Mi polvo salvaje en la oficina con el consultor que me volvió loca

Me llamo Ana, tengo 29 años y trabajo en una empresa de servicios que está creciendo a tope. Al principio del año, mi jefe me llama a su despacho. ‘Ana, te pongo al frente de un proyecto grande: modernizar el parque informático con un servicio online. Llamamos a consultores externos. ¿Te animas?’. Claro que sí, era mi chance de salir del papeleo eterno. Acepté al momento.

Esa misma tarde, me avisa que el consultor llega mañana. Nervios, ¿eh? Llego temprano, miro por la ventana del parking y veo un Audi TT negro reluciente. ‘Joder, estos tíos viven bien’, pienso. Se abre la puerta y sale él: Javier, alto, moreno, unos 35, traje ajustado que marca pectorales, sonrisa de infarto. Mi pulso se acelera. Bajo temblando a recepción, le estrecho la mano… suave, cálida. ‘Hola, soy Javier, de la consultora Z’. Su voz grave me eriza la piel.

La tensión subiendo entre los expedientes y las miradas

Lo llevo a mi despacho. Todos nos miran, cuchicheos. Se sienta frente a mí, cruza las piernas, sube un poco el pantalón y veo sus muslos firmes. Hago como que miro papeles, pero mis ojos van a su boca, a sus manos fuertes. ‘He revisado el dossier anoche’, dice. ‘Tendremos que currar codo con codo unas semanas’. ‘Genial’, respondo, voz ronca. Le ofrezco café. Lo toma despacio, lame el borde de la taza… joder, me mojo.

Trabajamos toda la mañana. Su perfume, madera y algo picante, me invade cuando se acerca. Escribe con letra angulosa, segura. Nuestros ojos se cruzan… chispa. ‘¿Cuánto llevas aquí?’, me pregunta. Le cuento mi vida, él dice que es casado, dos niños. Pero su mirada dice otra cosa. Come un bizcocho, lo moja en el café y lo chupa lento, lengua asomando. Me pilla mirándolo, ríe: ‘Perdón, hábito de niño… está de muerte’. Calor entre mis piernas.

Al mediodía, rechaza la cantina: ‘Quedo con un colega cerca’. Vuelvo sola, colegas bromean: ‘¡Menudo bombón!’. Yo, callada, fantaseando. A las dos, regresa. ‘Buen almuerzo?’, pregunto. ‘Sí… un profe viejo’, duda. Nota un botón de su camisa suelto, imagino manos ajenas. ‘Venga, al lío, Ana’. Ahora me llama por nombre. ‘Llámame tú Javier’. Sonrisa.

Tarde entera: rozo su brazo ‘sin querer’, huelo su cuello. Adrenalina, puertas abiertas, riesgo. Fin de día, dice: ‘¿Quedamos mañana? Hay que cerrar esto’. Le acompaño al parking, beso al aire. Email esa noche: ‘Buenas noches, Ana. XXX Javier’. Me toco pensando en él.

El clímax brutal y la vuelta a la realidad

Semanas así: miradas, roces. Una tarde, despacho vacío, cierro puerta. ‘Javier… no aguanto más’. Silencio. Sus ojos arden.

Se acerca, me besa. Boca caliente, lengua invasora. ‘Ana, joder, desde el primer día…’. Manos en mi culo, me aprieta contra su polla dura. ‘Estás casado’, digo. ‘Cállate y fóllame’. Le bajo el pantalón: verga gruesa, venosa, palpitante. La agarro, masturbo lento. Gime. Le arrodillo, la chupo: saliva goteando, bolas en mi mano. ‘¡Joder, qué boca!’. Me come el coño por encima de la braguita, luego la arranca. Lengua en mi clítoris, dedos dentro, chorreo.

Me sube al escritorio, papeles vuelan. Piernas abiertas, me la mete de un golpe. ‘¡Ahhh!’. Folla duro, mesa cruje. ‘Tu coño aprieta como puta’. Le araño espalda, muerdo cuello. Cambio: yo encima, cabalgo, tetas rebotando. ‘Córrete dentro’, suplico. Grita, me llena de leche caliente. Yo exploto, temblores, jugos por sus muslos.

Jadeamos. Se retira, semen chorrea. Me limpia con lengua, tierno. ‘Increíble’. Nos vestimos rápido. Oigo pasos fuera… corazón en garganta. Sonrisa cómplice. ‘Venga, sigamos con los informes’. Abre puerta, volvemos a papeles como si nada. Adrenalina brutal. Mañana, más.

Leave a Comment