Trabajo en una oficina cutre de contabilidad, papeleo eterno, jefes pesados… pero yo, joder, soy una viciosa que vive para el riesgo. Me encanta el subidón de follar donde no se debe, con el corazón en la garganta por si nos pillan. Hoy te cuento lo de Carlos, el nuevo. Tiparraco serio, de unos 40, con pinta de no haber visto un coño en años. Ojos marrones apagados, pelo seco, siempre con esa cruz al cuello. Pensé que era un muermo, pero… uf, qué equivocada estaba.
Estábamos solos en la sala de archivos, revisando expedientes polvorientos para el cierre mensual. El aire olía a papel viejo y su colonia barata. Nuestras manos se rozaban al pasar carpetas, accidental… o no. Lo pillé mirándome las tetas bajo la blusa ajustada. ‘¿Qué miras tanto?’, le solté con una sonrisa pícara. Él tartamudeó, ‘N-nada, perdón…’. Pero sus ojos decían otra cosa. Me acerqué más, nuestros cuerpos casi pegados entre los estantes. Sentí su aliento acelerado en mi cuello. ‘¿Sabes que me pone cachonda el curro?’, susurré. Se puso rojo como un tomate. La puerta estaba entreabierta, voces lejanas en el pasillo. El espacio se volvió nuestro, privado, cargado de electricidad.
La tensión sube entre papeles y miradas
Sus manos temblorosas me agarraron la cintura. ‘No deberíamos…’, murmuró, pero ya me estaba besando el cuello, torpe, desesperado. Le devolví el beso, lengua dentro, saboreando su saliva caliente. Le bajé la cremallera del pantalón, saqué esa polla gorda, venosa, ya tiesa como una piedra. ‘Joder, qué pedazo de verga tienes escondida’, gemí. Se dejó caer contra la pared, yo de rodillas en el suelo sucio. Lamí el glande salado, olía a hombre puro, sudor y deseo reprimido. La chupé despacio al principio, succionando, metiéndomela hasta la garganta. Tosió un poco, inexperto, pero gemía bajito, ‘Dios… para…’. Mentira, me agarró la cabeza y me folló la boca. Babas por todas partes, mis labios hinchados, su polla palpitando. Le escupí en los huevos, los masajeé mientras la tragaba entera. El riesgo me empapaba el coño, notaba la humedad entre mis muslos.
El polvo brutal y el regreso al curro
No paré ahí. Me puse de pie, me subí la falda, bajé las bragas empapadas. ‘Tócame, Carlos, méteme los dedos’. Dudó un segundo, pero sus dedos gruesos encontraron mi coño rasurado, resbaladizo. ‘Estás… tan mojada’, balbuceó. Introduje dos de golpe, me abrí en canal, gimiendo contra su boca. Me giró, me apoyó en el archivador, polla rozando mi culo. ‘Fóllame ya, cabrón’, le rogué. Entró de una, dura, partiéndome el coño virgen de polla esa semana. Embestidas brutales, piel contra piel, el archivador traqueteando. Sudor goteando, sus huevos golpeándome el clítoris. Me corrí primero, chillando ahogado, jugos chorreando por sus muslos. Él no paraba, me clavaba como un animal, gruñendo ‘Voy a…’. Le apreté el culo, ‘Córrete dentro, lléname’. Explosó, leche caliente inundándome, chorros potentes que sentí palpitar.
Jadeando, nos separamos. Su polla salió chorreando semen y mis jugos. Me limpié rápido con unas toallitas del bolso, él se subió los pantalones temblando. ‘Mierda, si nos pillan…’, susurró. Oímos pasos fuera. Nos recomponemos en segundos: blusa planchada, pelo en sitio, expedientes en mano. Salimos como si nada, sonrisas falsas. ‘¿Seguimos con esto mañana?’, le guiñé el ojo disimulando. Él asintió, rojo aún. Volvimos a nuestros escritorios, tecleando como borregos. Pero mi coño late aún, recordando. Mañana, más riesgo. ¿Quién sabe?