Trabajo en una oficina abierta, de esas con mesas pegadas y el aire cargado de café y impresoras. Tengo 28 años, española de pura cepa, con curvas que no escondo bajo blusas ajustadas. Me encanta el morbo del curro, esa adrenalina de hacer lo prohibido. Carlos es el típico gorila: dos metros, cien kilos de puro músculo, mi compañero de al lado. Pelo corto, tatuajes asomando por la camisa, y una mirada que quema.
Al principio eran roces casuales. Pasaba a su lado, mi culo rozando su silla, y él gruñía bajito. ‘Ey, nena, ¿vienes a provocarme?’, me soltaba con esa voz ronca. Yo reía, pero sentía el calor subiendo. Hoy… uf, hoy fue el día. Estábamos revisando expedientes para la junta de las 15:00. Nuestros escritorios juntos, piernas rozándose bajo la mesa. Sus ojos bajaban a mis tetas, que asomaban por el escote. ‘Joder, María, esa blusa te queda criminal’, murmuró, mientras sus dedos rozaban mi rodilla.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
El corazón me latía fuerte. Miré alrededor: todos tecleando, el jefe en su despacho. ‘Shh, compórtate’, le dije, pero apreté su muslo con el pie. Él sonrió lobuno. ‘Ven a la sala de reuniones, hay un expediente que falta’. Sabía que mentía. Me levanté, coño ya húmedo, y lo seguí. Cerró la puerta, bajó la persiana a medias. El espacio era chiquito: mesa larga, sillas, olor a papel y su colonia fuerte. ‘¿Qué coño haces?’, pregunté fingiendo, pero ya me había arrimado.
Sus manos enormes me agarraron la cintura. ‘Te como desde la mañana, puta’. Me besó salvaje, lengua invadiendo, mordiendo mi labio. Gemí bajito, el miedo a que entrara alguien me ponía a mil. Manos por todas partes: desabrochó mi blusa, liberó mis tetas. ‘Mira qué pezoncitos duros’, dijo chupándolos fuerte, tirando con los dientes. Yo arqueé la espalda, ‘Para… nos pillan…’, pero mis manos ya en su pantalón, sacando esa polla monstruosa. Gruesa, venosa, palpitando. ‘Joder, Carlos, es enorme’.
Me dio la vuelta contra la mesa, subí la falda. ‘En cuatro, como la perra que eres’. Obedecí, culo al aire, tanga aparte. Sentí su aliento caliente en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Lamida rápida, dedos abriendo mis labios. Gemí alto, mordiéndome el puño. Luego, su polla contra mi entrada. Empujó de golpe, partiéndome en dos. ‘¡Ahhh, coño! ¡Despacio!’, grité, pero él ya bombeaba como un animal. Plaf, plaf, contra mi culo, tetas rebotando en la mesa fría. ‘¡Fóllame fuerte! ¡Sí, así!’, jadeaba yo, perdida.
El polvo brutal y el clímax sin frenos
‘¿Te gusta mi polla gorda, eh?’, gruñía él, manos clavadas en mis caderas. Sudor goteando, olor a sexo llenando la sala. Me follaba vaginal primero, profundo, rozando mi punto G hasta que temblaba. ‘Me corro… ¡joder!’, exploté, coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos. No paró. Sacó la polla reluciente y apuntó a mi culo. ‘No, espera… eres demasiado grande…’, supliqué, pero él escupió y presionó. El anillo cedió, dolió como la hostia. ‘¡Aaaah! ¡Me rompes!’, chillé, pero el dolor viró a placer sucio.
Empezó a moverse, lento al principio, luego a martillear. ‘Tu culito apretado es mío, puta’. Yo me cambraba, empujando contra él. ‘¡Sí! ¡Enculame! ¡Más fondo!’, gritaba bajito, orgasmo subiendo otra vez. Sus embestidas brutales, huevos golpeando mi coño, me volvían loca. ‘¡Me vengo en tu culo!’, rugió como bestia, y sentí el chorro caliente llenándome las tripas. Yo exploté con él, espasmos, uñas en la mesa, visión borrosa.
Jadeando, se retiró. Semen chorreando por mis muslos. Me limpié rápido con kleenex, falda abajo, blusa abotonada. Él se subió el pantalón, polla aún semi. ‘Joder, María, eres la mejor follada del curro’. Reí nerviosa, ‘Cállate y actúa normal’. Abrí la persiana, salimos. Regresamos a nuestros sitios como si nada. Él me guiñó ojo, yo crucé piernas sintiendo el culo ardiendo. La junta empezó, todos ajenos. Adrenalina pura, ya quiero más.