Trabajo en una oficina cutre del centro, de asistente administrativa. Llevo unos meses y, joder, desde el primer día noté los ojos de Carlos clavados en mí. Él es el jefe de proyecto, unos 35, moreno, con esa mirada que te desnuda. Alto, fuerte, siempre con camisas que marcan los músculos. Yo, María, 26 años, con mi falda ajustada y blusas que no esconden mis tetas firmes. Al principio, todo profesional: me ayuda con los dossiers, me explica los informes. Pero sus manos rozan las mías al pasarme papeles, eh… un poco más de lo necesario. ‘¿Todo bien, María?’, me dice con voz grave, y yo siento un cosquilleo en el coño.
Los días pasan, y las miradas se vuelven fuego. En las reuniones, bajo la mesa, su pie roza mi pierna. Yo no me aparto, al revés, abro un poco las rodillas. ‘Necesitas ayuda con esto’, me susurra al oído, su aliento caliente en mi cuello. Huelo su colonia, mezcla de madera y macho. Una tarde, fin de jornada, todos se van. ‘Quédate, revisamos el expediente del cliente’, me pide. El corazón me late fuerte, adrenalina pura. Entramos en la sala de archivos, esa habitación estrecha llena de estanterías metálicas, polvorienta, con una puerta que cierra con pestillo. El espacio se hace íntimo de golpe. Sus ojos negros me devoran. ‘María, no aguanto más mirándote’, murmura, acercándose. Yo trago saliva, ‘Carlos, ¿y si nos pillan?’. Pero mi cuerpo ya dice sí, pezones duros contra la blusa.
La tensión subiendo entre carpetas y miradas
Me empuja contra la pared fría, sus labios aplastan los míos. Beso salvaje, lenguas enredadas, saliva mezclada. Sus manos bajan a mi culo, aprietan fuerte bajo la falda. ‘Joder, qué culazo’, gruñe. Yo gimo bajito, ‘Shh, calla…’. Le desabrocho la camisa, toco su pecho peludo, duro. Él me arranca la blusa, libera mis tetas. ‘Mira qué pezonazos’, dice lamiendo uno, mordisqueando. Yo arqueo la espalda, el placer me recorre como electricidad. Su mano sube por mi muslo, llega a las bragas empapadas. ‘Estás chorreando, puta cachonda’, ríe. Meto la mano en su pantalón, saco su polla tiesa, gruesa, venosa. ‘Dios, qué verga gorda’, susurro, masturbándola lento. Él jadea, ‘Chúpamela, ahora’.
El polvo brutal y la vuelta al curro como si nada
Me arrodillo en el suelo sucio, cojo su polla con la boca. La chupo profunda, lengua alrededor del glande, salada de precum. Él me agarra el pelo, folla mi boca: ‘Así, trágatela entera’. Gargas, saliva por la barbilla, pero me excita el riesgo, oír voces lejanas en el pasillo. Me pone de pie, baja mis bragas. ‘Abre las piernas, quiero tu coño’. Dos dedos dentro, revuelve mi humedad, clítoris hinchado. Gimo fuerte, ‘¡Fóllame ya, Carlos!’. Me gira, culazo al aire contra la estantería. Escupe en su polla, me penetra de un golpe. ‘¡Aaaah!’, grito ahogado. Su verga me parte, llena mi coño apretado. Bombeada brutal, piel contra piel, slap-slap. ‘Qué coñazo estrecho, te voy a reventar’, gruñe. Yo empujo hacia atrás, ‘Más fuerte, joder, rómpeme’. Cambiamos: yo encima en una mesa llena de papeles, cabalgándolo. Tetas rebotando, sus manos amasándolas. Él me pellizca pezones, ‘Córrete, puta’. El orgasmo me arrasa, coño contrayéndose alrededor de su polla, chorros de jugo. Él no aguanta, ‘Me vengo…’, saca y me llena la tripa de lefa caliente, espesa.
Jadeamos, sudor pegajoso. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice él riendo bajito. Yo sonrío, piernas temblando. Nos limpiamos rápido con kleenex del cajón, olor a sexo por todas partes. Me pongo la ropa arrugada, pelo revuelto. ‘Vámonos antes de que vuelva el bedel’, susurro. Él asiente, ‘Mañana más, ¿eh?’. Salimos por separado, yo primero, cara de no haber roto plato. Vuelvo a mi mesa, abro el ordenador como si nada. Corazón aún latiendo fuerte, coño palpitando con su semen goteando. Nadie nota nada, pero yo sé que esto es adictivo. El curro nunca volverá a ser igual.