Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y salas de reuniones que se cierran mal. Soy Carmen, 35 años, casada pero… abierta como el infierno. Me encanta el morbo del curro, el riesgo de que te pillen. Ayer mismo pasó. Estaba con Javier, mi jefe, un tío de unos 50, experimentado, con esa mirada que te desnuda. Hacíamos horas extras, solos en la sala de archivos. Expedientes por todos lados, polvorientos, amontonados en estanterías altas.
—Pásame esa caja de arriba, Carmen —me dice, con voz grave.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
Subo el taburete, mi falda se sube un poco, noto sus ojos clavados en mis muslos. Bajo despacio, rozando su brazo. Él sonríe, pícaro. Empezamos a clasificar papeles, hombro con hombro. El aire está cargado, huele a papel viejo y a su colonia fuerte. Cada vez que me agacho, mi escote se abre, mis tetas en sujetador de encaje negro asoman. Él carraspea, pero no aparta la vista.
—Joder, Carmen, estás… distraída hoy —murmura, su mano roza mi culo ‘por accidente’ al pasar un dossier.
Siento un cosquilleo en el coño. Le miro, mordiéndome el labio.
—¿Distraída? Tú eres el que no para de mirar…
Nos reímos bajito. La puerta está entreabierta, se oyen voces lejanas en la oficina. Ese riesgo me pone a mil. Nos acercamos más, clasificando juntos un montón de papeles. Su aliento en mi cuello, caliente. Mi pezón se endurece contra la blusa. Él lo nota, pasa el dedo por el botón superior.
—¿Quieres que la cierre? —pregunta, señalando la puerta.
Dudo un segundo, el corazón me late fuerte. Asiento. La cierra, pero no del todo, deja una rendija. Espacio privado, pero no seguro. Perfecto para la adrenalina.
Sus manos en mi cintura, me gira. Nuestros labios chocan, beso húmedo, lenguas enredadas. Sabe a café y deseo. Me empuja contra la mesa llena de expedientes, papeles vuelan.
Ahora viene lo bueno. El polvo. Me sube la falda de un tirón, rasgando un poco la media. Sus dedos bajan mi tanga negra, empapada ya. La aparta a un lado, mete dos dedos en mi coño chorreante.
—Estás empapada, puta cachonda —gruñe.
Gimo, abro las piernas. Él se desabrocha el pantalón, saca su polla gorda, venosa, tiesa como una barra. La frota contra mi clítoris, me hace jadear.
El polvo intenso y sin filtro
—Fóllame ya, Javier, no aguanto…
Me penetra de golpe, hasta el fondo. Su polla me llena, estira mi coño mojado. Empieza a bombear, fuerte, salvaje. La mesa cruje, expedientes caen al suelo. Yo me agarro a sus hombros, uñas clavadas. Cada embestida me sacude, mis tetas rebotan libres ya, blusa abierta.
—Tu coño es una gloria, aprieta así… —jadea él, sudando.
Le chupo el cuello, muerdo su oreja. Cambio de posición, me pone de espaldas, culazo en pompa contra la estantería. Me agarra las caderas, me taladra el coño desde atrás. Sus huevos chocan contra mi culo, plaf plaf. Siento su dedo en mi ano, lo moja con mis jugos y lo mete un poco. Doble placer, me corro gritando bajito.
—Ahhh, joder, me vengo… no pares…
Él acelera, su polla hinchada. Me da la vuelta otra vez, me sube a la mesa. Piernas abiertas, me folla mirándome a los ojos. Roza mi clítoris con el pulgar, me hace correrme otra vez, chorros calientes en su mano.
—Ahora te lleno, zorra…
Se corre dentro, leche caliente inundando mi coño. Gemidos ahogados, cuerpos temblando. Oímos pasos fuera, nos paramos en seco. Adrenalina pura.
Bajamos del subidón rápido. Él sale primero, pantalón subido, cara seria. Yo me limpio con kleenex, huelo a sexo, pero me arreglo el pelo, falda abajo. Salgo sonriendo, coño goteando su corrida.
—Volvemos al curro, ¿no? —le digo, guiñando.
Asiente, como si nada. Nos sentamos en nuestros sitios, tecleando teclados. Colegas preguntan por los expedientes, respondemos normales. Pero yo siento su mirada, y sé que repetiremos. El morbo del casi pillados… adictivo.