Mi follada prohibida en la oficina: la polla de mi compañero en mi boca

Hace tiempo que quería soltar esta historia, eh… pesa en la conciencia, sabes. Trabajo en una oficina grande, llena de escritorios y papeles por todos lados. Carlos, mi compañero del departamento contable, tres años mayor que yo. Alto, moreno, con esa sonrisa que te moja el coño al instante. Siempre abierta a lo prohibido, me flipa el subidón de follar en el curro, el miedo a que nos pillen… uf, qué vicio.

Todo empezó una mañana de verano, calor sofocante, aire acondicionado petado. Estábamos revisando expedientes juntos en mi mesa. Nuestras manos se rozaban al pasar carpetas, miradas que duraban demasiado. ‘¿Qué tal si lo vemos en la sala de reuniones? Más espacio’, me dijo él, voz baja, ojos clavados en mis tetas bajo la blusa. Asentí, corazón latiendo fuerte. Caminamos por el pasillo, vi cómo me miraba el culo en la falda ajustada. Cerró la puerta, tiró el pestillo. ‘Por fin solos’, murmuró, acercándose. Su aliento en mi cuello, olor a colonia mezclada con sudor… me puse tiesa.

La tensión subiendo entre los expedientes

Se pegó a mí contra la mesa, labios en los míos, lengua dentro, salvaje. ‘Joder, Ana, no aguanto más’, jadeó. Sus manos subieron por mis muslos, rozando el tanga. Yo… yo le mordí el labio, ‘Shh, que nos oyen’. Pero le bajé la cremallera del pantalón, curiosa. Su polla saltó fuera, dura como piedra, venosa, goteando pre-semen. ‘Mírala, chúpala’, ordenó, agarrándome la nuca suave. Dudé un segundo, ‘¿Aquí? ¿Y si entra alguien?’ Pero el riesgo me encendía el chocho, húmeda ya.

Me arrodillé en el suelo sucio de la sala, alfombra áspera en las rodillas. Abrí la boca, lamí el glande salado, hinchado. ‘Así, puta, trágatela toda’, gruñó él, empujando. Entró hasta la garganta, tosiendo un poco, saliva chorreando por la barbilla. Hacía vaivenes, lengua girando en el tronco, bolas peludas rozándome la cara. Olía a macho, a sexo crudo. Él gemía bajito, ‘Joder, qué boca, Ana…’. Metí una mano en mi falda, dedos en el coño empapado, masturbándome mientras le mamaba. Su polla palpitaba, más gruesa, venas hinchadas. ‘No pares, cabrona, me voy a correr’. Agarró mi pelo, follando mi boca como un coño, rápido, profundo. Sentí arcadas, pero el morbo me mantenía ahí, chupando fuerte.

El polvo brutal y el regreso al curro

De repente, explotó. Chorros calientes de leche en mi garganta, espesa, salada, amarga. Tragué lo que pude, el resto me goteó por los labios, chinchando la blusa. ‘Hostia, qué rico’, suspiró él, polla blanda saliendo. Yo tosiendo, limpiándome con la lengua, coño palpitando sin correrme aún. ‘Venga, límpiate’, dijo práctico, subiéndose los pantalones. Me puse de pie, piernas temblando, ajusté la falda, blusa pegajosa de saliva y corrida. Él abrió la puerta, miró el pasillo vacío. ‘Vuelve al curro, como si nada’. Salí, cara colorada, sabor a semen en la boca, adrenalina a tope.

Regresamos a nuestros sitios, él tecleando como un santo, yo fingiendo leer mails. Nadie notó nada, solo el jefe pasó y dijo ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, perfecto’, contestamos al unísono, sonriendo. Por dentro, yo reviviendo la mamada, coño mojado todo el día. Desde entonces, nos miramos distinto, esperando el próximo riesgo. Joder, qué vicio el sexo en la oficina.

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