Follada prohibida en la oficina: mi polvo con el investigador zoreil

Ay, chicas, trabajo en una oficina de investigación en Saint-Denis, La Réunion. Soy española, pero aquí me adapto rápido. Muy abierta, me flipa el morbo del curro, el riesgo de que nos pillen. Ese día, llegó él, un zoreil calvo, de unos cincuenta, con ojos que taladraban. Vino por lo de Juan de Lisboa, esa isla fantasma. Yo, Dorotea, pero todos me dicen Doro, le enseñé los dossiers viejos, mapas amarillentos de los portugueses.

Estábamos solos en mi despacho pequeño, con la puerta entreabierta. El aire acondicionado zumbaba, pero sudábamos. ‘Mira esta carta de 1520’, le dije, inclinándome sobre la mesa. Él se acercó, su aliento en mi cuello. Olía a cerveza Dodo y mar. Nuestros brazos se rozaron, y pum, chispa. ‘Es increíble’, murmuró, su mano rozando la mía al pasar una hoja. Levanté la vista, sus ojos en mis tetas bajo la blusa fina. Sonreí, mordiéndome el labio. ‘¿Crees que existe de verdad?’, pregunté, voz baja, juguetona.

La tensión sube entre documentos y miradas

El espacio se cerró. Cerré la puerta con pestillo, clic. ‘Ahora sí, privado’, dije. Él tragó saliva, ‘Doro, no deberíamos…’. Pero su polla ya asomaba en los pantalones. Me acerqué, mis caderas contra las suyas. ‘Shh, solo miramos más de cerca’. Le besé el cuello, salado. Sus manos en mi culo, apretando la falda. ‘Joder, qué buena estás’, gruñó. Yo reí bajito, ‘Y tú, cabrón, me pones cachonda con tus historias’. Nos besamos, lenguas salvajes, mordiendo labios. Desabroché su camisa, pelo en el pecho, sudor.

Lo empujé contra la mesa, dossiers volando. Bajé su cremallera, saqué esa polla dura, gorda, venosa. ‘Mmm, mira qué verga’, lamí la punta, precum salado. Él gimió, ‘Para, nos oyen’. Pero yo chupé más, garganta profunda, babas cayendo. ‘Cállate y fóllame’, ordené. Me levantó la falda, arrancó mi tanga. Dedos en mi coño mojado, ‘Estás empapada, puta’. Entró dos, follándome la mano. Yo gemí, ‘Sí, así, cabrón’.

El polvo brutal y la vuelta al curro

Me dio la vuelta, contra la pared. Polla en mi entrada, resbaladiza. Empujó fuerte, ‘¡Ahhh!’, grité bajito. Me la metió toda, hasta los huevos, reventándome el coño. Bombeaba duro, plaf plaf, mesa temblando. ‘Joder, qué prieta’, jadeaba. Yo arqueé la espalda, ‘Más fuerte, métesela hasta el fondo’. Sudor goteando, olor a sexo puro. Me pellizcaba los pezones, duros como piedras. Cambiamos, yo encima en la silla, cabalgando su polla, tetas botando. ‘Me vengo, coño’, chillé, contracciones apretándole la verga. Él rugió, ‘Toma mi leche’, corriéndose dentro, caliente, llenándome.

Jadeando, nos separamos. Semen chorreando por mis muslos. Rápido, limpié con kleenex, me puse la tanga rota. Él se subió los pantalones, rojo. ‘Vaya…’, murmuró. Yo sonreí, arreglando el pelo, ‘Ni una palabra, volvemos al trabajo’. Abrí la puerta, aire fresco. Cogí un dossier, ‘Mira este de Sornin, ¿dónde íbamos?’. Él carraspeó, sentándose, ‘Sí, eh, la latitud’. Como si nada, pero mi coño palpitaba aún. Adrenalina máxima, casi nos pillan con la secretaria pasando. Flipante.

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