Uf, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en una oficina de seguros en Barcelona, soy Sofia, 28 tacos, secretaria jefa. Hace unas semanas, el nuevo informático, Marc, 35, musculoso como un toro, ojos que te desnudan… Empezó todo con un atasco en la fotocopiadora. Yo forcejeando, sudando, y él aparece, me saca de ahí en segundos. ‘Tranquila, preciosa’, me dice con esa voz grave. Desde entonces, miradas cruzadas en las reuniones, roces ‘accidentales’ al pasar carpetas.
Hoy, viernes tarde, oficina casi vacía. Estamos solos archivando expedientes en la sala del fondo, esa con puerta que cierra mal. El aire huele a papel viejo y su colonia fuerte, macho. Nuestras manos se tocan al coger el mismo dossier. ‘Perdón’, digo yo, pero no suelto. Él sonríe, se acerca más. Siento su aliento en mi cuello. ‘Sofia, desde que te vi forcejeando… no paro de imaginarte’. Mi coño palpita ya. ‘Marc, aquí no… ¿y si entra alguien?’. Pero mis pezones se endurecen bajo la blusa. Él cierra la puerta, tira el pestillo chirriante. Espacio privado. Nos miramos, el corazón a mil. Sus manos en mi cintura, yo jadeando. ‘Solo un beso’, miento.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
Me plaquea contra los estantes metálicos, fríos en mi espalda. Sus labios devoran los míos, lengua invasora, sabe a café y deseo. Manos por todas partes. Desabrocha mi blusa, libera mis tetas del sujetador negro. ‘Joder, qué pezonazos’, gruñe chupándolos, mordisqueando. Yo gimo bajito, ‘shh, cabrón, nos oirán’. Pero arqueo la espalda, empujo su cabeza. Bajo la mano a su pantalón, la polla ya dura como piedra, enorme. La saco, venosa, cabezona roja. ‘Mira lo que me haces’, dice él. Me arrodillo en el suelo polvoriento, el riesgo me moja el tanga. La lamo desde la base, salada, hasta el glande goteante de precum. ‘Así, puta, trágatela’. Abro la boca, la engullo. Grande, me llena la garganta. Tosco, pero sigo, babeando. Él agarra mi pelo, folla mi boca profundo. ‘Joder, qué garganta de zorra’. Lágrimas en ojos, pero no paro, el clítoris hinchado pidiendo guerra.
El follón brutal sin frenos ni condones
Me levanto, bajo el pantalón y tanga. Coño depilado, chorreando. ‘Fóllame ya’, suplico. Me gira, culazo al aire. Polla en mi raja, resbala en jugos. Empuja, entra de un golpe, me parte. ‘¡Ahhh, coño!’, grito ahogado. Me taladra salvaje, huevos golpeando mi culo. Sudor goteando, estantes temblando. ‘Más fuerte, Marc, rómpeme’. Cambio, me sube encima, piernas abiertas. Polla hundiéndose hasta el fondo, rozando el cervix. Me corro primero, chorros calientes bajando por sus bolas. Él acelera, ‘me vengo, tragatelo todo’. Lo bajo, rodillas en cemento. Explota en mi boca, leche espesa, amarga, inundando garganta. Trago, toso, pero chupo hasta la última gota. Sabor a él por todas partes.
Uf, jadeamos. Rápido, nos vestimos. Blusa arrugada, pelo revuelto, coño palpitando con semen escurrido. ‘Vuelve al puesto, como si nada’, susurra besándome. Salimos, él primero. Yo después, cara de póker, sentándome ante el ordenador. Compañeros regresan, nadie nota. Pero yo… sonrío interior, la adrenalina aún bombeando. Mañana, más. ¿Quién dijo que el curro es aburrido?