Ay, no sé por dónde empezar… Trabajaba en esa oficina cutre del centro, rodeada de escritorios y el ruido constante de teclados. Él era Antonio, mi compañero de departamento, unos años mayor, con esa mirada que te desnuda sin decir nada. Llevábamos semanas con esa electricidad entre nosotros. Cada vez que pasábamos expedientes, nuestras manos se rozaban un poco más de la cuenta. ‘Perdón’, decía él con una sonrisa pícara, y yo sentía un cosquilleo directo al coño.
Esa mañana, el jefe nos mandó revisar unos informes juntos en la sala de reuniones pequeña, esa que cierra con pestillo. La oficina estaba medio vacía, mucha gente de vacaciones. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa. Levantaba la vista de los papeles y me pillaba mirándole los labios, imaginando cómo sabrían. ‘¿Estás bien?’, me preguntó bajito, su voz ronca. ‘Sí… solo hace calor aquí’, mentí, cruzando las piernas para disimular lo mojada que ya estaba. Nuestros ojos se clavaron, y sentí su mano en mi muslo, subiendo despacio. El corazón me latía fuerte, ¿y si alguien entra? Eso me ponía más cachonda. ‘Cierra la puerta’, le susurré, y él obedeció con un clic que sonó como una promesa.
La tensión sube entre miradas y papeles
Ya solos, no hubo preámbulos. Me levantó la falda, sus dedos gruesos apartaron mi tanga empapada. ‘Joder, estás chorreando’, murmuró olfateando mi olor, ese aroma a sexo que llena el aire. Me besó el cuello mientras me sentaba en la mesa, papeles volando al suelo. Bajó la cabeza y lamió mi coño como un hambriento, lengua plana recorriendo mi raja, chupando el clítoris hinchado. Gemí tapándome la boca, sus manos amasando mis tetas por encima de la blusa. ‘Shh, no grites o nos echan’, dijo riendo contra mi piel húmeda. Yo agarrasé su pelo, empujándole más adentro, mis caderas moviéndose solas. Estaba al borde, temblando, pero él paró. ‘Ahora te follo como una puta’.
El polvo brutal en el despacho vacío
Se bajó los pantalones y sacó esa polla gruesa, venosa, ya dura como piedra, goteando precum. Me giró de espaldas, culo en pompa sobre la mesa. Escupió en mi ano, un dedo juguetón rozándolo primero. ‘¿Quieres por detrás?’, preguntó con voz juguetona. ‘Sí, métemela ya, pero despacio al principio…’, jadeé, el miedo a que doliera mezclado con ganas. Empujó la cabeza, estirándome ese agujero virgen para pollas grandes. Duele un poco, ay… pero qué rico. Entró centímetro a centímetro, hasta las bolas contra mis nalgas. ‘Qué culo más apretado, coño’, gruñó empezando a bombear. Yo me mordía el labio, sintiendo cada vena rozándome por dentro, sus pelotas golpeando mi clítoris. Aceleró, follándome fuerte, mis tetas rebotando, el escritorio crujiendo. ‘Más, rómpeme el culo’, le supliqué en un susurro roto. Me metió tres dedos en el coño mientras me empalaba el ano, masturbándome el clítoris con el pulgar. El orgasmo me explotó brutal, piernas temblando, un chorro mojando sus manos. Él no paró, me taladraba como un animal, hasta que sentí su polla hincharse y eyacular chorros calientes dentro de mí, llenándome el recto de leche espesa.
Nos quedamos jadeando unos segundos, su polla aún palpitando en mi culo. ‘Ha sido… increíble’, murmuró besándome la espalda sudorosa. Se retiró despacio, un hilillo de semen chorreando por mis muslos. Nos limpiamos rápido con kleenex de la mesa, olor a sexo impregnando la sala. Me bajé la falda, él se subió el pantalón, recogimos papeles revueltos. ‘Vuelve a tu sitio como si nada’, me guiñó el ojo abriendo la puerta. Salimos sonrientes, yo con el culo ardiendo y las bragas húmedas. El resto del día, miradas cómplices entre correos y cafés. Nadie sospechó. Pero cada vez que pasaba por esa sala, se me ponía dura otra vez. Dios, qué adicción este riesgo…