Follada prohibida en la oficina: Mi polvo salvaje con el nuevo

Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día en la oficina. Yo soy Lucía, la de contabilidad, siempre con escote generoso porque, bueno, ¿por qué no? Llevo meses notando las miradas de Javier, el nuevo chico de marketing. Tiene como 25 años, moreno, con esa sonrisa pícara. Pero el viernes… uf, la cosa explotó.

Estábamos solos en la sala de archivos, revisando expedientes para el informe. El aire acondicionado fallaba, hacía un calor de cojones. Yo me agaché a por una carpeta baja, y sentí sus ojos clavados en mis tetas. Me giré, y ahí estaba, mirándome fijamente, con la polla medio marcada en los pantalones. ‘Lucía, eh… tus curvas distraen un montón’, murmuró, rojo como un tomate. Yo sonreí, mordiéndome el labio. ‘¿Y qué? ¿Te gusta lo que ves?’. Nos quedamos callados, solo el roce de papeles y nuestras respiraciones pesadas.

La tensión sube con expedientes y miradas ardientes

De repente, cerró la puerta con llave. ‘Los demás se han ido a comer. Estamos solos dos horas’. El corazón me latía fuerte, esa adrenalina de que nos pillen en cualquier momento… me pone a mil. Me acerqué, rozando su brazo. ‘Javier, desde que llegaste, fantaseo con esto’. Él tragó saliva. ‘Yo también, Lucía. Tu escote me tiene loco. Pero no soy guapo, y tú… joder, eres fuego’.

Nos miramos, la tensión eléctrica. Yo sabía que él estaba cachondo perdido, como yo. ‘La última vez que hablamos en el pasillo, me empalmé pensando en ti’, confesó bajito. ‘¿Y qué hiciste?’, pregunté, voz ronca. ‘Me pajee pensando en tu coño’. Uf, esas palabras me mojaron al instante.

Entonces, sin más, se bajó la cremallera. Su polla salió flácida al principio, reposando en los huevos peludos. La cogió con dos dedos, empezó a moverla despacio. ‘Mira cómo se pone por ti’, dijo. Se endureció rápido, venosa, el capullo brillando. Me arrodillé, fascinada. ‘Déjame ayudarte’. Puse mi mano sobre la suya, sintiendo el calor, el pulso. Aceleramos, su prepucio subiendo y bajando, oliendo a hombre excitado.

‘Joder, Lucía, me voy a correr’, jadeó. Quitó la mano, y yo la seguí sola. ¡Pum! Chorros calientes de leche espesa salpicaron mi mano, el suelo. ‘¡Qué rico, chulo!’. Me miró, ojos brillantes. ‘Ahora tú, muéstrame ese coño’. Me levanté, temblando. Me quité la falda, las bragas empapadas. Abrí las piernas, separé los labios con los dedos. Mi coño peludo chorreaba, el clítoris hinchado asomando.

El polvo brutal: polla dura, coño chorreando y corrida dentro

Me metí un dedo, luego dos, follando mi humedad. ‘¡Mira cómo estoy de mojada por ti!’. Él acercó la mano, torpe al principio. ‘Así, Javier, frota el clítoris… sí, joder’. Mis piernas flaqueaban, me quité la blusa, pellizqué los pezones duros. Su polla ya estaba tiesa otra vez.

No aguanté más. Me subí a horcajadas, espalda contra su pecho en la silla. Agarré esa verga dura, la apunté a mi entrada. Me dejé caer de golpe. ‘¡Aaaah!’. Su polla me abrió entera, rompiendo barreras. El dolor se mezcló con placer brutal, mi coño virgen tragándosela toda. Empecé a cabalgar, subiendo y bajando, tetas rebotando. Puse sus manos en ellas, él las amasó fuerte.

‘¡Fóllame, Lucía, dame ese coño apretado!’, gruñó. Sentí sus embestidas desde abajo, coño lleno de polla. Me corrí primero, chorros de jugo empapándonos, gritando bajito por si alguien oía. Él empujó hondo, ‘¡Me corro dentro!’. Jets calientes me llenaron el útero, palpitando.

Jadeando, nos besamos. ‘Lucía, qué puta más guapa eres’, susurró. Lágrimas de emoción. Pero… oímos pasos fuera. Rápido, nos vestimos, limpiamos el semen con kleenex. ‘Como si nada’, reí nerviosa. Volvimos a los expedientes, sonrisas cómplices. Él me guiñó: ‘Repetimos pronto’. Y yo, con el coño goteando su corrida, asentí. Trabajo normal, pero ahora… todo ha cambiado.

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