Ay, chica, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajo en una oficina de abogados en el centro de Madrid, ya sabes, papeleo eterno, cafés malos y jefes con ego inflado. Mi jefe, Carlos, es un tipo de unos cuarenta, alto, con manos grandes y esa mirada de perro hambriento que no disimula. Siempre me mira el culo cuando paso con los expedientes. Eh… un día, el viernes pasado, quedamos solos hasta tarde. La oficina vacía, solo el zumbido del aire acondicionado y el olor a tinta de impresora.
Estábamos revisando unos dossiers en su despacho. Yo inclinada sobre la mesa, sintiendo su aliento en mi nuca. ‘Mira esto, Ana’, dice él, rozando mi brazo con sus dedos. Yo levanto la vista, y zas, sus ojos clavados en mis tetas. Sonrío, coqueta. ‘¿Qué pasa, jefe? ¿Te distraes?’, le suelto, mordiéndome el labio. Él carraspea, eh… se acerca más. ‘Eres una tentación, joder’. Su mano sube por mi falda, despacio. El corazón me late fuerte, la puerta sin cerrar del todo. Cualquiera podría entrar, la limpiadora, un compañero olvidado… Esa adrenalina me pone cachonda perdida.
La tensión sube entre papeles y miradas
Me giro, le miro fijo. ‘¿Y si nos pillan?’, susurro, pero ya le estoy desabrochando la camisa. Él gruñe: ‘Me la suda, Ana, te quiero ahora’. Me empuja contra la mesa, sus labios en mi cuello, mordiendo suave. Siento su polla dura contra mi muslo, enorme, presionando. Le bajo la cremallera, la saco… Dios, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. ‘Joder, qué polla más gorda’, gimo. Él ríe bajito: ‘Pruébala’. Me arrodillo, la chupo, lengua alrededor del glande, saliva chorreando. Él me agarra el pelo: ‘Así, puta, trágatela toda’.
Pero no aguanto más. Me levanto, me subo la falda, bajo las bragas. ‘Fóllame ya, Carlos, no pares’. Me dobla sobre el escritorio, papeles volando, bolígrafos al suelo. Siento sus dedos abriéndome el coño, húmedo, chorreando. ‘Estás empapada, zorra’, dice, y embiste. Su polla entra de golpe, llenándome entera, estirándome. ‘¡Aaaah! Sí, joder, más fuerte!’, grito, mordiendo mi puño para no armar escándalo. Él me taladra, culazos profundos, sus huevos golpeando mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo crudo, su aliento caliente en mi oreja: ‘Tu coño es una gloria, Ana, apriétame’.
El clímax brutal y el regreso al trabajo
Acelera, bestial. Yo me corro primero, temblando, jugos bajando por mis muslos. ‘¡Me corro, hostia!’, jadeo. Él no para, me folla como un animal, la mesa crujiendo. ‘Te voy a llenar, puta’, gruñe, y explota. Su leche caliente, chorros potentes dentro, desbordando. Siento cada pulso, espeso, pegajoso. Se queda quieto, respirando agitado, aún dentro de mí.
Luego… silencio. Nos miramos, sudados, revueltos. ‘Joder, eso ha sido… increíble’, dice él, besándome. Yo sonrío, temblando aún. ‘Pero ahora a trabajar, jefe, como si nada’. Me limpio rápido con kleenex, subo bragas, recojo papeles. Él se sube los pantalones, cierra cremallera. ‘Vuelve mañana, eh’, guiña. Salgo del despacho, piernas flojas, coño palpitando con su semen adentro. En mi mesa, tecleo como una loca, fingiendo normalidad. Nadie nota nada, pero yo… sonrío sola, recordando el riesgo, la follada brutal. Mañana, quizás repetimos.