Ay, no sé por dónde empezar… Trabajo en esta oficina de mierda desde hace dos años, soy la asistente de dirección, pelirroja con curvas que no escondo. Siempre me ha molado el técnico de redes, ese tío alto, moreno, con manos grandes y mirada que te desnuda. Se llama Marcos. Cada vez que entra en mi despacho a arreglar el puto ordenador, noto cómo sus ojos se clavan en mis tetas, en mis piernas cruzadas. ‘¿Qué pasa hoy, Isabelle?’, me dice con esa voz grave, mientras se agacha bajo el escritorio. Yo… me muerdo el labio, cruzo las piernas más fuerte porque ya siento el coño húmedo. ‘Nada, solo que va lento, como tú mirándome’, le suelto una vez, medio en broma, y él se ríe, pero su polla marca en los pantalones. Uf, qué calentón.
Los días pasan así, roces ‘accidentales’ al pasarle papeles, su brazo rozando mi muslo cuando se sienta al lado. Hablamos de todo: de mi marido que no me folla, de sus rollos fallidos. ‘Tú necesitas que te den caña de verdad’, me dice un día en la máquina de café, y yo… tiemblo, asiento. La tensión es brutal. Hoy, viernes tarde, todos se han pirado temprano. Yo me quedo ‘trabajando’. Él entra: ‘¿Problemas otra vez?’. Cierro la puerta. ‘Ven, mira esto’. Nos acercamos al escritorio, su aliento en mi cuello. Huele a hombre, a sudor limpio. Mi mano roza su paquete, duro ya. ‘Joder, Isabelle…’, murmura. Nos miramos. El espacio es nuestro. Le empujo contra la pared, le beso con lengua, salvaje. Sus manos en mi culo, apretando fuerte.
La tensión sube entre papeles y miradas calientes
No aguanto más. Le bajo la cremallera, saco esa polla gorda, venosa, palpitante. ‘Métemela ya’, gimo. Él me arranca la blusa, mis tetas saltan, pezones duros como piedras. Me sube la falda, rasga las bragas. ‘Estás chorreando, puta’, gruñe, y mete dos dedos en mi coño empapado. Gimo alto, me corro un poco solo con eso. Le chupo la polla, salada, enorme, la trago hasta la garganta, babeo. Él me agarra el pelo: ‘Sí, así, zorra de oficina’. Me pone de rodillas en el suelo, me folla la boca brutal, bolas golpeando mi barbilla. Luego me levanta, me aplasta contra el escritorio. Siento su polla en mi entrada, resbaladiza. Empuja de golpe: ‘¡Aaaah!’, grito, me llena entera, duele y mola. Bombea fuerte, piel contra piel, chapoteo de mi coño jugoso. ‘Más, joder, rómpeme’, le pido. Me da la vuelta, me abre las nalgas, lame mi ano un segundo, luego mete la polla de nuevo, profundo. Sus dedos en mi clítoris, me corro gritando, el cuerpo temblando. Él acelera: ‘Me voy a correr dentro’, jadea. ‘Sí, lléname de leche’, suplico. Explota, caliente, chorros potentes en mi coño. Sudor, olor a sexo por todo el despacho.
Uf… jadeamos, pegados. Su polla sale, semen goteando por mis muslos. ‘Joder, qué pasada’, dice él, besándome el cuello. Me limpio rápido con kleenex, me subo las bragas, me abrocho la blusa. Él se mete la polla, cierra pantalón. ‘Mañana más’, guiña. Salimos como si nada, luces apagadas. Mañana actuaré normal, saludos, cafés… pero mi coño palpitará recordándolo. Adrenalina total, casi nos pilla el guardia. Quiero más.