Trabajo en una oficina grande, de esas con cubículos y papeles por todos lados. Soy María, 32 años, soltera y con ganas de liarla. Hoy entró él, Pablo, el técnico de mantenimiento. Alto, moreno, con esas manos grandes y callosas que te imaginas agarrándote fuerte. Vino a arreglar el aire acondicionado del fondo.
Estábamos solos en la sala de archivos, yo revisando expedientes polvorientos. Él subido en la escalera, sudando, camiseta pegada al cuerpo marcando pectorales. Le miro de reojo… joder, qué culo tiene. Nuestras miradas se cruzan. ‘¿Todo bien, María?’, dice con voz grave. ‘Sí… eh, calor hace, ¿no?’, balbuceo, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
La tensión entre los expedientes
Se baja, se acerca. ‘Déjame ayudarte con esos cajones pesados’. Sus dedos rozan los míos al pasarme un expediente. El aire se carga, se oye solo nuestro respirar. ‘Pablo, la puerta… ciérrala’, susurro, el corazón latiéndome en la garganta. La cierra con llave. Click. Ahora sí, espacio privado. Nos miramos fijo, intensos. ‘Sabes que te como con los ojos desde que llegaste’, murmura, acercándose más. Su olor a hombre, sudor y colonia barata, me marea. Le empujo contra la pared de metal, fría contra su espalda caliente.
Sus manos en mi cintura, bajando a mis nalgas. ‘Joder, María, estás que revientas’. Le beso duro, lengua dentro, saboreando su boca salada. Le bajo el pantalón de trabajo, polla ya tiesa, gorda, venosa. ‘Mira lo que me pones’, gruñe. Yo empapada, coño palpitando. Me arranca la falda, braga al suelo. Dedos gruesos metiéndose en mi raja húmeda, chapoteando. ‘Estás chorreando, puta cachonda’. Gimo, ‘Fóllame ya, no aguanto’.
El clímax sin frenos
Me gira, me pone a cuatro patas sobre los expedientes desparramados. Papel crujiendo bajo mis rodillas. Su polla roza mi clítoris, entra de golpe, llenándome entera. ‘¡Ahhh, coño, qué prieta!’, jadea. Empieza a bombear fuerte, pellizcándome los pezones duros como piedras. Siento cada vena frotando mis paredes, el glande golpeando el fondo. Sudor goteando, olor a sexo invadiendo la sala. ‘Más duro, rómpeme’, suplico, mordiendo un expediente. Me agarra del pelo, tira, me azota el culo rojo. Plaf, plaf. ‘Toma, zorra de oficina’. Mi coño aprieta su verga, jugos chorreando por mis muslos.
Cambia, me sube a la mesa, piernas abiertas. Me come el coño, lengua lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios. ‘Sabe a miel, joder’. Meto sus dedos en mi ano, dos de golpe, mientras me folla la boca con la polla empapada de mí. Grito, orgasmo me sacude, squirteo en su cara. Él no para, me penetra otra vez, salvaje. ‘Me voy a correr dentro’, avisa. ‘Sí, lléname de leche’. Bombeada final, chorros calientes inundando mi útero. Tiembla, gruñe como animal.
Jadeamos, pegados, polla aún dentro palpitando. ‘Hostia, ha sido brutal’, dice riendo bajito. Me besa suave ahora. Nos separamos, limpiamos con kleenex los restos de corrida y jugos. Me pongo la braga húmeda, falda arrugada. Él sube la cremallera, cara de póker. ‘Vuelvo al aire, ¿ok?’. ‘Sí, y yo a mi mesa’. Salimos, él al pasillo, yo a mi cubículo. Colegas preguntan ‘¿Qué tal los expedientes?’. ‘Bien, todo en orden’, sonrío, coño aún latiendo, semen goteando. Adrenalina pura, esperando la próxima.