Mi polvo prohibido en la oficina: el riesgo de ser pillada me puso a mil

Tengo 38 años, divorciada hace tres meses. En la oficina, mi culo prieto se mueve al andar, piernas algo flojas pero pechos firmes y vientre plano que compensan. Pelo castaño con flequillo, ojos almendrados. Sé que vuelvo locos a los tíos. Y él, el sobrino del jefe, 25 años, músculos de gym, me mira siempre. Discreto, pero lo pillo.

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Era viernes, fin de mes. Pilas de dossiers entre nosotros en mi mesa. ‘¿Me pasas el informe ese?’, dice él, rozando mi mano. Uff, electricidad. Le sonrío, cruzo las piernas, noto mi tanga mojada ya. ‘Claro, aquí está… pero cuidado, que quema’. Risas nerviosas. Nuestros ojos se clavan, segundos eternos. El resto del equipo en sus puestos, pero cerca.

La tensión sube entre carpetas y miradas

De repente, el jefe grita: ‘¡Reunión rápida en la sala pequeña, vosotros dos solos con los datos!’. Perfecto. Entramos, cierro la puerta. Clic del pestillo. Espacio privado, pero paredes finas, voces fuera. ‘Bueno, ¿empezamos?’, digo yo, sentándome en la mesa, falda subiendo un poco. Él se acerca, huele a colonia fresca. ‘María, no aguanto más tus miradas’. Dudas en su voz. Me pongo roja, pero sonrío. ‘¿Y qué vas a hacer, eh?’. Se acerca más, mano en mi rodilla. ‘Esto…’. Sube despacio, roza mi muslo. Adrenalina, corazón a mil. ‘Para, que nos pillan’, susurro, pero abro las piernas.

Sus dedos llegan a mi tanga, húmeda. ‘Joder, estás empapada’. Yo gimo bajito, miro la puerta. ‘Shh, calla…’. Pero le cojo la polla por encima del pantalón, dura como piedra. ‘Quítatelo todo’, le ordeno, voz ronca. Él obedece, polla saltando libre, venosa, cabezota brillante. Yo me bajo la falda, tanga al suelo. Coño rasurado, hinchado, listo.

El polvo brutal y la vuelta a la realidad

Le empujo contra la mesa, me subo encima. ‘Fóllame ya, cabrón’. Guía su polla a mi entrada, resbaladiza. Empujo, entra de golpe. ‘¡Ahhh! Joder, qué gruesa’. Sensación plena, me llena hasta el fondo. Empiezo a cabalgar, tetas botando fuera del sujetador. Él me agarra el culo, aprieta. ‘Tu coño aprieta como una virgen, María’. Golpes secos, mesa cruje. Sudor, olor a sexo. ‘Más fuerte, rómpeme’, jadeo. Cambio, me pone a cuatro, contra la pared. Polla embiste brutal, bolas chocan mi clítoris. ‘¡Sí, así! Me corro…’. Olas, tiemblo, chorro moja sus muslos.

Él gruñe, acelera. ‘Me vengo dentro, ¿ok?’. ‘¡Sí, lléname!’. Chorros calientes inundan mi coño, gotea. Nos quedamos jadeando, pegados. ‘Joder, ha sido… increíble’, dice él, besándome el cuello.

Miro el reloj. Diez minutos. ‘Venga, vístete rápido’. Limpiamos con kleenex, huelo a semen pero disimulo. Me pongo tanga, falda arrugada. Él pantalón, corbata torcida. Abro puerta, salimos. ‘Informe listo, jefe’, digo normalita. Él asiente, guiño disimulado. Vuelta a mesas, como si nada. Pero mi coño palpita, semen resbala. Sonrío, adicción total. Mañana, más.

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