¡Joder, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo! Soy Lucía, la reina de la informática en esta oficina de mierda. Mi jefe, Carlos, tuvo un accidente de coche bestial: pierna y brazo enyesados, costillas jodidas. No podía ni moverse, así que lo instalé en mi guarida, el cuartito de servidores, lleno de cacharros y cables. ‘Pasa, jefa’, me dijo con esa voz ronca, cojeando con una muleta. Le preparé el portátil, el café… el mío es adictivo, con ese toque amargo que te pone a mil.
Estaba sudando, me quité la chaqueta del traje gris. Mi blusa blanca se pegaba un poco, marcando mis tetas pequeñas pero tiesas, pezones duros como piedras. ‘¿Dónde te pongo?’, le pregunté. ‘En el sofá, que la mesa me mata la espalda’. Me agaché para enchufar la box detrás del mueble, la falda se me subió sola, joder, hasta las caderas. Sentía sus ojos clavados en mi culo. Culotte de encaje blanco, apenas cubriendo mi chochito con vello negro espeso. Cada vez que me movía a gatas, pillaba su mirada… pétalos marrones brillando, maliciosos. ‘¿Todo bien ahí abajo?’, soltó riendo bajito. Me giré, vi su paquete hinchándose bajo el short del pijama. Sin calzoncillos, la polla marcada, enorme.
La tensión sube entre cables y miradas calientes
El espacio se cerró, solos en ese antro oscuro, ventiladores zumbando. Hablamos de curro, de mi gato Pixel que me espera en casa, de su ex que lo dejó por otro. ‘Estás sola aquí, ¿nadie te echa de menos?’, murmuró. Me senté en la mesa, piernas abiertas sin darme cuenta, falda tensa. Sus ojos bajaron directo a mi entrepierna, la tela húmeda ya. ‘Joder, Lucía, no puedo evitarlo… me pones burro’. Su polla saltó tiesa, enorme, venosa, golpeando su vientre. Tragué saliva, el corazón a mil. Adrenalina pura, la puerta sin cerrar del todo, cualquiera podía entrar.
‘¿Quieres que te ayude con eso?’, susurré, voz temblorosa. Me acerqué, mano en su muslo. Palpé esa verga gruesa, caliente, latiendo. ‘Dios, qué polla más bestia, jefe’. La saqué, la piel suave sobre hierro. Lamí el capullo, salado, goteando pre-semen. ‘Mmm, sabe a hombre de verdad’. La chupé hondo, garganta apretada, bolas pesadas en mi palma. Él gemía, ‘¡Joder, Lucía, qué boca!’. Me puse a cuatro sobre el sofá, culo en pompa, falda arremangada. ‘Tócame’, le rogué. Dedos en mi coño empapado, labios hinchados, clítoris palpitando. ‘Estás chorreando, puta cachonda’.
El polvo brutal: polla dura y coño empapado
Me quité todo, tetas al aire, pezones duros. Me encabalgé despacio, su polla abriéndome el coño como un puño. ‘¡Aaaah, qué gruesa! Me parte en dos’. Bajé hasta las huevos, llena, estirada. Reboté suave al principio, por sus costillas, pero pronto salvaje: sube-baja, chochito tragando polla, jugos chorreando por sus muslos. ‘¡Fóllame duro, joder!’. Él empujaba arriba, glande besando mi cervix. Sudor, olor a sexo crudo, tetas botando. ‘Me corro, ¡cógelo en la boca!’, gruñó. Me bajé rápido, mamada furiosa, lengua en el frenillo. Chorros calientes, espesos, llenándome la garganta. Tragué todo, ‘Mmm, leche rica’.
‘¡Puñetera, qué dolor en las costillas!’, se quejó riendo. ‘Pero ha valido la pena’. Me limpié la boca, ducha rápida en el baño del curro. Le lavé la polla con cuidado, besito final. Nos vestimos, olor a sexo flotando. ‘Vuelve al tajo, yo sigo con los mails’, dijo guiñando. Salí como si nada, corazón latiendo, coño palpitando. En mi mesa, café fresco, pero sonriendo sola. Mañana más, ese cabrón me tiene enganchada. ¡El riesgo de pillarnos… uf, me moja solo pensarlo!