Follada en el despacho: mi polvo prohibido con Eduardo en la oficina

Me llamo Sofía, tengo 30 años, pelo castaño claro hasta los hombros, ojos azules, 1,67 m y 54 kg. Cuerpo deportista, tetas 85B firmes, culo redondo pero no exagerado. Mornas al principio, pero… uf, ahora soy otra. Trabajo en una oficina grande, de ejecutiva, y adoro el riesgo, esa adrenalina de follar donde no se debe.

Todo empezó hace meses con Eduardo. Alto, 1,85 m, moreno de ojos verdes, musculoso pero elegante. Siempre con trajes impecables, distante pero con una sonrisa que me ponía cardíaca. En la oficina, entre pilas de dossiers y el pitido de los impresores, nos cruzábamos. Sus ojos se clavaban en mí mientras yo pasaba con carpetas. Sentía el calor subir, eh… mis pezones duros bajo la blusa. Un día, en la fotocopiadora, su mano rozó la mía. ‘Perdón, Sofía’, dijo bajito, y su aliento olía a café y colonia fuerte. Me mojé ahí mismo.

La tensión sube entre archivos y miradas

Empezamos con copas después del curro, con el grupo. Yo intrigaba para que viniera. Poco a poco, solos en el bar. Charlas profundas, yo contándole mis fiascos sexuales pasados –nada, orgasmos solo en solitario–. Él sonreía, me escuchaba. Un beso robado en la noche, pero nada más. Frustrada, lo invité a cenar en casa. Esa noche, en la cocina, su dedo en mis labios… bajó a mis tetas, me besó el cuello. ‘Los demás se preguntarán’, murmuró y se fue. Me dejó chorreando.

Al día siguiente, oficina normal. Beso en la mejilla. Pero por la tarde, su llamada: ‘Ven a mi despacho a las 19:30. Tengo ganas de ti’. Voz tierna pero mandona. Corazón a mil. Corredores vacíos, olor a papel y tinta. Llamé suave. ‘Pasa’, dijo.

Estaba en su sillón, escritorio impecable con un condón encima. ‘Acércate’. Me acarició las piernas por las medias, subiendo la falda. Dim-up, por si acaso. Me sentó en él, quité su corbata, abrí su camisa. Torso liso, musculado. Lamí sus pezones, salados. ‘Saca mi polla’, ordenó. Pantalón abajo, sin calzoncillos. Saltó dura, morena, gorda, glande morado enorme. ‘Y las huevos’. Suaves, llenos en mi mano.

El polvo brutal en su despacho

Sus dedos en mi coño húmedo, abriendo labios. ‘Pónme el condón’. King Size, claro. Lo abrí torpe –primera vez–, él ayudó. ‘Empálate’. Apartó mi tanga, bajé despacio. Uf… ancha, dolía un poco pero rico. Gland dentro, gemí. Él sacó tetas de sujetador, lamió pezones. Moví cadera lento, sudando, pelo pegado a frente. Sus manos abrían nalgas, dedo en mi culo. ‘No…’, susurré. Sonrió, me azotó fuerte. Grité, pero me encantó. Polla al fondo, me llenaba el vientre. Aceleré, chorreaba jugo por su base. Me pellizcaba nalgas, azotes que ardían.

Lengua en mi lengua, salivas mezcladas. ‘Córrete, puta’, gruñó. No, yo suplicaba: ‘Córrete tú, lléname’. Manos en huevos, los masajeé. Su polla vibró dentro, se vació gimiendo fuerte. Yo exploté, coño apretando, olas de placer. Primera vez follada de verdad.

Jadeando, me besó. ‘Delicioso, cariño’. Nos vestimos rápido. Risas nerviosas, olor a sexo en el aire. ‘Mañana como si nada’, dijo guiñando. Salí, pasillos oscuros. Al día siguiente, bises normales, miradas cómplices entre dossiers. Nadie sospechó. Pero yo… ya quiero más riesgo.

Leave a Comment