Estaba en la oficina, como siempre, rodeada de papeles y el zumbido de los ordenadores. Era viernes tarde, la mayoría ya se había largado. Yo, Ana, secretaria jefa, con mi falda ajustada y blusa que deja poco a la imaginación. Pablo, mi compañero del departamento contable, estaba frente a mí revisando expedientes. Sus ojos… uf, me taladraban. ‘¿Todo bien con estos números?’, me dijo, pero su mirada bajaba a mis tetas. Sonreí, mordiéndome el labio. ‘Sí, pero estos dossiers son un coñazo, ¿no?’. Él se acercó, su rodilla rozó la mía bajo la mesa. El aire se cargó. Sentí el calor subiendo por mis muslos. Nadie alrededor, solo el tic-tac del reloj y el olor a café rancio mezclado con su colonia fuerte, masculina.
Nos miramos fijo, sin parpadear. ‘Ana, joder, estás buenísima hoy’, murmuró bajito, su mano rozando mi muslo. Dudé un segundo, el corazón latiéndome fuerte. ¿Y si entra alguien? Esa adrenalina me pone cachonda perdida. ‘Cállate y ven’, le susurré, tirando de su corbata. Nos levantamos, fingiendo ir a la sala de archivos. Cerré la puerta, pero no eché el pestillo. El riesgo… mmm, me moja solo pensarlo. Él me empujó contra los estantes, sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Pablo… espera, ¿y si nos pillan?’, gemí, pero abrí las piernas. Sus manos subieron por mi falda, palpando mi tanga ya empapada. ‘Estás chorreando, puta’, gruñó. Reí nerviosa, arañándole la espalda.
La tensión sube entre los expedientes y las miradas
La sala era un caos de carpetas polvorientas, luz tenue del fluorescente parpadeante. Olía a papel viejo y a nuestra excitación. Me arrancó la blusa, mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Él se bajó los pantalones, su polla enorme, venosa, tiesa apuntándome. ‘Mírala, Ana, la vas a mamar ahora’. Me arrodillé, el suelo frío contra mis rodillas. La cogí con la mano, palpitaba caliente. Lamí la punta, salada de precum. ‘Joder, qué rica boca tienes’, jadeó. Me la metí entera, chupando fuerte, garganta profunda, babeando toda. Él me agarró el pelo, follando mi boca como un animal. Tosí, pero seguí, excitada por su rudeza.
De repente, me levantó, me dio la vuelta contra el archivador. ‘Voy a reventarte el coño’, dijo. Bajó mi tanga de un tirón, sentí el aire en mi chocho rasurado, hinchado. Escupió en su mano, untó mi raja y… ¡zas! Me la clavó de un golpe seco hasta el fondo. ‘¡Aaaah! Pablo, cabrón, me partes!’, grité bajito, mordiéndome el puño. Embestía brutal, polla gruesa abriéndome, coño chorreando jugos por mis piernas. Plaf, plaf, plaf, el sonido húmedo llenaba la sala. Me pellizcaba los pezones, tirando fuerte. ‘Tu coño es una puta gloria, aprieta más’. Yo empujaba hacia atrás, restregando el culo contra su pubis peludo. Sudor goteando, olor a sexo puro. ‘Fóllame más duro, quiero correrme’, supliqué. Él aceleró, bolas golpeándome el clítoris. Sentí el orgasmo subiendo, coño contrayéndose, ‘¡Me corro, joder, me corro!’ Grité ahogado, temblores por todo el cuerpo, chorros calientes salpicando.
El polvo brutal sin filtro
Él no paró, gruñendo como bestia. ‘Ahora te lleno el coño de leche’. Dos embestidas más y explotó, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos. Nos quedamos jadeando, pegados, su polla aún dentro palpitando. ‘Hostia, Ana, ha sido brutal’, murmuró besándome el hombro.
Minutos después, nos separamos. Limpié rápido con kleenex, me subí la falda temblando aún. Él se abrochó los pantalones, corbata torcida. ‘Vámonos antes de que vuelva el jefe’, dije riendo nerviosa. Salimos por separado, yo primero. De vuelta al escritorio, papeleo en mano, como si nada. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa pícara. Nadie notó nada. Pero yo… aún sentía su semen resbalando. El subidón duró todo el día. Mañana, ¿repetimos?