Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el jueves pasado en la oficina. Yo, trabajando en mi cubículo, rodeada de pilas de dossiers y el puto aire acondicionado que no para de soplar frío. Marcos, mi compañero del departamento de ventas, ese tío alto, con barba de tres días y ojos que te desnudan en dos segundos. Desde hace semanas, nos lanzamos miraditas. Él pasa por mi lado, roza ‘sin querer’ mi hombro, y yo siento un cosquilleo directo al coño. Ese día, en la reunión de equipo, nos sentamos uno al lado del otro. Sus rodillas se tocan bajo la mesa, y joder, su mano sube despacito por mi muslo. Llevo falda de tubo, sin bragas, claro, porque me pone cachonda ir así al curro. ‘¿Estás mojada?’, me susurra al oído mientras el jefe habla de objetivos. Asiento, mordiéndome el labio. ‘Quedémonos después’, dice él, y yo… uf, el corazón me late a mil.
La sala de reuniones se vacía. Todos se van a comer, menos nosotros. Cerramos la puerta, pero no echamos el pestillo del todo, por la emoción del riesgo. ‘Ven aquí’, me dice, y me agarra por la cintura. Sus labios en mi cuello, mordisqueando, mientras sus manos me suben la falda. ‘Joder, sin culots, puta traviesa’, gruñe. Yo gimo bajito, ‘Shh, que nos pillan’. Pero mis manos ya están en su pantalón, desabrochando el cinturón. Su polla sale dura como una piedra, gorda, venosa. La agarro, la aprieto, y él jadea. Me besa con lengua, salvaje, mientras me frota el clítoris. Estoy empapada, el coño chorreando. ‘Siéntate en la mesa’, ordena. Me subo, abro las piernas, y él se arrodilla. Su lengua en mi coño, lamiendo lento, chupando el clítoris. ‘Mmm, qué rica estás, salada y caliente’. Yo me agarro a su pelo, arqueo la espalda. ‘Más, joder, no pares’. Lamía como un loco, metiendo dos dedos, follando mi coño con ellos. Gemía yo, él gruñía, el sonido de succiones llenando la habitación. Casi me corro ahí, pero lo paro. ‘Ahora tú’. Le empujo hacia la silla, me arrodillo entre sus piernas. Su polla en mi boca, la chupo profunda, hasta la garganta. Baboseo toda, la lamo desde los huevos hasta la punta. ‘Hostia, qué boca, me vas a hacer correr’. Él me agarra la cabeza, folla mi boca suave.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
No aguanto más. Me levanto, me giro, me apoyo en la mesa con el culo en pompa. ‘Fóllame ya, métemela’. Él se pone detrás, frota la punta en mi coño resbaladizo. ‘¿Quieres mi polla gorda?’. ‘Sí, dámela toda’. Empuja de un golpe, hasta el fondo. ¡Joder! Llena mi coño, dura, palpitando. Empieza a bombear, fuerte, rápido. Plaf, plaf, contra mi culo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. ‘Tu coño aprieta como una virgen, cabrona’. Yo empujo hacia atrás, ‘Más duro, rómpeme’. Sudamos, el olor a sexo impregna todo. Cambio: me tumba en la mesa, piernas en sus hombros. Me penetra profundo, golpeando el cervix. ‘Me corro, joder’, grito bajito. Él acelera, ‘Aguanta, que yo también’. Sus embestidas brutales, mi coño convulsionando. Se corre dentro, chorros calientes llenándome. Yo exploto, el orgasmo me sacude, piernas temblando.
Uf, jadeando, sudorosos. Nos miramos, sonriendo como idiotas. ‘Eso ha sido… brutal’, dice él, besándome. Nos limpiamos rápido con kleenex, me bajo la falda, él se abrocha el pantalón. ‘Venga, a comer, que no sospechen’. Salimos por separado, yo primero, con el coño goteando su leche. Vuelvo al escritorio, abro el Excel como si nada, pero con la sonrisa tonta y el cuerpo aún vibrando. Ese subidón, chicas, de follar en el curro con riesgo de que entren… no hay nada igual. ¿Repetimos? Claro que sí.