Mi polvo prohibido en la oficina con mi compañero de trabajo

Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y mucho papeleo. Tengo 28 años, morena, con curvas que no pasan desapercibidas. Mi compañero, Carlos, es alto, con esa mirada que quema. Llevamos semanas con esa electricidad. Hoy, jueves por la tarde, el jefe nos manda a la sala de archivos a buscar unos expedientes viejos. Eh… el corazón me late fuerte solo de pensarlo.

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Entramos, la puerta se cierra con un clic. El aire está cargado de polvo y ese olor a papel viejo. Nos miramos mientras revolvemos las cajas. Sus ojos bajan a mis tetas, apretadas bajo la blusa. Yo siento un cosquilleo en el coño. ‘¿Qué buscas exactamente?’, me dice con voz ronca, acercándose. Nuestras manos se rozan al sacar un folder. Joder, su piel caliente. Me muerdo el labio, dudo… ‘Esto… por aquí’. Pero no busco nada, solo lo miro. Él sonríe, pícaro. Pone una mano en mi cintura, suave al principio. ‘María, no aguanto más estas miraditas’. El espacio se hace íntimo, solo nosotros, el zumbido lejano de las impresoras.

La tensión sube entre miradas y papeles

De repente, me empuja contra la estantería. Sus labios en mi cuello, mordisqueando. ‘Shh, no hagas ruido’, susurra. Desabrocho su camisa, siento su pecho duro. Él me sube la falda, mano directa a mi tanga. ‘Estás empapada, puta’, gruñe. Sí, lo estoy, el coño me palpita. Le bajo la cremallera, saco su polla tiesa, gruesa, venosa. La aprieto, masturbo despacio. Él gime bajito, mete dedos en mi raja. Dos de golpe, follándome con ellos. ‘Joder, qué apretada’. Yo jadeo, abro las piernas. Chupo su lengua, salvaje. Me gira, falda arriba, tanga a un lado. Siento su glande rozando mi clítoris, resbaladizo de mis jugos.

El sexo salvaje y el regreso al curro

‘Fóllame ya, Carlos’, le suplico, voz temblorosa. Empuja, entra de un golpe. ¡Ay, dios! Me llena entera, el coño se estira alrededor de su verga. Empieza a bombear, fuerte, sin piedad. Pla-pla-pla contra mi culo. Agarro la estantería, papeles caen. ‘Más duro, cabrón’. Él me agarra las caderas, me taladra. Siento su huevos golpeando mi clítoris. Bajo una mano, me froto el botón mientras él me revienta. ‘Me vengo, joder… ¡Sí!’. El orgasme me sacude, coño contrayéndose, chorros de leche por mis muslos. Él no para, gruñe: ‘Ahora tú, agárrate’. Me saca, me pone de rodillas. Abro la boca, chupa su polla empapada de mí. Salada, mía. Me la mete hasta la garganta, folla mi boca. ‘Trágatela toda’. Explosiona, leche caliente inundándome. Trago lo que puedo, el resto chorrea por mi barbilla.

Nos quedamos jadeando, sudorosos. Rápido, nos arreglamos. Falda abajo, blusa planchada. Limpio su polla con pañuelos, él me besa suave. ‘Ha sido brutal, María’. Sonrío, piernas temblando. ‘Pero calladito, eh’. Salimos como si nada, expedientes en mano. Vuelvo al escritorio, tecleo como una loca. Él pasa, guiño. Nadie nota nada, solo yo siento su semen bajando por el muslo. Adrenalina pura, quiero más.

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