Ay, chica, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Trabajo en una oficina de marketing en Madrid, rodeada de mesas, ordenadores y ese jodido aire acondicionado que siempre me pone los pezones duros. Pablo, el de ventas, ese tío con ojos de lobo y sonrisa pícara, lleva semanas mirándome el culo cuando me agacho por los dossiers. Hoy era viernes, fin de mes, todos hasta arriba de papeleo. Yo en mi cubículo, él en el suyo, a tres metros. Nuestras miradas se cruzan… ehm, no sé, como si el aire se cargara de electricidad. ‘Sofía, ¿me pasas el informe azul?’, dice él, voz grave, y yo me levanto despacio, sintiendo su mirada clavada en mis tetas bajo la blusa blanca. Le acerco el dossier, rozamos dedos… uf, chispa. ‘Gracias, preciosa’, murmura, y yo siento un calorcito entre las piernas.
La oficina se va vaciando. Son las ocho, quedamos solos. ‘Pablo, ¿cerramos la sala de reuniones? Hay que archivar esto’, le digo, nerviosa, mordiéndome el labio. Él asiente, sonrisa lobuna. Entramos, cierro la puerta… clic. El espacio se hace íntimo de golpe. Archivadores altos, mesa larga, persianas a medio bajar. Luz tenue del atardecer filtrándose. Se acerca, huele a colonia y hombre. ‘Sofía, no aguanto más estas miradas tuyas’, susurra, mano en mi cintura. Yo… dudo un segundo, pero el corazón me late a mil. ‘Shh, nos pueden pillar’, digo, pero ya le estoy besando el cuello, sintiendo su polla dura contra mi tripa. Manos por todas partes. Me sube la falda, roza mi tanga húmeda. ‘Estás empapada, puta’, ríe bajito. Yo le bajo la cremallera, saco esa verga gruesa, venosa, palpitante. Dios, mide fácil 20 cm, cabeza morada hinchada.
La tensión entre papeles y miradas que no paraban
No hay tiempo para juegos. Lo empujo contra la mesa, me arrodillo. ‘Quiero chupártela toda’, gimo. Abro la boca, la engullo hasta la garganta. Sabe a sudor y pre-semen, salado. Él gime, ‘joder, Sofía, qué boca de zorra’. Le mama los huevos, peludos, lametazo en el culo. Él me agarra el pelo, me folla la boca fuerte, babas por la barbilla. Me levanto, me quito la blusa, tetas al aire, pezones duros como piedras. Me da la vuelta, falda arriba, tanga a un lado. Dedos en mi coño rasurado, chorreando. ‘Mira cómo te gotea, ninfómana’. Me mete dos dedos, luego tres, me corro un poco, ‘¡ahh, sí!’. Polla en la entrada, empuja… uf, me parte en dos. Grande, dura, me llena el chocho hasta el fondo. Follamos contra la mesa, papeles volando. Él me aprieta las tetas, pellizca pezones. Yo arqueo la espalda, ‘más fuerte, cabrón, rómpeme’. Ritmo brutal, plaf plaf, piel contra piel. Cambio: yo encima, cabalgo esa polla, coño tragándosela entera, clítoris frotando. Sudor por todos lados, olor a sexo crudo. Él me come el culo con lengua mientras follo, ‘qué ano tan rico’. Me corro gritando bajito, ‘¡me vengo, joder!’, jugos por sus huevos. Él acelera, ‘me corro dentro’, y siento el chorro caliente, semen llenándome, goteando piernas abajo.
Uf… jadeamos, pegados, polla aún dentro, palpitando. Minutos así, besos suaves ahora. ‘Ha sido… increíble’, dice él, besándome oreja. Yo sonrío, ‘pero shh, volvamos al curro’. Nos limpiamos rápido: kleenex para el semen, falda abajo, blusa abotonada. Archivamos lo que queda, puertas abiertas. Salimos, él a su mesa, yo a la mía. ‘Buen fin de semana, Sofía’, guiña ojo. Yo asiento, ‘el tuyo también’. Como si nada. Pero dentro… adrenalina pura, coño palpitando aún. Mañana, miradas otra vez. ¿Repetimos?