Mi polvo prohibido en la oficina: la adrenalina de follar con riesgo

Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y luces fluorescentes que zumban todo el día. Soy Laura, 28 años, española de pura cepa, con curvas que no escondo y ganas de bravar lo prohibido. Javier, mi compañero del departamento contable, es alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me pone. Llevamos semanas coincidiendo en el bus 462, siempre tarde, charlando de tonterías. Pero en la oficina… uf, ahí la cosa cambia.

Una noche de viernes, nos quedamos hasta las nueve revisando un informe de Excel. La sala de reuniones está vacía, solo el ronroneo de los ordenadores y el olor a café rancio. Me siento a su lado, nuestras rodillas se rozan bajo la mesa. ‘¿Ves esta fórmula?’, dice él, inclinándose. Su aliento cálido en mi cuello. Yo… no sé, asiento, pero mi mano derecha cubre la suya en el ratón. ‘Déjame guiarte’, murmuro, y aprieto un poco. Él no se aparta. Al revés, su muslo presiona el mío.

La tensión sube entre papeles y miradas calientes

Pasan minutos. Horas, parece. Nuestros dedos se enredan. Levanto la vista, sus ojos oscuros me clavan. ‘Javier… esto…’, digo bajito, mordiéndome el labio. Él sonríe, malicioso. ‘Shh, nadie nos ve’. Su mano sube por mi falda, despacio, rozando el interior del muslo. Siento el calor subir, mi tanga ya húmeda. El corazón me late fuerte, ¿y si entra el jefe? Esa adrenalina… me flipa. Me giro, nuestras caras a centímetros. Huele a colonia y sudor leve. Nuestras bocas se rozan, hesitant. Luego, beso. Profundo, lenguas enredadas, saboreando saliva caliente.

Ya no hay vuelta atrás. Me sube a la mesa, entre expedientes que caen al suelo. Arranco su camisa, botones volando. Sus manos en mis tetas, apretando sobre el sujetador. ‘Quítatelo’, gruñe. Lo hago, pezones duros al aire. Él chupa uno, mordisquea, yo gimo bajito, ‘¡Joder, sí!’. Bajo la cremallera de su pantalón, saco su polla tiesa, gruesa, venosa. La agarro, masturbo lento, siente el calor de mi palma. ‘Me la vas a meter toda’, le digo, voz ronca.

El polvo brutal: polla dura y coño empapado en la sala vacía

Se arrodilla, aparta mi tanga. ‘Estás chorreando’, dice, lamiendo mi coño. Lengua en el clítoris, chupando fuerte, dedos dentro, curvados tocando ese punto. Arcúo la espalda, ‘¡Ah, coño, no pares!’. El placer sube como una ola, mis jugos en su boca. Me corro rápido, temblando, mordiendo mi puño para no gritar. Él se levanta, polla palpitando. Me gira, culazo al aire. Escupe en su mano, lubrica. ‘Te voy a follar como una puta’, susurra. Empuja, entra de golpe. Llenándome, estirándome. ‘¡Qué prieta estás!’, jadea.

Empieza a bombear, fuerte, profundo. Pla pla pla, piel contra piel. Agarro el borde de la mesa, tetas rebotando. ‘Más duro, joder, rómpeme el coño’. Él obedece, una mano en mi pelo tirando, otra en mi clítoris frotando. Siento su polla hincharse, mis paredes apretándola. ‘Me corro, Laura…’. ‘Dentro, lléname’. Él ruge bajito, chorros calientes inundándome. Yo exploto otra vez, piernas flojas, coño contrayéndose ordeñándolo.

Nos quedamos jadeando, pegados, sudorosos. Su semen gotea por mis muslos. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice riendo. Nos separamos, limpiamos rápido con kleenex. Me bajo la falda, él se sube los pantalones. ‘Venga, acabemos el informe’, digo, fingiendo normalidad. Volvemos al Excel, manos temblando aún. Nadie nota nada. Salimos juntos al bus, miradas cómplices. Mañana, en la oficina, todo igual. Pero yo… ya ansío la próxima vez. Esa adrenalina, no hay nada igual.

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