Follada salvaje en la oficina: mi secreto con el nuevo

Trabajo en una oficina cutre, llena de papeles y jefes pesados. Pero yo… eh… soy de las que buscan el riesgo. Me encanta esa adrenalina de follar donde no debo, con el miedo a que nos pillen. Sobre todo en las archives, ese rincón oscuro al final del pasillo, donde nadie va. Apilo cajas de dossiers viejos, huelo a polvo y tinta seca, y me relajo fumando un piti a escondidas.

Esta vez era tarde, casi todos se habían pirado. Yo me escabullí allí, como siempre, para desconectar. Me senté en una caja, piernas abiertas, falda subidita, sintiendo el aire fresco en las bragas. De repente, oigo pasos. Era él, el nuevo, un chaval alto, flaco como un palo, con acné y mirada de perrillo perdido. Trabaja en contabilidad, siempre callado, mirando de reojo mis tetas cuando pasa.

La tensión sube entre los dossiers y las miradas

—Eh… hola. ¿Tú también aquí?

—S-sí… buscaba un dossier viejo. ¿Molesto?

—No, pasa. Siéntate, anda. ¿Fumas?

Se quedó tieso, bailoteando. Le ofrecí el cigarro, nuestras manos se rozaron. Calor. Sus ojos bajaron a mis muslos. Yo abrí un poco más las piernas, a ver qué pasaba. Silencio pesado, solo el zumbido del aire acondicionado. Empecé a hablarle de tonterías, del curro, de lo aburrido que es. Pero mis ojos le comían la bragueta, que ya se hinchaba.

—¿Vienes mucho por aquí?

—B-bueno… a veces. Es… tranquilo.

—Tranquilo para qué, eh… ¿para pajearte pensando en tías como yo?

Se puso rojo. Risas nerviosas. Me acerqué, mi rodilla tocó la suya. El espacio se cerró, entre estanterías llenas de papeles amarillentos. Olía a su colonia barata mezclada con mi perfume. Le toqué el brazo, flaco pero fuerte. Él tragó saliva. Yo me mordí el labio.

—Venga, no seas tímido. Tócame.

—¿Q-qué? Aquí… ¿y si viene alguien?

El polvo brutal e intenso sin filtros

—Esa es la gracia, tonto.

Sus manos temblorosas subieron por mis muslos. Yo gemí bajito, sintiendo su calor. Le besé el cuello, salado de sudor. La tensión explotó.

Le bajé la cremallera. Su polla saltó, dura como piedra, gorda, venosa. La agarré, masturbándola lento. Él jadeaba, manos en mis tetas, apretando pezones duros. Me quité la blusa, sujetador al suelo. Chupó mis tetas como loco, mordiendo, lamiendo. Yo arqueé la espalda contra los dossiers fríos.

—Fóllame ya, joder. Métemela.

Le puse un condón del bolso. Me subí encima, coño chorreando, resbaladizo. Me empalé en su polla, hasta el fondo. ¡Ay, Dios! Llenándome entera, rozando el útero. Reboté fuerte, tetas saltando, él agarrándome el culo. Follando salvaje, sudor goteando, el ruido de carne contra carne ecoando en las archives.

—Córrete dentro, cabrón. Hazme gritar.

Me puso a cuatro patas sobre cajas. Me entró por detrás, polla brutal, bombazos profundos. Mi coño ardía, jugos por las piernas. Le clavé las uñas, gimiendo como puta. Él gruñía, sudando, dándome azotes. Orgasmos me sacudían, uno tras otro, piernas temblando. Él explotó al fin, llenando el condón con leche caliente.

Exhaustos, jadeando. Le quité el condón, lo tiré a una papelera. Nos vestimos rápido, riendo nerviosos.

—Venga, a currar como si nada. Pero mañana… repetimos, ¿eh?

—S-sí… claro.

Salimos por separado. Yo a mi mesa, sonrisa pícara, coño palpitando aún. Nadie notó nada. El secreto queda entre dossiers y miradas.

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