Ay, chicas, os lo cuento como si acabara de pasar. Trabajo en una oficina cutre del centro, yo soy Marta, 32 años, secretaria jefa. Adoro el riesgo, esa adrenalina de follar en el curro sabiendo que nos pueden pillar. Hoy fue con José, el del piso de arriba, que siempre me mira el culo cuando bajo las escaleras. Eeeh, ayer le pedí ayuda para montar una estantería en mi rinconcito privado, detrás de los archivadores. ‘Vale, Marta, mañana a primera hora’, me dijo con esa voz ronca.
Llego el lunes, cierro la puerta del despacho, pero no del todo, por si alguien pasa. Él entra con su escalera plegable, pantalón de trabajo ajustado, camiseta sin mangas que marca sus brazos fuertes. Viene de arreglar el aire del jefe. ‘¿Dónde va esto?’, pregunta, y yo le señalo la pared, rozándole el hombro. Uf, ya siento el calor. Empezamos a mover carpetas, nuestras manos se tocan, él me mira los tetones bajo la blusa. ‘Joder, Marta, qué sitio más íntimo tienes aquí’, dice riendo, y yo: ‘Sí, para mis secretos…’. Nos reímos, pero el aire se pone denso. Él sube a la escalera, alto como está el techo, y yo le paso las baldas. Mi falda se sube un poco, noto su mirada en mis muslos. Eeeh, el corazón me late fuerte, el coño ya humedece.
La tensión subiendo entre carpetas y miradas calientes
De repente, oigo un ras. Su pantalón se desliza, las herramientas en los bolsillos lo han pesado. Baja hasta los tobillos, y ahí está su slip blanco, con una jodida protuberancia enorme. ‘¡Mierda, Marta!’, balbucea rojo como un tomate, brazos en alto sujetando la balda. Yo, en vez de apartar la vista, me quedo hipnotizada. Esa polla gorda, rosada, asomando. Sin pensarlo, tiro del slip hacia abajo. ‘¡Marta, qué coño…!’, gime él. La tengo delante, tiesa, venosa, oliendo a hombre sudado. Me acuerdo de un pirulo gigante, y zas, la meto en la boca. Mmm, salada, dura como piedra. La chupo despacio, lengua alrededor del glande, él tiembla arriba. ‘Ay, joder, no pares…’, susurra.
Pierde el equilibrio, cae de espaldas sobre mi mesa, balda en mano, escalera al suelo con ruido. Yo no la suelto, sigo mamándola mientras cae. Su polla palpita, y ¡pum!, me corre en la boca, chorros calientes, espeso, tragándolo todo, un poco se me escapa por la barbilla. ‘Marta… uf…’, jadea él, sonrisa boba. Yo me limpio, peinada toda, pero él me agarra, baja mi blusa, tetas fuera, pezones duros. ‘Ahora te toca a ti’, dice, y me tumba sobre las carpetas. Me arranca las bragas, coño a la vista, depilado solo un triángulo. ‘Qué puta maravilla’, murmura, y mete la lengua. ¡Dios! Lamida el clítoris, chupando fuerte, dedos dentro, curvados tocando el punto G. Gimo bajito, ‘José, ay, más…’, piernas temblando. Me corro como loca, chorros de jugo en su cara, gritando su nombre.
El polvo brutal y el regreso al curro como si nada
Se pone encima, polla dura otra vez, me la mete de un empujón. ‘¡Aaaah!’, duele un segundo, pero folla salvaje, embestidas profundas, coño chorreando. Tetazas rebotando, él las mama, muerde pezones. ‘Tu coño es una gloria, Marta’, gruñe. Yo clavo uñas en su espalda, ‘Fóllame más fuerte, cabrón’. Sudor por todos lados, olor a sexo puro. Me corro dos veces más, él me llena de leche caliente, gimiendo. Nos quedamos jadeando, él dentro aún.
De pronto, oímos pasos fuera. ‘Joder, el jefe’, susurro. Nos separamos rápido, él sube a la escalera desnudo de cintura para abajo, polla colgando, pero sigue montando la estantería como un loco, perforando, atornillando. Yo me visto, falda arrugada, pintalabios corrido. Sale el jefe: ‘¿Todo bien?’. ‘Sí, terminando’, dice José serio. Yo asiento, coño palpitando aún. Él baja, me guiña ojo, ‘Ya está, ahora nadie ve tus secretos’. Salimos, volvemos a nuestros puestos, como si nada. Pero sé que repetiremos. Esa adrenalina… uf, inolvidable.