Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día en la oficina. Llevo meses sin sexo de verdad, mi marido siempre de viaje por trabajo, y yo aquí, reventando de ganas. Soy Laura, 36 años, secretaria en una empresa de abogados en Madrid. Abierta total al sexo, me flipa el riesgo, esa adrenalina de que te pillen follando donde no debes. Y ayer… uf, explotó todo.
Estábamos en la sala de archivos, yo y Marcos, el nuevo abogado junior. Alto, musculoso, con esos ojos verdes que te desnudan. Revisando expedientes aburridos, pero las miradas… joder, cada vez que se agachaba a coger una carpeta, yo veía su culo prieto bajo los pantalones. Él me pilló mirando, sonrió de lado. ‘¿Qué pasa, Laura? ¿Te distraigo?’ Dijo con voz ronca, acercándose demasiado. Sentí su aliento en mi cuello, el calor de su cuerpo. Mi coño se mojó al instante, noté la braguita empapada.
La tensión sube entre carpetas y miradas
‘Pues sí, un poco…’, murmuré, mordiéndome el labio. Nuestras manos se rozaron al pasar una carpeta, electricidad pura. El aire se cargó, pesado. Nadie en la oficina a esa hora, pero el pasillo justo al lado. ‘Cierra la puerta’, le susurré, el corazón a mil. Dudó un segundo, ‘¿Estás segura? Si nos pillan…’. ‘Calla y hazlo’, le corté, ya jadeando. La puerta clicó, y el espacio se volvió nuestro. Solo nosotros, el olor a papel viejo y mi excitación flotando.
Me empujó contra la mesa, sus labios en mi boca, beso salvaje, lenguas enredadas. ‘Joder, Laura, estás ardiendo’, gruñó mientras me manoseaba los tetones por encima de la blusa. Desabroché su camisa, palpé esos pectorales duros. Bajé la cremallera, saqué su polla… dios, gruesa, venosa, ya tiesa como una barra. ‘Mira lo que me has puesto’, dijo riendo bajito. Me arrodillé, la olí, ese olor a macho. La chupé despacio al principio, lengua alrededor del glande, saboreando el precum salado. Él gemía, ‘Sí, así, cabrona’. La metí hasta la garganta, baboseando toda, él me agarraba el pelo.
El polvo intenso y la vuelta al curro
No aguanté más. Me puse de pie, me subí la falda, arranqué la braguita. ‘Fóllame ya, Marcos, no pares’. Me tumbó sobre las carpetas, piernas abiertas, coño chorreando. Entró de un empujón, ‘¡Qué apretada estás, puta!’, rugió. Su polla me llenaba, rozando cada centímetro. Embestía fuerte, la mesa crujía, papeles volando. Yo clavaba uñas en su espalda, ‘Más duro, joder, rómpeme el coño’. Sudor goteando, tetas botando fuera del sujetador, él las mordía, pellizcaba pezones duros. Orgasme tras orgasme, gritaba bajito, ‘Me corro, no pares…’. Él aceleró, ‘Te voy a llenar, zorra’. Eyaculó dentro, chorros calientes, yo temblando entera.
Un minuto después, jadeando, nos separamos. ‘Hostia, ha sido brutal’, dijo él, limpiándose la polla con un kleenex. Yo me bajé la falda, recolocando todo, coño palpitando con su semen resbalando. ‘Venga, a currar como si nada’, le dije sonriendo, guiñando ojo. Él rió, ‘Eres una guarra’. Abrimos la puerta, volvimos a nuestros sitios. Nadie notó nada, pero yo toda la tarde con la sonrisa tonta, recordando su polla. Mañana… ¿repetimos? El riesgo me pone a mil.