Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el viernes pasado en la oficina. Llevo esta falda cortita de cuero negro que me marca el culo perfecto, eh… sabía que iba a llamar la atención. Entré al curro con las bragas de encaje rojo ya un poco húmedas, pensando en el nuevo, Pablo. Ese tío alto, rubio, con ojos verdes que te desnudan. Trabajamos en contabilidad, rodeados de pilas de dossiers amarillentos y el olor a papel viejo.
Estábamos solos en la sala de reuniones revisando facturas. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, ¿sabéis? Yo sentía su mirada bajando por mis piernas cada dos por tres. ‘Mira esta discrepancia aquí’, le dije, inclinándome para que viera mi escote. Él tragó saliva, eh… ‘Sí, Ana, pero tu falda… joder, es una distracción’. Sonreí, crucé las piernas despacio, dejando que la falda subiera un poco. El aire acondicionado me ponía los pezones duros, visibles bajo la blusa blanca. Sus manos temblaban al pasar las hojas, y yo notaba su paquete hinchándose contra los pantalones.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
De repente, el jefe gritó desde el pasillo que íbamos a cerrar temprano. El corazón me latía fuerte. ‘Ven, ayúdame con los archivos del fondo’, le susurré, levantándome. Fuimos al cuarto de los archivos, esa habitación estrecha, polvorienta, con estanterías hasta el techo. Cerré la puerta con pestillo, el clic resonó como un disparo. Nos miramos, jadeando ya. ‘Pablo, no aguanto más tus ojos en mi culo todo el día’, murmuré, empujándolo contra la pared. Sus manos volaron a mis tetas, apretando fuerte. ‘Eres una puta viciosa, Ana, desde que te vi esta mañana quiero follarte aquí mismo’.
Le bajé la cremallera de un tirón, saqué esa polla gorda, venosa, ya tiesa como una barra. Olía a macho sudado, me volví loca. Me arrodillé en el suelo sucio, entre cajas, y me la metí en la boca hasta la garganta. ‘Joder, qué garganta de zorra tienes’, gimió él, agarrándome el pelo. Chupé su glande hinchado, lamiendo las gotas de precum salado, mientras mis dedos le masajeaban las huevos pesadas. Él me follaba la boca, empujando, eh… casi me ahogo pero me encantaba el riesgo, oír voces fuera.
El polvo brutal y sin filtros en el cuarto de archivos
Me puse de pie, me subí la falda, enseñándole mi coño depilado, chorreando. ‘Fóllame ya, cabrón, métemela hasta el fondo’. Me giró, me apoyó en la estantería, escupió en mi raja y empujó su verga gruesa de golpe. ‘¡Aaaah!’, grité bajito, sintiendo cómo me abría en canal, rozando mi punto G. Me taladraba como un animal, plaf plaf plaf, sus pelotas golpeando mi clítoris. ‘Tu coño está ardiendo, puta de oficina, te lo mereces por provocarme’. Le clavé las uñas en los muslos, moviendo el culo para que entrara más hondo. Sudábamos, el olor a sexo llenaba el cuarto, papeles cayendo al suelo.
Me dio la vuelta, me levantó una pierna sobre una caja, y volvió a clavármela, mirándome a los ojos. ‘Quiero correrme dentro, Ana’. ‘Sí, lléname de leche, joder’. Aceleró, gruñendo, y sentí su polla palpitar, echando chorros calientes en mi útero. Yo exploté, el orgasmo me dejó temblando, coño contrayéndose alrededor de su pija. Jadeábamos, pegados, su semen goteando por mis muslos.
De pronto, pasos fuera. ‘¡Mierda!’, susurró él. Nos separamos rápido, me bajé la falda, él se subió los pantalones. Nos miramos riendo nerviosos, limpiándonos con kleenex de la mesa. ‘Como si nada’, dije. Salimos, cara de póker, y volvimos a nuestros puestos. Él me guiñó un ojo pasando facturas. Nadie sospechó. Pero toda la tarde notaba su corrida dentro, recordando cada embestida. Dios, qué subidón… Quiero repetir pronto.