coño. Me escupí la mano, unté mi ojete y me abrí las nalgas. Entró despacio al principio, ardiendo, estirándome. ‘¡Joder, qué apretado!’, gimió él. Luego, embestidas feroces, polla reventándome el culo, sonidos obscenos de carne chapoteando lubricante natural. Me masturbé el coño meanwhile, dedos volando, vientre contra la mesa fría. Oímos la aspiradora al fondo… adrenalina máxima. Él aceleró, gruñendo como animal: ‘Me corro, puta… ¡toma mi leche!’. Caliente, espeso, inundando mi recto. Yo vine otra vez, chorros salpicando el suelo, cuerpo convulso.

Jadeando, sudorosos, nos separamos. Semen goteando de mi culo, coño palpitando. Rápido: pañuelos, limpiamos la mesa, mesa oliendo a sexo. Me puse las bragas húmedas, él el pantalón con polla aún semi. ‘Ni una palabra’, susurró besándome. Abrí la puerta, aire fresco del pasillo. Volvimos a nuestros puestos como si nada, sonrisas cómplices. Mañana, más expedientes… y quizás otra follada.

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