Me llamo Lucía, tengo 42 tacos y trabajo en una oficina cutre de Barcelona, en recursos humanos. Mi marido anda siempre de viaje por negocios, y ya sabes, el sexo en casa es un lujo ocasional. Pero yo soy de las que se aburren fácil, me flipa el riesgo, esa adrenalina de que te pillen follando donde no debes. El jueves pasado, con el curro casi vacío, todo empezó con Pablo, el nuevo becario de 25 años, moreno, con esa sonrisa de lobo que te moja las bragas.
Estábamos revisando expedientes hasta tarde. Él al lado mío, oliendo a colonia fresca, su brazo rozando el mío cada dos por tres. ‘Lucía, ¿me pasas ese dossier?’, dice con voz baja, mirándome fijo a los ojos. Yo siento un cosquilleo en la tripa, le sonrío, pero noto su mirada bajando a mis tetas, apretadas en la blusa. ‘Claro, guapo’, le suelto, juguetona. El aire se carga, silencio pesado, solo el tic-tac del reloj y nuestros alientos. Me pongo nerviosa, cruzo las piernas porque ya empiezo a notar humedad entre los muslos.
La tensión sube entre expedientes y miradas calientes
‘Pablo, estos papeles hay que archivarlos ya, ven al almacén conmigo’, le digo, voz temblorosa. Entramos, cierro la puerta, luz tenue, olor a papel viejo y polvo. Nos quedamos cerca, demasiado. Él se acerca, ‘Lucía, estás buenísima hoy, no puedo dejar de mirarte’. Su mano roza mi cadera, yo me muerdo el labio, ‘Para, que nos pillan…’. Pero no me aparto. Su aliento en mi cuello, ‘Quiero probarte desde que llegué’. El corazón me late a mil, un calor me sube por el coño. Giro la cabeza, pero él me agarra la cara, suave pero firme, y me besa. Lenguas enredadas, salvajes, su saliva dulce mezclada con la mía. Gimo bajito, ‘Joder, Pablo… esto es una locura’.
Sus manos bajan, aprietan mi culo, yo siento su polla dura contra mi vientre. ‘Me pones cachondo, Lucía, tócame’. Dudando un segundo, meto la mano en su pantalón, ¡coño, qué verga más gorda y larga! Late en mi palma, caliente como hierro. Él gime, ‘Sí, así, mámamela, sé que te mueres por chuparla’. Yo, perdida, me arrodillo en el suelo sucio, le bajo el pantalón. Esa polla erecta, venosa, con el capullo brillando de pre-semen. ‘Es enorme…’, balbuceo. Abro la boca, la lamo despacio, sabor salado, adictivo. La engullo, centímetro a centímetro, mi lengua gira alrededor del glande, chupando fuerte.
La follada oral brutal sin filtro en el almacén
Él agarra mi pelo, ‘Joder, qué boca de puta, chúpala más hondo’. Empujo, casi me la trago entera, garganta profunda, babeo como loca. Brutos de succión llenan el almacén, mi mano masajea sus huevos pesados. Él folla mi boca, embiste, ‘¡Así, zorra, trágatela toda!’. Gimo con la boca llena, polla palpitando, mi coño chorreando, me toco por encima de la falda. ‘Me vas a hacer correr, Lucía, ¡trágate mi leche!’. Se tensa, gruñe, y ¡pum!, chorros calientes, espesos, me inundan la boca. Sabor amargo, fuerte, lo trago todo, lamiendo hasta la última gota. Él jadea, ‘Putada, qué bien chupas, me has vaciado los huevos’.
Me levanto, mentón pegajoso, beso rápido. ‘Vístete, que viene gente’, digo nerviosa, limpiándome con un pañuelo. Él se sube el pantalón, sonrisa triunfal, ‘Ha sido la hostia, repetimos cuando quieras’. Nos miramos, risa tensa, salimos como si nada. Vuelta a los escritorios, expedientes en mano, saludando a los pocos que quedan. Adentro, yo temblando, coño palpitando, saboreando su corrida aún. Nadie nota nada, pero yo sé que volverá a pasar. Esa adrenalina… no hay nada igual.