Trabajo en una oficina de material para restaurantes, soy Ana, 35 tacos, morena con melena larga, gafas y una cruz colgando del cuello. Cuerpo normalito, pero mis faldas largas y blusas cerradas no lo enseñan mucho. Casada, un crío, vida tranqui. Mi jefa, Lola, 45 años, tetas grandes y culo prieto, siempre con vestidos escotados y sin braga cuando aprieta el calor. Todos saben que se tira al jefe. Yo no juzgo, soy de las que pasa.
En la pausa del mediodía, con Lola y la otra compi, Sara, la grandota, sale el tema: ¿sujetador sí o no? Lola dice que le flipa notar las tetas rebotando libres, y que a veces ni tanga lleva. Sara confiesa que su maromo se pone burro viéndola así. Yo callo, pero por la noche me miro al espejo desnuda. Mis tetas en pera, 95B, pezones anchos y morenos. Decido: mañana sin nada debajo.
La tensión sube entre carpetas y miradas calientes
Al día siguiente, mis pezones marcan bajo la blusa fina. Se nota todo. Pablo, el adjunto del jefe, 30 y pico, casado y buenorro, no para de mirarme. Está guapo, con ese traje ajustado, culo firme. Me pilla rellenando carpetas y se acerca: ‘Ana, ¿qué te pasa hoy? Estás… diferente’. Sonrío, nerviosa, eh… calor, digo. Él se ríe, ojos clavados en mis tetas. ‘Se te ven… libres’. El corazón me late fuerte. Todo el día así, entre expedientes, sus manos rozan las mías al pasarme papeles. Miradas que queman. Siento humedad entre las piernas.
Fin de jornada, todos se van. Me pide: ‘Ana, quédate un rato, revisamos el contrato del restaurante grande’. Cierro la puerta de su despacho. Espacio privado, luces tenues. Se acerca, olor a su colonia fuerte. ‘Sin sujetador te pones… irresistible’. Duda, yo tiemblo. ‘Pablo, tu mujer…’. ‘Shh, solo mira’. Me besa el cuello, manos suben por mi falda. Jadeo, eh… sí. Adrenalina máxima, ¿y si alguien vuelve?
Me arranca la blusa, tetas al aire. Chupa un pezón duro, muerde suave. ‘Joder, qué tetazas’. Yo gimo, manos en su polla tiesa bajo el pantalón. La saco, gruesa, venosa, cabezona. ‘Mámala, qué pedazo de verga’. Me arrodillo, la meto en boca, saliva chorreando, chupó hasta las huevos. Él gruñe: ‘Sí, cabrona, trágatela’. Me folla la garganta, bolas en mi barbilla.
El polvo crudo e intenso sin filtro
Me pone sobre el escritorio, papeles vuelan. Falda arriba, tanga a un lado. ‘Mira tu coño, chorreando’. Me lame el clítoris, lengua experta, dos dedos dentro. Grito bajito, ‘¡Oh, joder, no pares!’. Luego su polla contra mi entrada, empuja de golpe. ‘¡Aaaah! Qué gruesa’. Me taladra, culazos profundos, mesa cruje. Cambio: yo encima, cabalgo como loca, tetas botando, cruz balanceándose. ‘¡Fóllame más fuerte, hasta el fondo!’. Él me agarra el culo, dedo en mi ano. ‘¿Quieres por el culo?’. ‘Sí, métemela, rómpeme el ojete’.
Me gira, perrito sobre la mesa. Escupe en mi culo, polla cabezona presiona. Duele rico, entra centímetro a centímetro. ‘¡Joder, qué apretado tu culito virgen!’. Empieza a bombear, piel contra piel, chapoteo. Yo empujo atrás, ‘¡Más, rómpeme, cabrón!’. Me corro gritando, coño vacío pero culo en llamas. Él acelera, ‘Me vengo…’. Saca y chorrea en mis nalgas, leche caliente resbalando.
Jadeamos, sudor pegajoso. Se limpia rápido, yo me visto temblando. ‘Vuelve a tu sitio, como si nada’. Sonrío, beso rápido. Salgo, recojo bolso. Mañana, miradas cómplices entre carpetas. Nadie nota. Pero yo… cambié. Quiero más.