Polvo prohibido en la oficina: Mi follada salvaje con el compañero

Oye, no sé por dónde empezar… Soy Sofia, 32 años, trabajo de administrativa en una oficina cutre de Madrid. Ayer fue uno de esos días que no olvido. Estábamos Carlos y yo solos, trabajando hasta tarde en un proyecto. Él es el nuevo del equipo, alto, con esa barba de tres días que me pone… Bueno, el caso es que pasábamos expedientes por la mesa grande de la sala común. Nuestras manos se rozaban cada dos por tres. ‘Perdón’, decía él, pero sus ojos… uf, me comían entera. Yo notaba el calor subiendo, el corazón latiendo fuerte. ‘¿Todo bien?’, me preguntó con esa voz grave. Asentí, pero mi coño ya empezaba a humedecerse solo con su mirada.

Seguimos así un rato, ordenando papeles, pero la tensión era brutal. Cada vez que se inclinaba, veía el bulto en sus pantalones. Él pilló que lo miraba y sonrió de lado. ‘¿Quieres ayuda con estos?’, dijo señalando una pila alta. Nos acercamos mucho, su aliento en mi cuello. ‘Mejor vamos a la sala de archivos, hay más espacio’, propuse, con la voz temblorosa. Él dudó un segundo… ‘Vale’. Cerramos la puerta, el clic del pestillo sonó como una promesa. Ya éramos privados, solos con el olor a papel viejo y el zumbido del aire acondicionado. Me apoyé en una estantería, él se acercó despacio. ‘Sofia, desde que entraste hoy no paro de mirarte el culo’, murmuró. Sus manos en mi cintura, yo jadeando ya. Le besé fuerte, mordiéndole el labio. ‘Cállate y fóllame’, le susurré.

La tensión sube entre expedientes y miradas

De repente, todo explotó. Me bajó la falda de un tirón, las bragas al suelo. ‘Joder, qué coño tan rico’, gruñó mientras me metía dos dedos de golpe. Estaba empapada, chorreando. Gemí alto, tapándome la boca por si alguien oía. Él se sacó la polla, dura como una piedra, venosa, gorda. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé en el suelo sucio, el polvo pegándome en las rodillas. La metí en la boca, profunda, hasta la garganta. Él me agarró el pelo, follando mi cara. ‘Así, puta, trágatela toda’. Saliva por todos lados, mis tetas rebotando fuera del sujetador. Me levantó, me dio la vuelta contra la estantería. ‘Abre las piernas’, dijo. Sentí la punta de su polla en mi entrada, resbaladiza. Entró de una embestida, rompiéndome en dos. ‘¡Hostia, qué apretada!’, jadeó. Me follaba salvaje, palmadas en el culo que resonaban. Cada golpe me clavaba más, su pubis chocando contra mis nalgas. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme el coño’, le supliqué. Me metió un dedo en el culo mientras me taladraba, girándolo. Orgasme brutal, me corrí gritando bajito, las piernas temblando, chorros por sus huevos.

El polvo brutal sin filtro

No paró. Me sacó, me puso de rodillas otra vez. ‘Trágatela, limpia tu jugo’. La chupé con ganas, saboreando mi propia leche. Luego me levantó, me abrió en V contra la pared. ‘Ahora al culo’, dijo. Escupió en mi ojete, empujó despacio al principio. Duele rico, estirándome. ‘Joder, qué ano tan virgen’, mintió el muy cerdo. Embestidas profundas, su polla abriéndome el trasero. Me pellizcaba el clítoris, frotándolo furioso. Otro orgasmo me partió, contrayéndome alrededor de él. Él gruñó, ‘Me corro, puta’. Me llenó el culo de leche caliente, chorros interminables. Se quedó dentro un rato, jadeando, sudor pegándonos.

Uf… Al final, nos separamos. ‘Vístete rápido’, dije riendo nerviosa, limpiándome con un pañuelo de la estantería. Él se subió los pantalones, la polla aún medio dura. Nos miramos, sonriendo como idiotas. ‘Como si nada’, susurró. Salimos, volvimos a las mesas. ‘¿Seguimos con los informes?’, pregunté normalita. Él asintió, pero su mirada prometía más. Nadie notó nada, solo el olor a sexo flotando un poco. Adrenalina pura, el miedo a que nos pillaran me pone tanto… ¿Repetimos mañana?

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