Estaba en esa reunión eterna del lunes, en la oficina del centro. Yo, Laura, contable jefa, sentada al lado de mi jefe Miguel y enfrente de la nueva, Andrea, esa morena con curvas de infarto que acababa de llegar de Madrid. Hablábamos de presupuestos, números aburridos, pero… joder, algo raro pasaba bajo la mesa larga de cristal.
Al principio pensé que era mi imaginación. Sentí un roce en el tobillo, suave, como un pie descalzo subiendo lento por mi pantorrilla. Levanté la vista, vi a Miguel concentrado en su tablet, serio como siempre. Andrea explicaba gráficos, su voz calmada, pero sus ojos… eh, me clavaron una mirada rápida, pícara. Seguí hablando de gastos, pero mi piel se erizaba. El pie insistía, ahora en mi rodilla, empujando la tela de mi falda hacia arriba. Abrí un poco las piernas sin pensarlo, el corazón latiéndome fuerte. ¿Y si alguien nota? La adrenalina me ponía cachonda ya.
La tensión sube bajo la mesa de reuniones
Miguel carraspeó, dijo algo sobre recortes, pero su pie… espera, su pie estaba quieto. Miré bajo la mesa disimulando, y vi el de Andrea, delicado, con uñas rojas, cambrado perfecto. No era de Miguel, ese bruto sueco… digo, español cabezón. Sonreí nerviosa, alargué mi pie y lo encontré al instante. Sus dedos juguetearon con mi empeine, subiendo, tocando mi piel desnuda. Arriba, todo normal: ‘Sí, Andrea, los números cuadran’. Abajo, puro fuego. Miguel notó algo, su pie se unió, rozando mi muslo. Tres pies enredados, chevilles frotándose, yo mojándome ya la braguita.
La reunión acabó, todos asintiendo. ‘Bueno, seguimos mañana’, dijo Miguel. Andrea se levantó despacio, sonrisa sutil. ‘Laura, ¿me enseñas la sala de archivos? Necesito unos papeles’. Mi pulso a mil. Miguel: ‘Yo voy también, por si acaso’. Eh… perfecto. Caminamos por el pasillo vacío, oficina casi desierta a esa hora. Entramos en la sala pequeña, cerramos la puerta. Clic del pestillo. Espacio privado al fin.
Andrea no esperó. Me agarró la cara, me besó duro, lengua dentro, saboreando mi boca. ‘Sabía que eras una puta sensual’, murmuró. Me pegué a ella, frotando mis tetas contra las suyas, enormes, duras bajo la blusa. Miguel nos miró, polla ya abultando el pantalón. ‘Joder, chicas…’. Se acercó, nos besó a las dos, alternando lenguas húmedas. Manos everywhere: yo desabotoné a Andrea, saqué esos melones blancos, pezones marrones gigantes, como pomos. Los apreté, masajeé, ella gimió bajito.
El polvo brutal en la sala vacía
Nos tiramos al suelo, sobre las cajas de papeles. Andrea me bajó la falda, arrancó mi tanga empapada. ‘Mira qué coño chorreante’, dijo, metiendo dos dedos directos, follando mi entrada. Yo chillé suave, mordiéndome el labio. Miguel se quitó todo, su polla gorda saltó libre, venosa, cabezota roja. La chupé primero, mamándola profunda, saliva goteando, mientras Andrea lamía mi clítoris hinchado. ‘¡Dios, qué lengua!’, jadeé. Ella tenía un clítoris enorme, como un mini polla, tatuaje de mariposa en el pubis, pelito recortado. Lo succioné yo, embutiéndomelo entero, ella se retorcía.
Miguel la puso a cuatro, le escupió en el culo peludo, metió dedos para abrir. ‘Te voy a follar el ojete, puta’, gruñó. Ella abrió las piernas: ‘Sí, métemela seca si quieres’. Él embistió brutal, polla gruesa rompiendo su ano estrecho, clap clap de carne. Yo debajo, lamiendo su coño mientras la follaban atrás. Andrea gritaba ahogada: ‘¡Más duro!’. Mi orgasmo vino primero, convulsionando, squirtando en su boca. Luego ella, cuerpo tieso, uñas en mi espalda.
Miguel la volteó, la puso boca arriba, piernas en hombros, y la apaleó vaginal ahora, polla entrando hasta el fondo, coño chorreando jugos. Yo monté su cara, frotando mi coño en su lengua. Él se corrió dentro, leche caliente llenándola, gimiendo como animal. Nosotros tres sudados, jadeantes, olor a sexo puro.
Minutos después, nos vestimos rápido. ‘Venga, a trabajar’, dijo Andrea limpiándose con un kleenex. Sonrisas cómplices. Salimos, volvimos a nuestros puestos como si nada. Pero yo… joder, toda la tarde pensando en el próximo riesgo. Esa adrenalina, inolvidable.