Follada prohibida en la oficina: mi polvo con el compañero del piso de al lado

Uf, acabo de volver del curro y aún me tiemblan las piernas. Trabajo en una oficina cutre en el centro de Madrid, papeleo todo el día con expedientes y mierdas aburridas. Hoy, martes, el sol entraba por la ventana y hacía calorcito. Estaba yo clasificando carpetas con F., el compañero de al lado, un tío alto, con barba de tres días y ojos que te desnudan sin tocarte.

Al principio, todo normal. Pasábamos páginas, pero sus miradas… joder, se clavaban en mi escote. Llevaba una blusa blanca ajustada, sin sujetador porque me encanta sentir los pezones rozando la tela. ‘¿Qué, María, estos números no cuadran?’, me dice con esa voz grave, rozando mi mano al pasarme el dossier. Yo sonrío, nerviosa, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Eh… sí, creo que sí. Nuestras rodillas se tocan bajo la mesa compartida. Él no aparta la pierna. El aire se carga, como electricidad. Miro alrededor: la oficina medio vacía, todos en la pausa café.

La tensión que me ponía cachonda entre los expedientes

De repente, se levanta, cierra la puerta del despacho pequeño donde estamos y echa el pestillo. ‘¿Qué haces?’, balbuceo, pero mi coño ya palpita. Se acerca, me agarra por la cintura y me besa con lengua, fuerte, como si quisiera comerme. Sus manos bajan a mi falda de tubo, la sube hasta las caderas. ‘Llevo semanas mirándote el culo, puta’, me susurra al oído. Yo gimo, rendida. El espacio es nuestro, privado por cinco minutos robados.

Me sienta en el borde de la mesa, aparta las carpetas. Sus dedos entran directos en mi braguita de algodón, ya empapada. ‘Mira cómo chorreas, zorra de oficina’. Frota mi clítoris hinchado, mete dos dedos en el coño resbaladizo. Jadeo, mordiéndome el labio para no gritar. El olor a sexo invade el cuarto: mi humedad y su sudor. Le bajo la cremallera, saco su polla tiesa, gorda, venosa. Dios, como un caballo. ‘Chúpamela’, ordena. Me arrodillo, saliva cayendo, la meto en la boca hasta la garganta. Él me agarra el pelo, folla mi cara. ‘Así, puta, trágatela toda’.

El polvo brutal sobre la mesa, sin condón ni piedad

No aguanto más. Me pone de pie, me da la vuelta contra la mesa. Baja mi braguita hasta los tobillos, escupe en mi coño y empuja su verga de un golpe. ‘¡Aaaah!’, grito bajito. Me taladra sin piedad, bolas golpeando mi culo. Cada embestida hace temblar los expedientes. Siento su polla hinchándose dentro, rozando mi punto G. ‘Fóllame más fuerte, joder’, le pido, arqueando la espalda. Él me azota el culo rojo, me pellizca los pezones duros. Mi coño se contrae, chorros de jugo bajan por mis muslos. Él gruñe: ‘Me voy a correr dentro, puta’. Yo exploto en orgasmo, piernas flojas, mordiendo mi puño. Su leche caliente me llena, chorros espesos goteando fuera.

Sudados, jadeantes. Se aparta, se sube los pantalones. ‘Límpiate rápido, en dos minutos entra el jefe’. Yo me bajo la falda, me seco con kleenex los muslos pegajosos, olor a semen impregnado. Me peino con dedos temblorosos, labios hinchados. Él abre la puerta como si nada, coge un expediente. Yo salgo, cara colorada, coño palpitando aún. Vuelvo a mi sitio, abro el portátil. ‘¿Todo bien, María?’, pregunta una compañera. ‘Sí… eh, perfecto’, digo con sonrisa falsa. Él me guiña ojo desde lejos. Adrenalina pura, corazón a mil. Mañana más, pienso, mientras firmo papeles con la mano pegajosa.

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