Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas recordándolo. Trabajo en una agencia inmobiliaria en Madrid, soy María, la de ventas. Mi jefe, Carlos, ese cabrón elegante de 45 años, y yo llevamos meses follando a escondidas. Miradas cruzadas entre expedientes, su mano rozándome el culo al pasar… ayer explotó todo. Llegué temprano, el calor agobiante, mi coño ya húmedo pensando en él. Me mandó un email equivocado, uno guarro: ‘María, me pajeé tres veces anoche con tu sabor en la boca, quiero lamerte el culo y follarte hasta que grites’. Pero lo mandó a Carmen, la delegada sindical, que se llama igual que yo en el correo, joder.
Entré en su despacho, puerta cerrada con pestillo. Ahí estaba ella, Carmen, 42 años, tetas enormes, culo perfecto mediterráneo, mini falda cuero que apenas tapaba. ‘Siéntate, puta’, me soltó sin mirarme. Carlos pálido detrás del escritorio. ‘¿Qué coño pasa?’, pregunté, el corazón a mil. Ella sonrió viciosa: ‘Tu jefe me follaba antes, me prometió un ascenso y me jodió. Ahora os tengo pillados’. La tensión subía, aire cargado de sudor y perfume barato. Sus ojos verdes me taladraban, yo sentía mi tanga empapada, eh… no sé por qué, pero me ponía cachonda el riesgo. Carlos balbuceaba: ‘Carmen, fue un error, no lo envíe a ti…’. Ella rio: ‘Cállate, maricón, hoy mando yo’.
La tensión que enciende todo
De repente, se levantó, sacó del bolso un arnés con una polla de goma enorme, venosa, realista. ‘Quítate la falda, Carlos, arrodíllate en el sillón’. Él dudó: ‘Carmen, para…’. ‘¡Hazlo o mando el vídeo y el email a toda la empresa!’. Yo mirándola, hipnotizada por sus curvas, pezones duros bajo la blusa. Me ordenó: ‘Tú, María, lamele el culo bien, escupe, prepáralo o le reviento el ojete’. Humillada pero excitada, me acerqué. Carlos con el culo al aire, peludo, tenso. Separé sus nalgas, olía a hombre, a jabón y miedo. Lamí su ano, lengua plana, chupando el pliegue, saliva cayendo. ‘Más adentro, zorra’, gritó ella, y metió dedos en mi coño por detrás, empapado. ‘Mira cómo chorreas, puta de oficina’.
El clímax brutal sin frenos
Me tiró del pelo: ‘Chupa esta polla, moja bien’. La mamé, gorda, salada de mi saliva, garganta profunda hasta vomitar un poco. Tosí: ‘Por favor…’. Ella empujó a Carlos: ‘Guíamela, María’. Escupí en el glande, lo puse en su culo apretado. Empujó lento, él gritó: ‘¡Joder, duele!’. Entró centímetro a centímetro, ano dilatándose, rojo. Ella gemía: ‘¡Sí, toma por el culo, director de mierda! Mira cómo te pone, tu polla está dura’. Y lo estaba, tiesa, goteando pre-semen. Yo la cogí, masturbándola fuerte, venas palpitando. Carmen aceleró, follándolo rítmico, pelotas chocando. ‘¡Me folla el culo y me gusta, coño!’, jadeó él. Me incliné, tragué su polla, bolas en la boca, succionando. Ella me doigteaba: ‘Trágatela toda, hazlo correrse’.
Carlos explotó: ‘¡Me corro!’. Chorros calientes en mi garganta, tragué todo, salado, espeso. Ella lo sacó de un tirón, ano abierto chorreando saliva. ‘Vístete, cabrón. Y tú, quítame el arnés’. Le bajé la falda, toqué su culo firme, perfecto. Se vistió, sacó el móvil: ‘Todo grabado en 4K, os tengo jodidos. Pero calladitos y os dejo en paz’. Carlos asintió: ‘Vale, el ascenso es tuyo’. Ella sonrió: ‘Buen chico’. Salí temblando, coño palpitando sin correrme. Volví a mi mesa, firmé papeles como si nada, pero dentro ardía. Hoy, miradas cómplices con los dos. El secreto une, eh… ¿repetimos?