¡Uf, chicas, aún siento el calor en la piel! Trabajo en una oficina enorme, de esas con luces fluorescentes y jefes que no paran de dar la lata. Pablo, el del contabilidad, ese tío alto, moreno, con ojos que te desnudan… Llevamos semanas tonteando. Mensajes en el chat interno: ‘Marta, ¿me echas una mano con los informes después?’. Yo: ‘Vale, en el archivo, a las 7’. El corazón me late fuerte solo de pensarlo.
Durante la reunión de la tarde, nos miramos. Él está al otro lado de la mesa, entre pilas de dossiers. Su pie roza el mío por debajo, despacio, como por accidente. Siento el calor subiendo por las piernas. Nuestras miradas se cruzan, intensas, con esa promesa de lo que viene. ‘¿Estás bien?’, me susurra cuando pasamos por el pasillo. ‘Sí… nerviosa’, digo bajito, mordiéndome el labio. El aire se carga de electricidad. Todos se van yendo, el oficina se vacía. Nos quedamos solos.
La tensión entre los dossiers y las miradas
Entramos en la sala de archivos. Puerta entreabierta, estanterías llenas de carpetas polvorientas, olor a papel viejo y humedad. Cerramos un poco más, pero no con llave. El riesgo me pone a mil. ‘Ven aquí’, murmura él, acercándose. Sus manos en mi cintura, me aprieta contra los cajones. Huelo su colonia, mezclada con sudor del día. Nuestros labios se rozan, dudando un segundo… y bum, nos besamos con hambre. Lenguas enredadas, dientes chocando. ‘Joder, Marta, no aguanto más’, jadea contra mi cuello. Le meto las manos por debajo de la camisa, sintiendo sus músculos duros.
Me gira, me sube la falda. Sus dedos bajan mis bragas de un tirón, rozan mi coño ya empapado. ‘Estás chorreando’, dice con voz ronca, metiendo dos dedos dentro. Gimo fuerte, mordiéndome la mano para no gritar. El sonido de carpetas cayendo al suelo. Me da la vuelta, me baja los pantalones. Su polla sale dura como una piedra, gorda, venosa. ‘Mírala, toda para ti’, gruñe. La agarro, la chupo rápido, saboreando el precum salado. Él gime, me agarra el pelo. ‘Para, o me corro ya’.
El acto brutal y la vuelta al curro
Me pone contra la estantería, piernas abiertas. Entra de golpe, su polla partiéndome el coño en dos. ‘¡Ahhh, joder!’, grito bajito. Empieza a bombear fuerte, salvaje, sin piedad. Cada embestida me sacude, los cajones tiemblan. Siento su rabo hinchado rozando mi punto G, follándome profundo. ‘Más duro, Pablo, rómpeme’, le suplico. Sudor goteando, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Me agarra las tetas, pellizca los pezones. Cambio de posición: me sube encima de una mesa llena de papeles. Abro las piernas, él me clava otra vez, follándome como un animal. ‘Tu coño aprieta tanto… me vas a hacer correr’, jadea. Yo me froto el clítoris, sintiendo el orgasmo venir. Exploto primero, temblando, chorros mojando su polla. Él no para, acelera, y de repente se corre dentro, llenándome de leche caliente, gruñendo como loco.
Nos quedamos jadeando, pegados, sudorosos. Su semen chorreando por mis muslos. ‘Joder, ha sido brutal’, dice riendo bajito. Nos limpiamos rápido con kleenex de la mesa, nos subimos la ropa. Mirada rápida al pasillo: vacío. Salimos como si nada, él con un dossier en la mano. ‘Mañana más informes, ¿eh?’, guiña. Yo asiento, piernas flojas, coño palpitando. Volvemos a nuestros puestos, enciendo el ordenador. Nadie sospecha. Pero yo… sonrío, sabiendo que la adrenalina aún corre por mis venas. ¡Qué vicio!