Mi polvo salvaje contra la pared del despacho con el becario

Ay, chicas, no os lo vais a creer. Ayer en la oficina, con el calor que hace, estaba yo revisando unos expedientes con Pablo, el nuevo becario. Ese chaval de veintipocos, alto, con esa sonrisa pícara… Desde que entró, nos lanzamos miraditas. Entre los papeles, rozábamos las manos. ‘Perdón’, decía él, pero sus ojos decían ‘quiero más’. Yo, con mi falda lápiz ajustada, sentía su mirada clavada en mis tetas, en mis piernas cruzadas. El corazón me latía fuerte, ¿y si alguien entra?

El jefe nos mandó al archivo del fondo, ese cuartito polvoriento que nadie pisa. Cerré la puerta, clic, y el aire se cargó. ‘Pablo, ayúdame con esta caja alta’, le dije, estirándome para que viera mi culo marcado. Se acercó por detrás, su aliento en mi cuello. ‘Joder, Ana, estás buenísima’, murmuró. Me giré, lo miré fijo. Nuestras bocas chocaron, lenguas revueltas, salivas mezcladas. Sus manos bajaron a mi falda, la subieron. ‘Quieta, que nos pillan’, susurré, pero ya le metía la mano en el pantalón. Su polla… dura como piedra, gorda, palpitando.

La mirada que enciende todo

Lo empujé contra la pared, pero él me dio la vuelta. ‘Te voy a follar aquí mismo’, gruñó. Zas, me levantó la falda, apartó mi tanga empapada. Mi coño chorreaba, lo notaba resbaladizo. ‘Métemela ya’, jadeé. Embistió brutal, de un golpe. ¡Ay! Me cortó el aliento, su polla me llenó entera, hasta el fondo del vientre. Me clavó contra el muro, fría la pared en mi espalda, su pecho caliente pegado. ‘Joder, qué apretada estás’, gemía él, moviendo las caderas lento al principio.

Empecé a ondular, pero él tomó el ritmo. Sacaba y metía, profundo, su glande rozando mis paredes, mi clítoris aplastado contra su pubis. ‘Más fuerte, cabrón’, le pedí, arañándole la espalda. Sudor por todos lados, olor a sexo puro, a coño mojado y polla sudada. Sus manos me amasaban las tetas, pellizcando pezones duros. Yo mordía su hombro para no gritar. ‘Me corro, Ana…’, pero no paró. Aceleró, pumm pumm, como un pistón. Mi coño se contrajo, olas de placer me subían, me temblaban las piernas. Orgasmos en ráfaga, chorreando jugos por sus huevos.

El clímax y la vuelta a la realidad

Le pasé una pierna por la cadera, abriéndome más. ‘Relléname, córrete dentro’. Él rugió, me clavó hasta el fondo. Sentí su leche caliente explotar, chorros potentes inundando mi útero. ‘¡Sí, joder!’, grité bajito. Seguía moviéndose, exprimiendo hasta la última gota. Nuestros jadeos llenaban el cuartito, corazones desbocados. Pero… oí pasos fuera. ‘Mierda, el jefe’. Bajé la pierna, su polla salió con un pop, semen chorreando por mi muslo.

Rápido, nos arreglamos. Me bajé la falda, él el pantalón. Me limpié con un kleenex el coño babeante, oliendo a corrida fresca. ‘Ni una palabra’, le dije, besándolo rápido. Abrí la puerta como si nada, salimos con carpetas en mano. ‘Ya está todo’, dije al jefe con sonrisa profesional. Pablo me guiñó ojo, volviendo a su mesa. Yo a la mía, piernas flojas, coño palpitando aún. Todo el día sintiendo su semen dentro, humedad en la silla. Adrenalina pura, chicas. ¿Repetimos? Shh, no digáis nada.

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